El sufrimiento y la fe
Esta problemática no
afecta sólo a los hebreos, ni a los creyentes de Israel, sino de todos los
hombres y mujeres del mundo, condenados de algún modo a la enfermedad y a la
muerte.
Bonhoeffer
analiza esta nueva forma que adopta el ateísmo en la modernidad. Hay en él un
desplazamiento significativo: no se trata tanto de la negación de la existencia
de Dios como de la afirmación de su inutilidad. Cuando el mundo era "menor
de edad", la "hipótesis Dios" poseía todavía su utilidad. Pero, alcanzada la mayoría de edad, el
mundo pasa fácilmente de Dios. Es lo que Bonhoeffer constata en el contexto
arreligioso de la prisión, sensible a este ateísmo práctico. Y da su
diagnóstico: "Las personas religiosas hablan de Dios cuando los
conocimientos humanos (a veces por pereza) chocan con sus límites o cuando las
fuerzas humanas fallan. En el fondo se trata de un deus ex machina que ellos
hacen salir a escena para resolver problemas aparentemente insolubles o para
intervenir en ayuda de la impotencia humana. En una palabra: explotan siempre la debilidad y los límites de los
seres humanos. Evidentemente, esta manera de actuar sólo puede durar hasta
el día en que los seres humanos, con sus propias fuerzas, harán retroceder un
poco sus límites y en que el deus ex machina resultará superfluo". Y
prosigue: "Me gustaría hablar de
Dios, no en los límites, sino en el centro, no en la debilidad, sino en la
fuerza, no a propósito de la muerte y de la falta, sino en la vida y la bondad
del ser humano. En los límites, me parece preferible callarse y dejar sin
resolver lo que no tiene solución (...). Dios está en el centro de nuestra
vida, estando más allá de ella".
El sufrimiento forma parte de nuestra condición humana, y es
fruto de esa herida del pecado. En la raíz de todos los males está el pecado.
Jesús vino al mundo
para redimirnos del pecado y sus consecuencias. Jesús hubiera podido eliminar
el sufrimiento de la faz de la tierra, pero Él eligió el camino del dolor y del
sufrimiento para reconciliarnos. El mismo quiso cargar sobre sí y experimentar
en carne propia todos los dolores de la humanidad.
Dietrich Bonhoeffer
es un teólogo luterano que estuvo en Auschwitz y alguna vez le increparon:
¿Dónde está Dios mientras su pueblo sufre? Y él respondió: Sufriendo con su
pueblo)
Dios no es indiferente frente al sufrimiento humano. Hay un
misterio que no logramos comprender y es el misterio del sufrimiento de Dios. El Padre no pudo ser impasible e indiferente
frente al sufrimiento de su Hijo en la Cruz, ni es indiferente frente al
sufrimiento de cada ser humano.
La Cruz es la
respuesta de Dios frente al sufrimiento humano y es al mismo tiempo la Catedra
donde Jesús nos enseña a sufrir con dignidad.
Frente al sufrimiento solo hay tres opciones…
a) O trato de huir evadiendo el sufrimiento…El alcohol, la
droga, el no asumir la responsabilidad de mis acciones.
b) O me amargo. Y el sufrimiento se convierte en una
maldición, que me destruye, me envenena, y nos vuelve persona frustradas y
resentidas.
c) O integro el sufrimiento como camino de maduración, que me hace crecer en fortaleza y en paciencia, en la compasión por los demás, en la fe y en la confianza en el Señor.
Quien no sintió un
escalofrío al leer o escuchar la oración desgarradora de Jesús en la Cruz:
“Padre, porque me has abandonado”. Posiblemente también existieron momentos en
nuestra vida en los que tuvimos una fuerte identificación con aquellas
palabras. A veces cargadas de reproche, otras de impotencia y, aun de
perplejidad.
Muchos personajes Bíblicos vivieron esta experiencia a la
que convenientemente se le denomina “desierto”, aprovechando una rica imagen
bíblica. San Juan de la Cruz avanza
aun más la descripción y la llamo “la
noche oscura del alma” a este tiempo de ausencias y distancias gravosas.
¿Existe una intencionalidad divina en la distancia, en esa sensación de
desamparo? Por momentos, desde el dolor, pensamos en una incomprensible dosis
de crueldad: Dios soltándonos en una especie de “arréglate como puedas” o desde
la vergüenza culposa buscamos respuestas en el proporcionado “castigo” que
nuestra contumacia merece.
En el contexto de un oráculo cargado de esperanza, Dios
proclama en el libro de Isaías. “Era como una esposa joven abandonada y
afligida, pero, tu Dios te vuelve a llamar y te dice: “por un pequeño instante
te abandone, pero con bondad inmensa te volveré a unir conmigo. En un arranque
de ira, por un momento, me oculte de ti, pero con amor eterno te tuve
compasión”. (Is 54:6,8).Tal vez esta
imagen nos permita aproximarnos a la comprensión de la táctica divina: suelta
nuestras manos esperando el paso. ¿Qué pasaría si los padres no dejarán a sus hijos
en la horrible circunstancia de la soledad para caminar? ¿Podemos imaginar una
vida en la que una persona a los treinta años está caminando todavía de la mano
de sus progenitores?
Dios nos despoja de
la conciencia para forjar en nosotros un espíritu deseoso de su presencia y
compañía. Un Dios que por su amor nos quiere adultos.
En la oscura noche
del alma se sufre y se gime, pero se crece. ¿Cual es nuestra actitud cuando al
intentar una y mil veces la oración sentimos vacío y soledad? ¿Nos empecinamos
como un bebé y apoyamos la posadera en el suelo esperando las manos que nos
rescaten de tanto naufragio? ¿O buscamos caminar, a tientas, sin apoyo hacia
los brazos que al final del camino nos esperan?
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