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Mondoñedo- Ferrol, parroquias en caída libre

 

La media de edad de los sacerdotes de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol ya ha Mondoñedo-Ferrol ya ha superado los 69 años, y no tardará mucho en alcanzar los 70.

Para atender las 422 parroquias del norte gallego -las de la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, que abarca las áreas septentrionales de las provincias de A Coruña y Lugo-, el Obispado solo cuenta con 110 sacerdotes «en activo». Es decir, que no se han jubilado todavía, cosa que oficialmente sucede a los 75 años de edad. Pero, a esta cifra vienen a unirse aproximadamente una docena de sacerdotes diocesanos más, que, aun habiéndose «retirado» ya en teoría, en la práctica continúan ejerciendo la labor pastoral hasta donde se lo permiten sus fuerzas. Aun así, y con la crisis de vocaciones sacerdotales en un momento especialmente grave, la situación ya empieza ser poco menos que insostenible.

Ante esta situación sería bueno hacer una reflexión sobre la pertenencia responsable y corresponsable a las comunidades locales, la promoción de equipos pastorales de base y la potenciación de un nuevo modelo de presbítero en el que la dimensión cultual y litúrgica tenga su importancia, pero no el centro articulador en torno a la que giren las restantes.

La situación actual es de tal calibre, apunta monseñor A. Rouet, “que no sólo lleva a renunciar a las recetas pastorales de siempre (aunque estén avaladas por el derecho canónico), sino, sobre todo, a centrar la mirada en cómo se organizaban las primeras comunidades para realizar, a la luz de dicha manera de proceder, una lectura implicativa que puede (y debe) ser igualmente iluminada con la experiencia de otras iglesias contemporáneas (particularmente en África, Asia o en América latina). Tanto unas como otras, han sido (y son) comunidades con clara autoconciencia de ser corresponsables, misioneras y creativas, a pesar de contar para ello con poquísimos presbíteros. Son cientos de miles las comunidades cristianas que, a lo largo y ancho del mundo, se organizan de otra manera, muy diferente a la que actualmente impera en Europa”

Ante esta situación es preciso asumir algo que comienza a ser bastante común en muchas diócesis: la Iglesia va camino de ser una minoría en una sociedad crecientemente pagana o, en todo caso, no cristiana. Esto quiere decir que nos encontramos en una situación de misión y que los servicios hasta ahora prestados por las actuales parroquias ya no garantizan una fe madura ni, incluso, su misma supervivencia ni la de la comunidad cristiana.

Pero, siendo importante percatarse y asumir esta nueva situación, lo es mucho más repensar cómo es posible ser cristianos y cómo es viable potenciar comunidades evangelizadoras en un mundo crecientemente secularizado. Es la primera de las tareas de toda renovación eclesial.

De ahí que el protagonismo de las parroquias y de todos los bautizados en el diseño de su propio futuro sea un criterio innegociable, aparcando cualquier lógica o procedimiento que la diluya o que la agüe. Por tanto, la sinodalidad es la forma de abordar todos los problemas que se avecinan y de hacer creíble la renovación eclesial.

Los sacramentos provienen de Jesús y son signos de su acción y presencia liberadora y sanadora, en la vida de los creyentes. Pero, de hecho, están hipotecados por ritos y normas que vienen de arriba (¡no de Dios!), y muchas veces parece que el Vaticano, regulando a su estilo las ceremonias, presta más atención a su letra que al despliegue de la vida mesiánica. Los sacramentos han quedado así “sacralizados”, bajo un orden “sacerdotal”, reservado a célibes varones, dirigidos desde arriba (desde el Papa). Por eso, muchas comunidades no pueden celebrar la eucaristía, y hay así cristianos sin “servicios” sacramentales (pues este tipo de organización legal de los ministerios no lo permite).

Aquí se sitúa un reto esencial para las iglesias, que están llamadas a celebrar la fiesta de Jesús (bautismo, reconciliación) y, sobre todo, la comida compartida (eucaristía), como signo y presencia de Reino, pero que no pueden hacerlo, pues necesitan recibir ministros “de fuera”. Éste es un “pecado institucional muy grave”, y hay que denunciarlo sin rubor ni miedo: La Iglesia jerárquica prefiere su ley de ministerio y celibato a la vida de los fieles. Aquí se juega el sentido y futuro de la Iglesia, que está matando parte de su riqueza (vida) por mantener pequeñas normas legales que no son cristianas. No bastan, pequeños cambios retóricos (misa en latín, ceremonias fijas). Hay que recuperar y desarrollar la libertad evangélica y la celebración de los signos del Reino.

Los ministerios evangélicos han nacido de la experiencia de Jesús y de la vida de las iglesias, a partir de los “apóstoles” (varones y mujeres), cuando el signo de los Doce (que era sólo para Israel) se abrió a todos los pueblos. Los ministros son servidores de la Palabra y Comunión, sin distinción de varones y mujeres. No son herederos de los sacerdotes judíos o paganos (de tipo sacral o pontificial), sino simples cristianos que ejercen un servicio al Dios de Jesús, a la fraternidad.

Pues bien, desde finales del siglo II d.C., un tipo de iglesia instituida ha reintroducido el culto sacrificial/sacerdotal, excluyendo del ministerio a las mujeres (por razones de cultura judeo-pagana, no cristiana). Esa ley del sacerdocio sacral, que impide el ministerio de las mujeres, es antievangélica y va, además, en contra de la cultura actual. En esa línea, la cultura actual es mucho más evangélica que la antigua. Por eso, para que las mujeres asuman los ministerios de la Iglesia no hace falta cambiar nada, sino dejar que la Iglesia sea comunidad de Jesús. El día en que eso se quiera ver (¡y algunos no quieren verlo!) será normal la “ordenación” de mujeres y varones, por igual, para los ministerios de Jesús, que pueden ser diaconía, presbiterado y episcopado (que no son de sacerdocio, sino de servicio evangélico). Los que quieren un “sacerdocio” especial, fuera del sacerdocio común de los fieles no han entendido de verdad el Evangelio.

A lo largo del segundo milenio, desde la Reforma Gregoriana, la Iglesia se ha encontrado dominada por un tipo de estructura “colonial” de poder sagrado, impuesto (administrado) por papas, obispos y presbíteros. Los hombres parecían sometidos a Dios, los cristianos eran súbditos de una Iglesia poderosa que les liberaba del pecado y les ofrecía indulgencias y tesoros de gracia. Pues bien, los nuevos cristianos descubren, con el evangelio, que ellos no son súbditos de Dios, ni “dependientes” de una Iglesia, que se ocupa de ellos para salvarles desde arriba, sino que han sido y son liberados por el mismo Dios de Cristo para la libertad (cf. Gal 5, 1‒15). Este descubrimiento de la libertad para el amor abre un camino que aún no ha culminado.

En esta línea debemos superar toda apariencia de colonización, de superioridad del clero sobre los “simples” fieles, de los hombres sobre las mujeres etc. Eso implica un ordenamiento distinto de Iglesia, sin poder jerárquico, ni imposición patriarcal, en igualdad real de varones y mujeres, como testimonio e impulso universal de comunión de fe (confianza mutua) y de vida (afecto, economía), tal como lo propuso el evangelio de Mateo (cf. Mt 18, 15‒20 y 23, 8‒13).

No se trata pues sólo de superar un tipo de jerarquía clerical o de que las mujeres accedan a los ministerios de la comunidad, sino de crear comunidades liberadas en fe y gratuidad, desde los excluidos del sistema de poder, compartiendo la vida como experiencia de amistad (cf. Jn 15, 15), en un camino de resurrección (vivimos en Dios viviendo en los otros, por Cristo). Se trata de ser‒crear comunidades para el amor gratuito, cercano, intenso, generoso, en la línea de Cristo, en comunión de amor con todas las comunidades del mundo, en red misionera de anuncia y principio del Reino.

Pues bien, en este campo es necesario que las comunidades recuperen no sólo la libertad original del evangelio, sino su forma de organizarse y ordenar los ministerios, de manera que los ministros, varones o mujeres, presbíteros u obispos, no estén por encima del resto de los creyentes, sino que ejerzan una función importante al servicio de todos. Se trata de crear comunidades vivas y autónomas, unidas en red de amor con las restantes comunidades cristianas, en unidad y colaboración con las demás iglesias, con ministros que broten de las mismas comunidades, varones o mujeres, célibes o vinculadas a otras formas de comunión personal y afectiva.

 

 

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