Feijóo: ¿Ultraderecha buena y ultraderecha mala…?
Para muchos, una católica de libro. Para otros, una enemiga del modelo de Iglesia de puertas abiertas del
Papa Francisco, en especial en sus políticas migratorias, medioambientales y de
diálogo entre culturas.
Meloni, que abraza los “principios
innegociables” de Juan Pablo II en todo lo referente al sexo, la
procreación o las políticas familiares, y la defensa de la cruz y de la fe ante
una supuesta “invasión” del mundo musulmán, aliado con los lobbies LGTBI, no ha
dudado en encontrarse con los mayores rivales de Bergoglio en la Iglesia católica, como el cardenal Robert Sarah.
El único punto de encuentro de Meloni con la Iglesia
católica es su postura clara en contra del aborto o la eutanasia, ya que el
Vaticano no ha variado su postura sobre estos temas. Pero la mayor parte del
programa electoral y los valores que defiende Meloni –como disminuir las ayudas a los más desfavorecidos a los ataques al
colectivo LGTBI, por ejemplo– se dan de bruces contra el Evangelio de Jesús y
la doctrina social de la Iglesia.
Durante sus años al frente de Fratelli d’Italia proclamó su apoyo a otros líderes de la extrema derecha, como Viktor Orbán. Incluso llegó a justificar a Benito Mussolini, el dictador fascista italiano. Meloni es una política muy astuta, pero también muy orgullosa. Necesita reconocimiento en la escena internacional, pero sólo actúa como líder mundial cuando es necesario. Es una fachada. En cualquier otro momento, muestra quién es realmente: una líder ideológica y muy de extrema derecha.
Cuando se acercaba a la cúspide del poder, Meloni declaró que su partido había “entregado el fascismo a la historia décadas atrás”. Pero, haciéndose eco del régimen fascista de Mussolini, Francesco Lollobrigida, ministro de Agricultura italiano y cuñado de Meloni, fue acusado de supremacía blanca tras alertar de que los italianos corrían el riesgo de “sustitución étnica”. La declaración se produjo en el marco de un debate sobre la inmigración y el descenso de la tasa de natalidad en Italia.
Los periodistas que critican al Gobierno han sido objeto de represalias legales. “Preferimos perder uno o varios días de sueldo antes que perder nuestra libertad, convencidos de que la libertad y la autonomía del servicio público es un valor de todos. Y la RAI es de todos”. Así, en un comunicado leído en las principales ediciones de los telediarios, los periodistas de la RAI, la televisión y radio públicas de Italia, han explicado las razones que les han llevado a mantener una huelga de 24 horas para “defender su autonomía e independencia” del “control de la política” y de “los intentos de censura” del Gobierno liderado por la ultraderechista Giorgia Meloni. Incluso diversos europarlamentarios. "Aquí cómo el Gobierno italiano ataca a la libertad de prensa. Envían a policía a las redacciones. El extremismo de derecha tiene miedo de los medios libres”, llegó a decir Alexandra Greese, del grupo de Los Verdes/Alianza Libre Europa, después de que "Domani" fuera sujeto a una inspección policial por las denuncias contra el medio. Un año antes, Meloni denunció a 'Domani' después de la publicación de otro reportaje sobre un presunto caso de nepotismo.
En su país, la
coalición gobernante de Meloni ha recortado las prestaciones a las personas con
rentas bajas o en paro, ha promulgado normas estrictas contra los barcos de
rescate de las ONG y las familias homoparentales y ha ampliado la prohibición
de la maternidad subrogada para penalizar a los italianos que recurran a este
método en el extranjero.
Así pues, Las propuestas e ideas de Vox y Meloni son abiertamente incompatibles con el ideario
cristiano del que supuestamente dicen provenir y al que en teoría proclaman
defender
Muchos de los dirigentesde Vox, con el nuevo ungido Buxadé a
la cabeza, proceden de ámbitos ultracatólicos,
como el Opus Dei, y son de misa
diaria (y esperemos que de confesión también periódica) Recordemos que Abascal
o Meloni no solo han terminado siendo abrazados por la derecha clásica y
supuestamente moderada, sino que provienen de sus filas o fueron acogidos en su
momento con gusto por sus parapetos institucionales, desde los que luego
crecieron y alimentaron al monstruo. Si la derecha moderada, sensata y
verdaderamente cristiana (que la hay) ahora quiere volver a meter al genio en
la lámpara, debería esforzarse también por combatir la retórica que nos ha
arrastrado hasta aquí y que ha potenciado, hasta límites intolerables, la
polarización y la crispación. ¿Lo hará o
se quedará en el mero tacticismo de la política cortoplacista en la que todos
parecemos estar insertos? Lamentablemente, guardo pocas esperanzas.
Daniel Innerarity, en uno de sus más fascinantes libros (Una teoría de la democracia compleja, Galaxia de Gutemberg, Barcelona 2020), dedica un capítulo al tema de la “construcción social de la estupidez”. En él nos dice: “mi principal hipótesis es que los desastres políticos deben atribuirse a la incompetencia y no tanto a la mala voluntad”. En efecto, algunos de los más violentos momentos de la historia, han estado caracterizados por un exceso de prótesis epistemológicas, es decir, por la sobreabundancia de “información de segunda mano”, caracterizada por su pésima calidad, su simplicidad y su alta capacidad de contagio.
En épocas marcadas por lo anterior, se siembran los nutrientes de actitudes violentas y antidemocráticas. La democracia, para ser funcional, requiere de un mínimo de racionalidad, de modestia, y de apertura a la verdad que habita en el otro. Las teorías de la conspiración, y los grupos donde residen, fácilmente se vuelven espacios de reforzamiento del prejuicio, seguros de sí mismos e impermeables a la cosmovisión ajena.
En la actualidad, el origen del fanatismo y la radicalización se suele hallar en grupos ideológicamente cerrados, retroalimentados vía redes sociales, seguros de tener siempre la razón. Esto coloca las bases psicológicas y culturales para una gran incompetencia política. Los autoritarismos que vienen, en mi opinión, tanto por la extrema izquierda como por la ultraderecha, tienen en estas premisas, parte de sus raíces y de su perversión.
El conglomerado del capitalismo financiero, industrial-militar, sabe a quiénes recurrir cuando se trata de restablecer el orden o refundarse. Así financia a partidos de extrema derecha, les permite su ascenso, pensando que los tiene en sus manos, cuando es todo lo contrario. Parafraseando a Radomiro Tomic, cuando se gana con el nazismo es el nazismo quien gana.
¡Hoy la izquierda
debe ayudar a la derecha a recuperar su virtud democrática!
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