Fernando García Cadiñanos, un hombre bueno, humilde y sensato
Contrariamente a lo que con frecuencia constatamos, a veces Dios se sale con la suya y los mejores son escogidos para servicios de responsabilidad en la Iglesia. Personas como Fernando García Cadiñanos, que no buscan notoriedad, sino que tratan de vivir su vocación, en medio de todas nuestras contradicciones, con fidelidad. ¡Gracias Señor, gracias Fernando, y felicidades a María Victoria y a José Luis!
Estimado Fernando, los cambios han de venir de la raíz
del evangelio, desde el recuerdo de Jesús y las primeras comunidades
cristianas, desde la fe del pueblo. Son muchos los buenos cristianos que no
se sienten representados ni dirigidos por el tipo actual de jerarquía; no se
les puede acusar de rebeldes, ni llamar anti-cristianos, o protestantes, porque
la rebeldía protestante debe integrarse en la iglesia católica, para tenga allí
fruto. Pero no ha de ser una protesta en contra, sino a favor del evangelio, en
la línea del mensaje y camino de Jesús en Galilea, tal como ha sido ratificado
en la “pascua”, que nos lleva de Jerusalén a la nueva montaña de Galilea (Mt
28, 16-20) para extenderse desde allí a todas las naciones. Tenemos que volver al principio del
evangelio, a la puerta de todos los servicios eclesiales que es Jesús.
Se ha dicho y se dice que ese cambio es imposible, pero
obispos con espíritu de evangelio como el suyo pueden conseguirlo. Lamentablemente
la iglesia (como todas las instituciones sociales de prestigio) se mantiene por
sus jerarquías de poder... Pues bien, en contra de eso, la iglesia ha de
mostrar que ella es distinta, que puede instituirse a modo de comunión
personal, sin estructuras de imposición fijadas para siempre. No estoy
defendiendo un angelismo, la pura improvisación: dejar que cada uno viva y haga
como quiera, llamándose cristiano. Parece
que nos da miedo la religión de la vida entera, de la comunicación festiva de
los hombres y mujeres en la eucaristía.
La iglesia se ocupa a veces más del “orden social” de
patriarcado masculino que del evangelio. Conforme a un “ordo patriarcal”, a los
cien años de la muerte de Jesús, los varones por varones (no por sensatez de
evangelio) crearon una honda distinción en la iglesia, como ratifican las
Cartas Pastorales post-paulina (1-2 Timoteo, Tito), que quisieron adaptar el
cristianismo al “buen orden público” romano: las mujeres en casa, sometidas; lo
hombres fuera y en casa mandando.
La iglesia no es un “sistema de poder”, sino una experiencia
de libertad y vida compartida. Nadie es en ella función de nadie; no hay en la
iglesia una clase de tropa, como no hay clase de jerarquía. Pero puede y debe
haber en ella un tipo de “servicios”, en línea de evangelio.
Al convertirse en institución de poder religioso y social
(dejando de ser un movimiento mesiánico de liberación), la iglesia optó por mantener
las estructuras sociales de poder patriarcal), justificando esa opción con
pseudo-argumentos religiosos, que se han mantenido hasta el Sínodo 23.
Una vez que esa tradición patriarcal se inscribe en el
lenguaje de la Iglesia, ella se vuelve "canónica" y se retro-alimenta
a sí misma, como ha sucedido y sucede en general. El orden patriarcal de los
varones ha creado un tipo de Iglesia que parece "lógica", siendo
difícil de desmontar, a pesar del evangelio, que no distingue entre varones y
mujeres, sino entre necios y sensatos.
Debemos recuperar la raíz judía y pascual del evangelio,
superando el sistema imperial (romano), que se impuso desde antiguo,
convirtiendo a las comunidades en una sola iglesia romana, donde todos los
asuntos importantes se resuelven desde un vértice administrativo y sacral que
habría recibido de Dios el poder pertinente para ello. El sistema imperial
había impuesto sobre la república una ideología de unificación militar, propia
de tiempos de crisis; cayó aquel imperio, pero ha sido copiado y recreado en
forma sacrales por la iglesia de Roma, que ha realizado así grandes servicios
culturales. Pero el ciclo de esa iglesia-sistema ha terminado y tenemos que
volver a la verdad del evangelio (no a la república romana), de manera que las
iglesias puedan presentarse como experiencia y fruto de comunión cristiana.
Esta jerarquización, con elementos de filosofía griega y
política romana, marca la gran inversión del cristianismo, que culminó con el
constantinismo (siglo IV d.C.) y con la reforma gregoriana (siglo XI).
Esta inversión evitó el riesgo de disolución gnóstica del
cristianismo, pero lo hizo a costa de silenciar elementos importantes del
evangelio, como la sacralidad universal e igualitaria de todos los creyentes.
En principio, el movimiento de Jesús no era jerárquico, sino mesiánico; no
promovía un orden sacerdotal, sino una experiencia de comunión de todos,
empezando por los menos importantes. En raíz el cristianismo siguió siendo lo
que era y así pudo expandirse entre los nuevos pueblos, tras la caída del
Imperio Romano, pero aceptó y sacralizó de hecho la distinción de los creyentes
en dos niveles (=órdenes) dentro de la iglesia.
Hasta ahora, algunos dogmáticos habían creído tener el
monopolio de la fe y la buena comprensión del Cristo.
Es normal que esos dogmáticos se sientan nerviosos, pues
temen perder su monopolio en la fe y la vida eclesial.
Estos dogmáticos (pocos ya, por fortuna y gracia) se creían portavoces
de un Cristo asegurado, por encima de la exégesis bíblica y la búsqueda
histórica. Pero gracias a Dios quedan obispos que tienen el el atrevimiento
de no dejarse “modelar por ellos”
¡Lo que está en el fondo es el miedo al Jesús de la historia! Algunos piensan así: «Tenemos un dogma, tenemos una iglesia y unas
instituciones aseguradas, de manera piramidal, desde arriba, nos sentimos
seguros, en medio de los cambios, por encima de los cambios». Pues bien,
entre los cambios de la Iglesia actual está la fidelidad al ser humano, en su
libertad, en su historia… Está la fidelidad a la historia de Jesús, pues
sólo en ella, en su humanidad concreta, se revela Dios.
En la Iglesia actual existe mucho miedo y mucho temor y
creo que nosotros, si verdaderamente somos creyentes, debemos confiar en que el
Espíritu Santo hace nuevas todas las cosas. Tenemos, por tanto, que ser
mucho más audaces y dialogar con el mundo sin imponer, tan solo ofreciendo una
propuesta liberadora, humanizadora y sanadora y el que la quiera coger que la
coja.
Tenemos que empezar por hablar y estudiar
todos juntos cómo trabajar. Lo que no se puede permitir es la polarización
entre la jerarquía y los cristianos porque el gran mensaje del Concilio
Vaticano II es el de la comunión, ese es el gran reto y el gran desafío.
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