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El sufrimiento y la fe

Un tema fuerte. Entre las preguntas y temas fundamentales de la religión está el sentido del sufrimiento, que ha sido y sigue siendo la cuestión principal de la teodicea o “defensa” de Dios. ¿Cómo puede haber un Dios que nos permita padecer de esta manera? Los relatos antiguos de la Biblia afirmaban que Dios había respondido liberando a los hebreos del horno de opresión de Egipto, haciéndoles pasar a través del Mar Rojo, y así lo celebran año tras año los israelitas en sus fiestas de Pascua. Pero en un momento dado las respuestas tradicionales resultaron insuficientes. Por eso, los últimos libros de la Biblia israelita han vuelto a plantear con radicalidad el tema.

Esta problemática no afecta sólo a los hebreos, ni a los creyentes de Israel, sino de todos los hombres y mujeres del mundo, condenados de algún modo a la enfermedad y a la muerte.

Bonhoeffer analiza esta nueva forma que adopta el ateísmo en la modernidad. Hay en él un desplazamiento significativo: no se trata tanto de la negación de la existencia de Dios como de la afirmación de su inutilidad. Cuando el mundo era "menor de edad", la "hipótesis Dios" poseía todavía su utilidad. Pero, alcanzada la mayoría de edad, el mundo pasa fácilmente de Dios. Es lo que Bonhoeffer constata en el contexto arreligioso de la prisión, sensible a este ateísmo práctico. Y da su diagnóstico: "Las personas religiosas hablan de Dios cuando los conocimientos humanos (a veces por pereza) chocan con sus límites o cuando las fuerzas humanas fallan. En el fondo se trata de un deus ex machina que ellos hacen salir a escena para resolver problemas aparentemente insolubles o para intervenir en ayuda de la impotencia humana. En una palabra: explotan siempre la debilidad y los límites de los seres humanos. Evidentemente, esta manera de actuar sólo puede durar hasta el día en que los seres humanos, con sus propias fuerzas, harán retroceder un poco sus límites y en que el deus ex machina resultará superfluo". Y prosigue: "Me gustaría hablar de Dios, no en los límites, sino en el centro, no en la debilidad, sino en la fuerza, no a propósito de la muerte y de la falta, sino en la vida y la bondad del ser humano. En los límites, me parece preferible callarse y dejar sin resolver lo que no tiene solución (...). Dios está en el centro de nuestra vida, estando más allá de ella".

El sufrimiento forma parte de nuestra condición humana, y es fruto de esa herida del pecado. En la raíz de todos los males está el pecado.

Jesús vino al mundo para redimirnos del pecado y sus consecuencias. Jesús hubiera podido eliminar el sufrimiento de la faz de la tierra, pero Él eligió el camino del dolor y del sufrimiento para reconciliarnos. El mismo quiso cargar sobre sí y experimentar en carne propia todos los dolores de la humanidad. La Cruz de Jesús puede y debe entenderse desde sus dos caras Por una parte es la revelación suprema del amor de Dios (que nos regala a su mismo Hijo). Por otra parte es el despliegue completo del pecado de Adán (de la humanidad) que quiere matar a Dios, matando al Hijo de Dios, es decir, matando a los inocentes. Sólo en este contexto, desde el asesinato de los pobres, desde la muerte del Hijo de Dios, los cristianos pueden hablar de un pecado original...

Dietrich Bonhoeffer es un teólogo luterano que estuvo en Auschwitz y alguna vez le increparon: ¿Dónde está Dios mientras su pueblo sufre? Y él respondió: Sufriendo con su pueblo)

Dios no es indiferente frente al sufrimiento humano. Hay un misterio que no logramos comprender y es el misterio del sufrimiento de Dios. El Padre no pudo ser impasible e indiferente frente al sufrimiento de su Hijo en la Cruz, ni es indiferente frente al sufrimiento de cada ser humano.

La Cruz es la respuesta de Dios frente al sufrimiento humano y es al mismo tiempo la Catedra donde Jesús nos enseña a sufrir con dignidad.

Frente al sufrimiento solo hay tres opciones…

a) O trato de huir evadiendo el sufrimiento…El alcohol, la droga, el no asumir la responsabilidad de mis acciones.

b) O me amargo. Y el sufrimiento se convierte en una maldición, que me destruye, me envenena, y nos vuelve persona frustradas y resentidas.

c) O integro el sufrimiento como camino de maduración, que me hace crecer en fortaleza y en paciencia, en la compasión por los demás, en la fe y en la confianza en el Señor.

Quien no sintió un escalofrío al leer o escuchar la oración desgarradora de Jesús en la Cruz: “Padre, porque me has abandonado”. Posiblemente también existieron momentos en nuestra vida en los que tuvimos una fuerte identificación con aquellas palabras. A veces cargadas de reproche, otras de impotencia y, aun de perplejidad.

Muchos personajes Bíblicos vivieron esta experiencia a la que convenientemente se le denomina “desierto”, aprovechando una rica imagen bíblica. San Juan de la Cruz avanza aun más la descripción y la llamo “la noche oscura del alma” a este tiempo de ausencias y distancias gravosas. ¿Existe una intencionalidad divina en la distancia, en esa sensación de desamparo? Por momentos, desde el dolor, pensamos en una incomprensible dosis de crueldad: Dios soltándonos en una especie de “arréglate como puedas” o desde la vergüenza culposa buscamos respuestas en el proporcionado “castigo” que nuestra contumacia merece.

En el contexto de un oráculo cargado de esperanza, Dios proclama en el libro de Isaías. “Era como una esposa joven abandonada y afligida, pero, tu Dios te vuelve a llamar y te dice: “por un pequeño instante te abandone, pero con bondad inmensa te volveré a unir conmigo. En un arranque de ira, por un momento, me oculte de ti, pero con amor eterno te tuve compasión”. (Is 54:6,8).Tal vez esta imagen nos permita aproximarnos a la comprensión de la táctica divina: suelta nuestras manos esperando el paso. ¿Qué  pasaría si los padres no dejarán a sus hijos en la horrible circunstancia de la soledad para caminar? ¿Podemos imaginar una vida en la que una persona a los treinta años está caminando todavía de la mano de sus progenitores?

Dios nos despoja de la conciencia para forjar en nosotros un espíritu deseoso de su presencia y compañía. Un Dios que por su amor nos quiere adultos.

En la oscura noche del alma se sufre y se gime, pero se crece. ¿Cual es nuestra actitud cuando al intentar una y mil veces la oración sentimos vacío y soledad? ¿Nos empecinamos como un bebé y apoyamos la posadera en el suelo esperando las manos que nos rescaten de tanto naufragio? ¿O buscamos caminar, a tientas, sin apoyo hacia los brazos que al final del camino nos esperan?

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