El ultraderechismo que destruye: entre la crueldad de Trump y la hipocresía de Abascal
El auge de la ultraderecha en el mundo ha encendido
alarmas en todos los sectores comprometidos con la justicia social, los
derechos humanos y la dignidad. Desde los discursos incendiarios de Santiago
Abascal en España hasta las políticas despiadadas de Donald Trump en Estados
Unidos, asistimos a un escenario donde la polarización, el desprecio por los
más vulnerables y la indiferencia ante las crisis globales marcan el rumbo
político.
El Movimiento por el Celibato Opcional (MOCEOP) ha alzado
la voz con una carta de preocupación que expone una realidad aplastante: el
avance de la ultraderecha no solo profundiza las desigualdades, sino que
también ataca de forma frontal a quienes ya están en situación de
vulnerabilidad. En su mensaje, el MOCEOP enumera con crudeza las heridas del
mundo actual: guerras, genocidios, desigualdades extremas, actos terroristas,
pederastia, machismo, hambre y los desastres naturales provocados por el cambio
climático. Todo ello, agravado por una falta de respeto a la dignidad de las
personas más marginadas: los pobres, los migrantes, las mujeres, los niños y
las personas LGTBIQ+.
El ascenso de líderes como Trump y Abascal ha añadido
un elemento tóxico a esta ecuación: la normalización del odio. En el caso de
Trump, sus medidas antiinmigrantes no tardaron en materializarse. A solo días
de asumir la presidencia, ya había iniciado la deportación masiva de migrantes
a México y Guatemala. Estas deportaciones, realizadas con aviones cargados de
personas que buscaban un futuro mejor, son un ejemplo claro de la brutalidad
institucionalizada que define su política. Trump no solo estigmatizó a los
migrantes como delincuentes, sino que convirtió su expulsión en un espectáculo
político para satisfacer a sus bases electorales.
En España, Abascal sigue la misma estrategia de
deshumanización. Su retórica, plagada de generalizaciones y discursos de odio,
ha buscado constantemente criminalizar a los migrantes, culpándolos de los
problemas sociales y económicos del país. Abascal ignora deliberadamente las
verdaderas raíces de la desigualdad y utiliza a los migrantes como chivos
expiatorios para alimentar el miedo y la división. Esta manipulación no
solo es peligrosa, sino profundamente inmoral, ya que pone en el punto de mira
a quienes ya enfrentan enormes dificultades.
El MOCEOP, como muchos otros movimientos y organizaciones,
advierte sobre el peligro de estas políticas y la necesidad urgente de frenar
el avance del extremismo. Las consecuencias del auge ultraderechista no son
teóricas; están aquí y ahora, afectando vidas humanas y socavando principios
fundamentales como la igualdad, la solidaridad y el respeto mutuo.
"La voz de la dignidad frente a la crueldad
política"
En medio de esta atmósfera de odio, es vital recordar que
aún existen voces valientes dispuestas a defender los valores universales de
humanidad y justicia. Durante el acto religioso que acompañó la toma de
posesión de Donald Trump, la obispa episcopaliana de Washington, Mariann Edgar
Budde, ofreció un discurso que contrasta radicalmente con la retórica fría y
calculadora del presidente.
La obispa Budde apeló a la “piedad” y pidió compasión
hacia los migrantes, recordando que la gran mayoría no son delincuentes,
sino trabajadores que contribuyen a sus comunidades y pagan impuestos,
incluso cuando su estatus migratorio no está en regla. También denunció el
temor creciente de muchas personas LGTBIQ+, que con la llegada de Trump al
poder temían por su seguridad y sus vidas. Frente a la división promovida
por la ultraderecha, Budde abogó por la unidad basada en la dignidad de los
demás, la honestidad y la humildad. Su mensaje fue un acto de resistencia, un
recordatorio de que los principios fundamentales de respeto y humanidad no
pueden ser negociados, mucho menos eliminados, por un decreto o una política
xenófoba.
Sin embargo, estas palabras chocan con una realidad donde
los líderes de la ultraderecha han convertido la división en una herramienta de
poder. En lugar de abordar los problemas reales de sus países, como las crisis
económicas, las desigualdades estructurales o el cambio climático, prefieren
señalar culpables fáciles. Migrantes, feministas, personas LGTBIQ+ y otros
colectivos vulnerables se convierten en el blanco de discursos que no buscan
soluciones, sino aplausos de una base electoral alimentada por el miedo y el
resentimiento.
"El precio de la inacción"
El avance de la ultraderecha no es solo una amenaza para
los derechos humanos, sino también para el propio tejido social. Al alimentar
el odio y la división, estas ideologías están debilitando la capacidad de las
sociedades para enfrentar los grandes desafíos del siglo XXI. La crisis
climática, por ejemplo, exige una cooperación global y un enfoque basado en la
justicia social. Sin embargo, los líderes ultraderechistas prefieren ignorar la
ciencia o culpar a otros países, perdiendo un tiempo precioso en discusiones
estériles mientras el planeta se deteriora.
Del mismo modo, la creciente desigualdad requiere
políticas redistributivas y sistemas de protección social más sólidos. Pero la
ultraderecha, con su obsesión por reducir el papel del Estado y beneficiar a
las élites económicas, está contribuyendo a agravar el problema. En lugar
de construir sociedades más justas y equitativas, estas políticas perpetúan un
modelo que beneficia a unos pocos a expensas de muchos.
La carta del MOCEOP pone de relieve una verdad innegable:
las crisis actuales no pueden resolverse desde la exclusión y el odio. Las
guerras, los genocidios, el hambre y las catástrofes climáticas son problemas
complejos que requieren solidaridad, empatía y una voluntad genuina de cambio.
La ultraderecha, en cambio, representa todo lo contrario: simplificación,
polarización y un desprecio absoluto por quienes más sufren.
"Un llamado a la acción"
Es hora de actuar. El auge de la ultraderecha no es un
fenómeno aislado, sino una tendencia global que requiere una respuesta
coordinada y decidida. Organizaciones, movimientos sociales y ciudadanos deben
unirse para defender los valores fundamentales de igualdad, justicia y respeto.
Esto significa desafiar los discursos de odio, denunciar las políticas
deshumanizantes y construir alternativas que prioricen la dignidad de todas las
personas, especialmente las más vulnerables.
La obispa Mariann Edgar Budde lo expresó con claridad: la
unidad no puede basarse en la exclusión, sino en el respeto mutuo y la
humildad. Frente a líderes como Trump y Abascal, que buscan dividir para
conquistar, es necesario construir puentes, no muros. La historia juzgará cómo
respondemos a este momento crítico. ¿Seremos cómplices del odio o defensores de
la dignidad humana? La respuesta está en nuestras manos.

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