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Fernando García Cadiñanos, un hombre bueno, humilde y sensato

María Victoria González Rodríguez, directora de Cáritas Diocesana, y José Luis Fernández Fernández, delegado de Pastoral de la Salud y Mayores, tomaron posesión en la tarde de ayer de su nueva responsabilidad como integrantes del Consejo Diocesano de Gobierno. El acto tuvo lugar en la capilla de la residencia episcopal de Domus Ecclesiae de Ferrol, bajo la presidencia del obispo García Cadiñanos y la presencia del resto de miembros de este ente consultivo diocesano. Fue un acontecimiento histórico, pues, por primera vez en sus años de historia, la diócesis de Mondoñedo-Ferrol incluye en este órgano a mujeres y laicos.

Contrariamente a lo que con frecuencia constatamos, a veces Dios se sale con la suya y los mejores son escogidos para servicios de responsabilidad en la Iglesia. Personas como Fernando García Cadiñanos, que no buscan notoriedad, sino que tratan de vivir su vocación, en medio de todas nuestras contradicciones, con fidelidad. ¡Gracias Señor, gracias Fernando, y felicidades a María Victoria y a José Luis!

Estimado Fernando, los cambios han de venir de la raíz del evangelio, desde el recuerdo de Jesús y las primeras comunidades cristianas, desde la fe del pueblo. Son muchos los buenos cristianos que no se sienten representados ni dirigidos por el tipo actual de jerarquía; no se les puede acusar de rebeldes, ni llamar anti-cristianos, o protestantes, porque la rebeldía protestante debe integrarse en la iglesia católica, para tenga allí fruto. Pero no ha de ser una protesta en contra, sino a favor del evangelio, en la línea del mensaje y camino de Jesús en Galilea, tal como ha sido ratificado en la “pascua”, que nos lleva de Jerusalén a la nueva montaña de Galilea (Mt 28, 16-20) para extenderse desde allí a todas las naciones.  Tenemos que volver al principio del evangelio, a la puerta de todos los servicios eclesiales que es Jesús.

Se ha dicho y se dice que ese cambio es imposible, pero obispos con espíritu de evangelio como el suyo pueden conseguirlo. Lamentablemente la iglesia (como todas las instituciones sociales de prestigio) se mantiene por sus jerarquías de poder... Pues bien, en contra de eso, la iglesia ha de mostrar que ella es distinta, que puede instituirse a modo de comunión personal, sin estructuras de imposición fijadas para siempre. No estoy defendiendo un angelismo, la pura improvisación: dejar que cada uno viva y haga como quiera, llamándose cristiano.   Parece que nos da miedo la religión de la vida entera, de la comunicación festiva de los hombres y mujeres en la eucaristía.

La iglesia se ocupa a veces más del “orden social” de patriarcado masculino que del evangelio. Conforme a un “ordo patriarcal”, a los cien años de la muerte de Jesús, los varones por varones (no por sensatez de evangelio) crearon una honda distinción en la iglesia, como ratifican las Cartas Pastorales post-paulina (1-2 Timoteo, Tito), que quisieron adaptar el cristianismo al “buen orden público” romano: las mujeres en casa, sometidas; lo hombres fuera y en casa mandando.

La iglesia no es un “sistema de poder”, sino una experiencia de libertad y vida compartida. Nadie es en ella función de nadie; no hay en la iglesia una clase de tropa, como no hay clase de jerarquía. Pero puede y debe haber en ella un tipo de “servicios”, en línea de evangelio.

Al convertirse en institución de poder religioso y social (dejando de ser un movimiento mesiánico de liberación), la iglesia optó por mantener las estructuras sociales de poder patriarcal), justificando esa opción con pseudo-argumentos religiosos, que se han mantenido hasta el Sínodo 23.

Una vez que esa tradición patriarcal se inscribe en el lenguaje de la Iglesia, ella se vuelve "canónica" y se retro-alimenta a sí misma, como ha sucedido y sucede en general. El orden patriarcal de los varones ha creado un tipo de Iglesia que parece "lógica", siendo difícil de desmontar, a pesar del evangelio, que no distingue entre varones y mujeres, sino entre necios y sensatos.

Debemos recuperar la raíz judía y pascual del evangelio, superando el sistema imperial (romano), que se impuso desde antiguo, convirtiendo a las comunidades en una sola iglesia romana, donde todos los asuntos importantes se resuelven desde un vértice administrativo y sacral que habría recibido de Dios el poder pertinente para ello. El sistema imperial había impuesto sobre la república una ideología de unificación militar, propia de tiempos de crisis; cayó aquel imperio, pero ha sido copiado y recreado en forma sacrales por la iglesia de Roma, que ha realizado así grandes servicios culturales. Pero el ciclo de esa iglesia-sistema ha terminado y tenemos que volver a la verdad del evangelio (no a la república romana), de manera que las iglesias puedan presentarse como experiencia y fruto de comunión cristiana.

Esta jerarquización, con elementos de filosofía griega y política romana, marca la gran inversión del cristianismo, que culminó con el constantinismo (siglo IV d.C.) y con la reforma gregoriana (siglo XI).

Esta inversión evitó el riesgo de disolución gnóstica del cristianismo, pero lo hizo a costa de silenciar elementos importantes del evangelio, como la sacralidad universal e igualitaria de todos los creyentes. En principio, el movimiento de Jesús no era jerárquico, sino mesiánico; no promovía un orden sacerdotal, sino una experiencia de comunión de todos, empezando por los menos importantes. En raíz el cristianismo siguió siendo lo que era y así pudo expandirse entre los nuevos pueblos, tras la caída del Imperio Romano, pero aceptó y sacralizó de hecho la distinción de los creyentes en dos niveles (=órdenes) dentro de la iglesia.

Hasta ahora, algunos dogmáticos habían creído tener el monopolio de la fe y la buena comprensión del Cristo.

Es normal que esos dogmáticos se sientan nerviosos, pues temen perder su monopolio en la fe y la vida eclesial.

Estos dogmáticos (pocos ya, por fortuna y gracia) se creían portavoces de un Cristo asegurado, por encima de la exégesis bíblica y la búsqueda histórica. Pero gracias a Dios quedan obispos que tienen el el atrevimiento de no dejarse “modelar por ellos”

¡Lo que está en el fondo es el miedo al Jesús de la historia! Algunos piensan así: «Tenemos un dogma, tenemos una iglesia y unas instituciones aseguradas, de manera piramidal, desde arriba, nos sentimos seguros, en medio de los cambios, por encima de los cambios». Pues bien, entre los cambios de la Iglesia actual está la fidelidad al ser humano, en su libertad, en su historia… Está la fidelidad a la historia de Jesús, pues sólo en ella, en su humanidad concreta, se revela Dios.

En la Iglesia actual existe mucho miedo y mucho temor y creo que nosotros, si verdaderamente somos creyentes, debemos confiar en que el Espíritu Santo hace nuevas todas las cosas. Tenemos, por tanto, que ser mucho más audaces y dialogar con el mundo sin imponer, tan solo ofreciendo una propuesta liberadora, humanizadora y sanadora y el que la quiera coger que la coja.

Tenemos que empezar por hablar y estudiar todos juntos cómo trabajar. Lo que no se puede permitir es la polarización entre la jerarquía y los cristianos porque el gran mensaje del Concilio Vaticano II es el de la comunión, ese es el gran reto y el gran desafío.

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