¡D. Fernando García Cadiñanos, un obispo que vive lo que predica!
La Sagrada Escritura nos recuerda, en Levítico 19:34: “El
extranjero que reside entre vosotros será para vosotros como un ciudadano de
entre vosotros; lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis en la
tierra de Egipto. Yo soy el Señor vuestro Dios”. Esta exhortación nos invita a
recordar nuestras propias historias, a no olvidar que muchos de nosotros somos
fruto de la migración, de la búsqueda de un lugar seguro donde vivir y
prosperar.
Jesús, en su vida terrenal, también nos mostró la
importancia de acoger al forastero. Desde su nacimiento, que ocurrió en un
lugar humilde y rodeado de circunstancias difíciles, hasta su ministerio, donde
se acercó a aquellos que eran rechazados y marginados, Él nos da un modelo a
seguir. Su vida es un claro llamado a abrir nuestras puertas y corazones a
aquellos que buscan refugio y esperanza.
Un obispo contundente no solo habla desde el púlpito,
sino que también vive lo que predica. En Efesios 4:15 se nos llama a “hablar la
verdad en amor”. Este es un delicado equilibrio: ser firmes en nuestras
convicciones, pero hacerlo desde un lugar de amor y compasión. La verdad puede
ser dura, pero es necesaria para la edificación de la comunidad.
Cuando un obispo se enfrenta a situaciones difíciles —ya sea
en cuestiones morales, sociales o doctrinales— es crucial que actúe con
claridad. ¡Debe desafiar a la comunidad a crecer y evolucionar en su fe, sin
dejar de lado el amor y la misericordia que Jesús nos enseñó!
Como comunidad de creyentes, es fundamental que nos unamos
en torno a la verdad del Evangelio. Un obispo firme también promueve la
unidad. En un mundo dividido, debemos ser portadores de esperanza,
mostrando que la verdad de Cristo puede unir a personas de diferentes orígenes
y perspectivas.
Al final del día, el objetivo de un líder espiritual es
llevarnos más cerca de Dios. En Romanos 15:5-6 se nos recuerda: “El Dios de
la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir, conforme
a Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo”.
Pidamos a Dios que nos conceda el valor para ser testigos de
la verdad en nuestras propias vidas. Que podamos ser fuertes en nuestra fe y
valientes en nuestras acciones, siempre buscando construir un mundo más justo y
amoroso.
Que cada uno de nosotros, en nuestro propio contexto, sea un
instrumento de paz y verdad, siguiendo el ejemplo de aquellos que han guiado a
la Iglesia con integridad y fortaleza.
La figura del obispo está profundamente arraigada en la
enseñanza de Jesucristo, quien nos mostró el verdadero significado del
liderazgo: servir a los demás. En Marcos 10:45, se nos recuerda que “el
Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir”. Este principio
debe ser el corazón de cada obispo. Al asumir el cargo, un obispo se compromete
a ser el pastor del rebaño, a escuchar las necesidades de su comunidad y a
responder con amor y dedicación.
D. Fernando García Cadiñanos se involucra en las luchas y
esperanzas de su gente. No se queda en su oficina, sino que sale a las calles,
se sienta con los pobres, escucha las historias de aquellos que sufren y se esfuerza
por ser un agente de cambio. Cada visita, cada reunión, cada oración es
una oportunidad para edificar la comunidad y llevar el mensaje del Evangelio a
aquellos que más lo necesitan.
Nuestro obispo tiene el coraje de hablar la verdad, incluso
cuando esta es incómoda. En un mundo donde la injusticia, la desigualdad y la
división son cada vez más evidentes, un obispo comprometido no puede permanecer
en silencio. Al igual que los profetas de antaño, debe alzar su voz en
defensa de los oprimidos y marginados.
En Isaías 1:17 se nos dice: “Aprendan a hacer el bien;
busquen la justicia; reprendan al opresor; defiendan al huérfano; aboguen por
la viuda”. Este es un llamado no solo para el obispo, sino para cada uno de
nosotros. Estamos llamados a ser testigos de la justicia divina en nuestras
propias comunidades. Cuando un obispo se compromete a esta causa, inspira a
otros a hacer lo mismo.
Un obispo comprometido no solo busca unir a la comunidad
dentro de la iglesia, sino también construir puentes hacia el mundo
exterior. Es un promotor del diálogo interreligioso y de la colaboración entre
diferentes grupos, creando un ambiente de respeto y entendimiento mutuo.
A continuación, comparto la Homilía de D. Fernando García
Cadiñanos.
Homilía pronunciada por el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor
Fernando García Cadiñanos, durante la ucaristía con motivo de la Jornada
Mundial del Migrante y del Refugiado 2024, celebrada en la iglesia de
Nuestra Señora del Rosario, en Torrejón de Ardoz (Madrid), el domingo 29 de
septiembre de 2024.
TELEVISIÓN:
Retransmisión de la eucaristía por La 2 de Televisión Española
«La palabra de Dios que escuchamos cada domingo resuena de
manera diferente en función de los contextos y de la vida que va iluminando. En
efecto, como reza el salmo, “lámpara son tus palabras para mis pasos, luz en mi
sendero”. Por eso, estas hermosas lecturas que hoy hemos proclamado en medio de
esta comunidad cristiana, que de por sí ya es buena noticia para este barrio
plural y para Torrejón, nos pueden ayudar a reflexionar y vivir mejor la
Jornada Mundial del Migrante y Refugiado que hoy celebramos con toda la
Iglesia.
Me parece que pueden ser tres los mensajes que
afloran de la Palabra que hoy hemos proclamado y que se dirige tanto a
quienes estamos aquí como a quienes se unen a nosotros desde sus hogares,
muchos de ellos a causa de la enfermedad, la ancianidad, la dependencia o las
situaciones de soledad. A todos, un abrazo.
En primer lugar, la Palabra de este domingo nos
invita a agradecer y reconocer el numero ingente de personas buenas que hay en
nuestro mundo. En ellas, el Espíritu del Señor está actuando cuando acogen,
protegen, promueven e integran a tantas personas migradas y refugiadas en
nuestro país o en otros lugares del mundo. Sí. Hoy son muchas las personas,
cristianas y no cristianas, que personal o asociadamente están comprometidas
con la causa del Espíritu que es la unidad de la familia humana. Aunque a
través de los medios de comunicación afloran y se conocen más las noticias de
muros, xenofobia, rechazo y violencia frente a nuestros hermanos que vienen de
lejos, sin embargo, son más los gestos de acogida, cercanía y solidaridad. Dios
camina con su pueblo, como nos dice el lema de la jornada de este año, y nunca
lo abandona, especialmente a las personas que más lo necesitan. Camina con y
camina en, Es Cristo quien viene en la persona de los migrantes. Por eso, la
Palabra nos invita hoy purificar una mirada que descubre, por una
parte, las aportaciones valiosas que los migrantes ya están haciendo
entre nosotros para que crezcamos como pueblo, como Iglesia y como sociedad.
Y, por otra, a comprometernos con gestos de acogida y bondad hacia quienes son
víctimas del hambre, la guerra, la pobreza, la violencia, los regímenes corruptos
o el descuido del medio ambiente. Porque, no lo olvidéis, son estas, y no
otras, las causas por las que muchos hermanos tienen que huir de sus países y
piden hoy ser acogidos en el nuestro. Afortunadamente, como dice el Señor, el
que no está contra nosotros está a nuestro favor y, por eso, son muchos los que
hacen el bien, superando nuestros círculos reducidos y construyendo así una
sociedad más humana y fraterna, sociedad de “plena ciudadanía”.
Os invito, por tanto, a dar gracias y reconocer la presencia
del Espíritu que sigue vivo en todas estas personas. Que el Espíritu siga
suscitando muchos profetas en nuestro mundo para transformarlo en clave divina.
Para que la voluntad de Dios se haga en la tierra como ya se realiza en el
cielo. Es más, que el Espíritu venga sobre los que estamos aquí y sobre los que
nos estáis viendo a través de las pantallas, para que nos haga a todos testigos
del Evangelio, profetas que acogen e integran.
La segunda lectura del apóstol Santiago nos lleva a una
segunda reflexión. Se trata de un texto ciertamente muy interpelante y que,
en este contexto de un mundo rico y un mundo empobrecido nos debe cuestionar.
El apóstol recrimina a los ricos de su tiempo sobre el uso de su riqueza y la
acumulación en la que vivían. Leído en un contexto global puede resultar un
juicio sobre la desigualdad entre lo que algunos denominan el Norte o el Sur
global. Como decía Juan Pablo II: “Este Sur pobre juzgará al Norte rico. Y los
pueblos pobres y las naciones pobres, pobres en varias formas, no solo por
faltad de comida, sino también por falta de libertad y de otros derechos
humanos, juzgarán aquellos pueblos que les han usurpado estos bienes,
arrogándose el monopolio imperialista de la economía y de la supremacía
política”. Sí, porque la propiedad sobre los bienes materiales tiene siempre
una dimensión social que nunca podemos olvidar. Las personas no somos
mercancías y las vidas humanas no tienen precio, sino un valor infinito en su
dignidad de hijos de Dios. En este sentido, quizás conviene centrarse más
en dejar de luchar contra los pobres y luchar contra la pobreza. El legítimo
derecho a la seguridad de nuestras fronteras, por tanto, no debe de estar
regido únicamente para garantizar y mantener el solo bienestar material
egoísta. Cualquier lectura individualista y puramente material a la hora de
juzgar y actuar sobre esta cuestión es contraria a la mirada que Dios tiene
sobre el mundo y sobre los bienes materiales que él ha dispuesto para el
disfrute de todos sus hijos.
Dar un vaso de agua es convertir a nuestra Iglesia en un
signo profético de buena noticia en nuestro mundo. Un mundo que necesita de
gestos y testimonios de esperanza. Los cristianos somos levadura de
humanidad, factores para una civilización del amor, promotores de una
cultura del encuentro hecho de muchas y variadas formas de santidad, pero
fundamentalmente de detalles concretos y sencillos.
Os invito hoy a estrechar la mano de un hermano migrante,
a ser capaces de acoger en el corazón la vida de quienes han venido de lejos, a
posibilitar que nuestros prejuicios y valoraciones se transformen en el
encuentro con el otro… con el otro que es el propio Cristo.
Que la eucaristía que celebramos en esta Jornada sea
sacramento de la fraternidad a la que el Reino de Dios y Jesús nuestro Redentor
nos convoca. La eucaristía hace presente a Dios caminando con su pueblo, aquí
Cristo nos alimenta, configura y envía a crear entre nosotros las comunidades
acogedoras y misioneras que anuncian el Evangelio de la paz».
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