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Necesitamos volver al espíritu de la Iglesia primitiva


 A los sesenta años del Vaticano II (1962-1965) las grandes cuestiones que sacudieron y emocionaron la conciencia católica continúan pendientes. Muchos sentimos entonces un fuego distinto, un ardor de evangelio, pero el fuego pareció apagarse y apenas quedaron rescoldos que a veces se animan, para apagarse después, tras haber dejado algo de humo sobre los tejados.

Desde entonces, el barco de la iglesia apenas se ha movido, en medio de un mar agitado por el huracán de una globalización que sacude y vincula a los pueblos, pero no de forma “católica” (no hay lugar para todos), sino impositiva y excluyente, al servicio de unas minorías en general tan malas que las antiguas. ¡Mientras tanto algunos jerarcas parecen tener miedo y refuerza los controles!

Pues bien, en ese contexto, cincuenta años después de la muerte de Juan XXIII (16.VI.1963), papa de esperanza, Francisco (13.III.2013), nuevo papa, parece retomar el rumbo perdido y despierta de nuevo emociones casi dadas por perdidas.

Así, pues, los diversos ministerios de la Iglesia, que son un compromiso de participación múltiple y concreta, unitaria y extensa, en la tarea del Reino de Dios.

Así podemos interpretar la confesión de Efesios 4, 5: «Un solo Señor una sola fe, un solo Espíritu un solo sacerdocio…». El sacerdocio es único, como es único Cristo, pero los ministerios son múltiples, para el servicio del “cuerpo mesiánico”, como ha dicho expresamente Pablo (cf. 1 Cor 12, 4-6). El sacerdocio es común (universal), pues deriva del único bautismo. Los ministerios, en cambio, son muchos y distintos, y pueden cambiar, conforme a los signos de los tiempos y a las circunstancias de la Iglesia.

Jesús no fue sacerdote, sino laico, en la línea de los profetas y pretendientes mesiánicos, de los sanadores carismáticos y de los sabios populares. Él retomó los aspectos básicos de la experiencia israelita, en línea profética y social, y no desde la sacralidad de los sacerdotes, a quienes en principio ignoraba. A lo largo de su ministerio no se ha enfrentado con ellos, sino que les deja totalmente a un lado o, mejor dicho, les suplanta: ofrece el perdón y la pureza de Dios sin exigir para ello los ritos sacerdotales del templo, y además comparte con los hombres y mujeres del pueblo la comida corriente, los panes y los peces, sobre el campo abierto, sin ir para bendecirla al templo. Ciertamente, en el momento culminante de su vida, Jesús sube a Jerusalén, pero no para “legalizar” sus ritos, sometiéndose así a la autoridad de los sumos sacerdotes, sino para enfrentarse con ellos, mostrando que el templo ha realizado su función y ya no tiene valor sagrado para el pueblo.

No se atribuyó títulos de honor, pues títulos y honores los tenían otros (sacerdotes y rabinos, presbíteros, pontífices y obispos-inspectores), sino que actuó como un simple ser humano (hijo de hombre), sin tareas oficiales, ordenaciones jurídicas, ni documentaciones acreditativas. No se llamó sacerdote, ni recibió las sagradas órdenes, sino que fue un judío marginal, de origen galileo y extracción campesina, obrero de la construcción (albañil o carpintero), sin tierras propias

Era un laico o seglar, un predicador espontáneo, sin estudios ni titulaciones especiales, al interior de las tradiciones de Israel (en una línea profética), pero fuera de las instituciones poderosas de su entorno (templo, posible rabinato). Creía que Dios era Padre de todos los hombres, y así promovió un movimiento de sabiduría superior (enseñanza), curación integral (salud) y comunión entre los marginados de su entorno, a quienes iba despertando, acompañando y animando, pues ellos eran destinatarios y herederos del Reino de Dios, que es vida para los enfermos y hartura para los hambrientos y expulsados de la sociedad establecida (cf. Mt 5, 3; 11, 5; Lc 6, 20; 7, 22).

Por estado y vocación, era un marginal: Estaba convencido de que sólo en el margen (fuera de las instituciones del sistema) podía plantarse la obra de Dios, la nueva humanidad, porque el Reino pertenece a los pobres. No empleó métodos de reclutamiento y separación clasista (buscando a los buenos, limpios y puros) como hacían algunos en su entorno.

Los Doce y otros amigos le habían acompañado hasta Jerusalén..., pero al final le abandonaron. Uno de los Doce le traicionó y los restantes (incluso Pedro, cabeza de su grupo) se sintieron desconcertados o tuvieron miedo y huyeron.

Nadie les había dicho cómo debían organizarse, ni ellos fijaron un "congreso instituyente" para definir sus estructuras; pero el carisma y/o libertad del Cristo (su Espíritu) les fue guiando para crear grupos de amigos y seguidores mesiánicos, distintos entre sí, pero vinculados por el recuerdo y presencia de Jesús. Así crearon iglesias fuertes en libertad mesiánica (misionera, creadora), pero débil en instituciones económicas o administrativas, sacrales o legales. No tenía ministerios fijos, sino que actuaban de modos distintos, según los grupos y las circunstancias.

Está fuera de toda duda que había apóstoles en la primera comunidad. Pero más allá de los Doce, a los que el propio Jesús escogió como símbolo, todos aquellos que predicaban el mensaje de Cristo y fundaron comunidades como primeros testigos y primeros mensajeros eran también apóstoles. Sin embargo, junto a ellos se mencionaban también otras figuras en las epístolas de Pablo: profetas y profetisas que anunciaban mensajes inspirados, y maestros, evangelistas y colaboradores de muy variada índole, hombres y mujeres.

Así, pues, ¿podemos hablar de ministerios en la Iglesia primitiva?  NO, pues el término secular ministerio (arche y otros términos griegos similares) no se utiliza en ninguna fuente para los diferentes oficios y llamamientos de la Iglesia. Es fácil advertir por qué. “Ministerio” designa una relación de dominación. En su lugar el cristianismo primitivo usaba un término que Jesús acuñó como estándar cuando dijo: “el mayor entre vosotros será como el menor, y el que mandaba como el que sirve” (Lucas 22,26) más que hablar de ministerios el pueblo se refería al diakonia, el servicio, originalmente similar a servir la mesa. Así pues, esta era una palabra con connotaciones de inferioridad que podía evocar ninguna forma de poder. Ciertamente también había una autoridad y un poder en la iglesia primitiva, pero de acuerdo con el espíritu de esas palabras de Jesús no debía favorecer el establecimiento de un gobierno para adquirir y defender privilegios, sino solo el servicio y el bienestar comunes.

¡Así nos hallamos ante un “servicio de la iglesia”, no ante una “jerarquía”!

Durante un tiempo, la iglesia de Jerusalén se mantuvo en relación con el templo, pero los cristianos más radicales, como Esteban, vieron que el mensaje y vida de Jesús significaba el fin de ese templo y de su sacerdocio antiguo. En esa línea, entre los nuevos cristianos no hay lugar para una casta o grupo sacerdotal, pues sus gestos o ritos específicos (bautismo, eucaristía) no exigían la existencia o función de un sacerdocio especializado, sino que eran propios de todos los creyentes, que compartían un sacerdocio nuevo, el de la vida en y con Jesús. (Esto es lo sabían todos los grupos cristianos que eran grupos laicales de renovación y apertura universal israelita, no de sacralidad, como los esenios de Qumrán, entre los cuales había muchos sacerdotes) Ciertamente, en el comienzo de la iglesia están los Doce, las mujeres que seguían a Jesús, luego Santiago, su hermano, los apóstoles etc. Pero ellos no formaron un “cuerpo sacerdotal exclusivo” sobre el resto de los creyentes, sino que se integran en la totalidad del “cuerpo” sacerdotal de la Iglesia, entendida como nuevo templo. En ese contexto se sitúan los diversos ministerios, que son de tipo laical, no sacerdotal, como sabemos por el testimonio de Pablo, que crea iglesia y escribe sus cartas a los veinte años de la muerte y pascua de Jesús. Dentro de la iglesia sacerdotal hay pues muchos ministerios.

La iglesia sacerdotal de Jesús no empezó organizando un tipo de ministerios o jerarquías, como las que podrían existir en el judaísmo del templo, sino abriendo unos caminos de servicio mutuo, que se irán explicitando en las comunidades, conforme al impulso del mismo «espíritu» de Jesús, según las necesidades de los tiempos. El primero que ha desarrollado el tema (que nosotros conozcamos) ha sido Pablo. Los cristianos de Corinto han disputado sobre los dones o carismas más altos en la iglesia. Pablo les responde.

Sois el Cuerpo del Cristo, y cada uno un miembro de ese cuerpo... A unos los ha designado Dios en la iglesia: primero apóstoles, segundo profetas, tercero maestros; luego, poderes; después, don de curaciones, acogidas, direcciones, don de lenguas. ¿Acaso son todos apóstoles? ¿todos profetas? ¿todos maestros? ¿todos poderes? ¿todos tienen carisma de sanación?¿hablan todos lenguas o interpretan? Buscad pues los carismas superiores» (1 Cor 12, 27-30).

“Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de servicios (diaconías), pero el Señor es el mismo; hay diversidad de operaciones, pero Dios es el mismo, el que obra todo en todos” (1 Cor 12, 4-6). En esa línea hemos añadido (parafraseando el principio general de Ef 4, 6) que hay un sacerdocio único, pero muchos ministerios. Se trata de un “sacerdocio laical”, de la iglesia en su conjunto, de todos los cristianos, no de algunos ministros superiores. Sólo en un segundo momento ese sacerdocio se expresa y expande en los ministerios de la Iglesia.

Ésta es la novedad que está en el fondo del Vaticano II (Lumen gentium, 1964) y del ministerio de Francisco (Evangelii Gaudium,  2013), aunque no hayan encontrado un lenguaje claro para declararlo. Lo primero en la iglesia es el “cuerpo” animado por el Espíritu, es decir, la comunión de los creyentes, que son con Cristo sacerdotes de la nueva alianza (como saben y dicen Hebreos, 1 Pedro y el Apocalipsis). Al servicio de ese cuerpo o comunidad mesiánica vienen después los ministerios, que son importantísimos, que brotan de ese cuerpo sacerdotal común.

Para finalizar, la autoridad de la iglesia es el amor mutuo, que no se puede identificar con una u otra persona como jerarquía, sino con el mismo diálogo vivo de los creyentes, que es signo y presencia del amor escatológico de Dios (Espíritu Santo). Resultan secundarios los ministerios cerrados en sí mismos, desde el apostolado al don de lenguas. La iglesia se define como cuerpo dialogal donde los miembros pueden comunicarse en gratuidad, sin cerrarse en una ley u organización. Por eso, los diversos ministerios y/o carismas son función y consecuencia de esa unidad de amor, que vincula en gracia (como un cuerpo) a todos. Allí donde la palabra (apostolado) se hace amor surge la iglesia.

Hay, pues, una iglesia o cuerpo mesiánico donde todos son ministros unos de otros. Así lo había resaltado ya 1 Cor 12, 12-26, diciendo que los miembros son del cuerpo, unos de otros (1 Cor 12, 12). Así lo destaca el final de este pasaje de , añadiendo que cada uno ha de tomar por más honrados a los otros, especialmente a los más débiles y amenazados (1 Cor 12, 22), invirtiendo así una experiencia religiosa de tipo jerárquico que era dominante en el entorno helenista.

Fuentes:

 "La Iglesia Católica" Hans Küng

Pikaza: "Todos somos sacerdotes"

Leonardo Boof "Iglesia Carisma y Poder"

 Lhofink   "La Iglesia que Jesús quería"

Comentarios

  1. Pues, me parece interesante el artículo... Solo agregaría, para volver a las prácticas primeras, es necesario hablar, colocar al centro de la discusión el tema de "Pueblo de Dios" ...Iglesia Pueblo de Dios ... Este concepto real palpable, fue desarrollado en el Concilio Vaticano II, pero anulado, eliminado en el sinodo extraordinario de 1985 cambiado por el concepto de Comunión ...

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