Nulidades de matrimonio nefastas…
Las nulidades matrimoniales han sido, en muchos casos,
objeto de controversia dentro de la Iglesia Católica y de la sociedad en
general. Aunque, en principio, el proceso de anulación matrimonial tiene como
fin garantizar que el sacramento del matrimonio se haya celebrado
correctamente, en la práctica, ha habido numerosos casos que han dejado una
impresión negativa, o "nefasta", sobre cómo se gestionan estos
procesos.
En teoría, una nulidad matrimonial es una declaración por
parte de la Iglesia de que un matrimonio, aunque aparentemente válido, no
cumplía con los requisitos esenciales desde el principio y, por tanto, nunca
fue un matrimonio verdadero ante los ojos de Dios. Sin embargo, a lo largo de
la historia, se han dado situaciones en las que este proceso ha sido
malinterpretado o mal utilizado, generando polémica y desconcierto.
Uno de los principales problemas percibidos con las
nulidades matrimoniales es que, en algunos casos, parece existir un doble
rasero. Personas influyentes, ricas o poderosas han logrado obtener nulidades
de manera más rápida y favorable, lo que ha despertado sospechas de favoritismo
o corrupción. Un ejemplo histórico notable es el caso del rey Enrique VIII de
Inglaterra, quien, al no poder obtener la nulidad de su matrimonio con Catalina
de Aragón, rompió con la Iglesia Católica y fundó la Iglesia Anglicana. Aunque
este es un caso extremo, sigue siendo emblemático de cómo, en ocasiones, el
proceso de nulidad puede ser manipulado por intereses políticos o personales.
Qué decir de un sacerdote que ante un tribunal
eclesiástico difamó a otra persona por corporativismo clerical diciendo que esa
persona estaba trastornada y consiguiendo de esta manera la ruptura de un vínculo sagrado.
No podemos olvidar que al “trastornado" el tiempo le dio la razón y es de
dominio publico que ese cura "amigo" está “casado” con la que fue su esposa. Lo peor del
caso es que el cura que fue a declarar en esa nulidad fue el que anteriormente había celebrado
la ceremonia religiosa... Con la Iglesia hemos topado amigo Sancho...
¿Qué sentencia pueden esperar de cualquier juez humano si es
que no creen en el Divino? Los humanos, si son ajenos a la religión,
sentenciaran incoherencia y miseria moral. El Divino, inescrutable, ¿quién sabe
lo que sentenciaría aparte de mostrar su misericordia por pecadores de tal
guisa?
Son bien ciertas las palabras de S. Pablo: el poder y la
gracia del Señor Jesucristo sólo pueden ser realizadas a través de la bendición
de la debilidad, que es producida por las bofetadas de Satanás como un aguijón
en la carne (2ª Cor. 12:7).
A través de la traición somos preparados para la
bendición de ser usados alentando a otros en la misma prueba de fe, con la
misma consolación que nosotros hemos recibido de Dios (2ª Cor. 1:4).
A través de la experiencia de la traición de muchos
amigos falsos, muchas veces se reciben las más grandes bendiciones en la vida.
Cuando se concreta la bendición de la traición, podemos
mirar hacia atrás y ver cuánto hemos segado en creciente gozo, amor, gracia,
fuerza y comunión con el Señor Jesús; nos sentimos abrumados por la comprensión
de cuánto bien nos ha hecho nuestro traidor. No importa cuáles fueron sus
intenciones. Lo que importa es el fruto que Él ha traído a nuestras vidas.
Isabel Preysler, la famosa socialité española de origen
filipino, ha vivido varios episodios relevantes en torno a la nulidad de sus
matrimonios. De sus tres matrimonios, dos fueron anulados por la Iglesia. El
primero fue con el cantante Julio Iglesias, con quien se casó en 1971 y tuvo
tres hijos. Aunque su matrimonio civil terminó en divorcio en 1978, la nulidad
eclesiástica fue concedida en 1979 por el Tribunal de Brooklyn.
Su segundo matrimonio, con Carlos Falcó, Marqués de Griñón,
también fue anulado por la Iglesia, en este caso por la Sacra Rota de Madrid.
Se argumentó que Isabel no creía en la indisolubilidad del vínculo matrimonial,
lo cual fue clave para obtener la nulidad.
Una vez más, lo que resulta dolorosamente injusto en todo
orden de cosas, a los pobres se les cierran las puertas de la felicidad
matrimonial, obligados “hasta que la muerte nos separe”, e inmoralmente, como
esposo y esposa a vivir sin con-vivir,
mientras que a los ricos se les facilitaba el camino “legal” de los citados
tribunales , que jamás debieran haber podido intitularse “eclesiásticos” , por
su constitución y el comportamiento tan generalizado de no pocos de sus
miembros , tal y como se pudo, y se puede, demostrar con documentos y
sentencias firmes y seguras de los “otros“ Tribunales.
El trapicheo mercantilizado generado por los organismos
citados con la originaria connotación de “católicos apostólicos y romanos”, y
cita expresa del “nombre de Dios”, con las nefastas consecuencias que a los
“rebeldes” y “arrebujados”, les reportaba su condición “pecadora” de proscritos
por la sociedad y por la institución eclesiástica, administradores de sus
bienes terrenales y “espirituales”, con proyección en esta vida y hasta en la
“otra”.
Así, pues, la mayoría de los novios, novias, familiares y
amigos no se casaron “por” la Iglesia con letra mayúscula, sino “en” la
iglesia, con minúscula, al igual que sala de fiestas, restaurantes, regalos y
obsequios, notas de prensa y fotos, y si en estas aparecen colorines
episcopales, mejor que mejor.
Por fin fue aprobada la ley de divorcio y en la
actualidad las estadísticas confirman el dato de que los matrimonios “por la
civil”, rondan el noventa por ciento de los que se celebran hoy en
España, más o menos equivalente a los que antes se celebraban “en” la
iglesia, pero no “por” la Iglesia.
Bienvenida aquella ley que arrampló del mapa social
tantas hipocresías y no pocos procedimientos, de los que habrían de
servirse después los Tribunales Eclesiásticos para la legalización del nuevo
estatus de los contrayentes.
Hoy, después de cuarenta años, el divorcio no es tan
“pecado” como antes, no llegando a ser nunca tanto o más “pecado”, que lo
fueron la mayoría de las nulidades-anulaciones matrimoniales concedidas - “amañadas-
“en el nombre de Dios”

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