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¡Los sacerdotes no somos los jefes de los laicos, afirma el Papa Francisco!

 

"Todos los cristianos somos responsables de la misión de la Iglesia. Todos los sacerdotes. Todos". El Papa Francisco ha querido lanzar una declaración de intenciones, a través del 'Vídeo del Papa' de octubre, en la previa de la apertura de la segunda asamblea del Sínodo de la Sinodalidad. Y lo ha hecho con un claro llamamiento a la corresponsabilidad de todos en la construcción de la Iglesia: "Los sacerdotes no somos los jefes de los laicos, sino sus pastores", subraya.

Decía el Cardenal de Cusa que la periferia de Dios es su mismo corazón («un círculo cuya circunferencia es el centro…).

En esa línea, el Papa Francisco sigue diciendo que la verdadera jerarquía de la Iglesia son los cojos-mancos-ciegos, los marginados de la historia, hambrientos y extranjeros, enfermos y encarcelados.

Dios no está en el centro, sino en el margen de la gran ciudad vencedora, con los vencidos, expulsados, marginados… Con ellos estuvo Jesús, con ellos (sólo con ellos puede comenzar nuestra historia de evangelio).

Esos «sacerdotes» cristianos vinieron a ser como un «clase» superior, en la línea de los «ordo» romano, con rasgos de pensamiento helenista: los superiores (obispos, presbíteros) se toman como signo especial de Dios, a diferencia de Jesús, que daba preferencia a los últimos. Esta jerarquización, con elementos de filosofía griega y política romana, marca la gran inversión del cristianismo, que culminó con el constantinismo (siglo IV d.C.) y con la reforma gregoriana (siglo XI).

¡Cristo no ordenó mujeres, pero tampoco hombres! ¡Cristo no ordenó a nadie!

El orden no es bíblico ni evangélico, es una institución política del Imperio. Había tres órdenes: el de los caballeros, el de los senadores y la plebe. Y eso lo tomó el clero en el siglo III. Decir que Jesús ordenó sacerdotes a los apóstoles es un despropósito teológico e histórico. Por tanto, ¿por qué no van a poder las mujeres ser sacerdotes? El Concilio dice que el pueblo cristiano tiene derecho a que la Jerarquía lo atienda con la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos. Hoy más de la mitad de las parroquias del mundo no tienen párroco, porque no hay sacerdotes suficientes. Antes que el derecho de la Iglesia a imponer sacerdotes célibes o sólo hombres, está el derecho de los fieles a ser atendidos. Porque lo primero es la Comunidad.

En la teología católica ha sido clásica la tesis según la cual el poder en la Iglesia es “jerárquico”, no “democrático”. Esto quiere decir, entre otras cosas, que el poder en la Iglesia viene de arriba (de Dios), nunca de abajo (del pueblo). Porque se trata de un poder divino, que sólo Dios puede conceder, ya que es un poder sacramental, que recibe el sujeto por la imposición de manos de un obispo. Esto es lo que se da a entender, aunque no se diga así formalmente, en el cap. III de la Constitución sobre la Iglesia, del Vaticano II (LG 21,3; 24,1). Y la consecuencia, que se suele deducir de esta doctrina teológica, es que la Iglesia ni es democrática, ni puede serlo. Porque, corno es bien sabido, la democracia es el sistema de gobierno en el que el poder proviene del pueblo, que delega el ejercicio de ese poder en sus legítimos representantes. Cosa que no es posible en la Iglesia. Porque, según la teología más estricta y conservadora, todo lo que es autoridad o poder en la Iglesia ha quedado concentrado en la jerarquía eclesiástica. Y no sólo eso, sino que además la teología del poder jerárquico se ha estructurado de forma que, a juicio de quienes aceptan esa teología de forma incondicional y acrítica, las cosas no pueden ser ni gestionarse de otra manera. Es decir, para quienes piensan así, democratizar la Iglesia sería lo mismo que traicionar su “divina constitución”.

Sin embargo, a poco que se piense en este asunto, enseguida se advierte que este razonamiento no prueba nada. Porque, si la Iglesia funcionó democráticamente durante siglos (y era la verdadera Iglesia de Jesucristo), es que ese modo de ejercer el poder es perfectamente compatible con el ser mismo de la Iglesia. Y la razón es clara: una cosa es el origen del poder; y otra cosa es el ejercicio del poder. Cuando hablamos de democracia, lo decisivo no es la teoría que cada cual tenga sobre el origen del poder, sino la praxis que concreta cómo se ejerce el poder. Lo que le importa a la gente no es de dónde viene el poder, sino que quien organiza la gestión del poder lo haga de la forma más razonable y de acuerdo con lo que el pueblo necesita realmente.

Por otra parte, una cosa era la “designación de los ministros” (cheirotonía) y otra cosa era la “imposición de manos” (cheirothesía), lo que, a partir del siglo III, se denominó la ordinatio. Pero aquí es importante recordar que la llamada “ordenación” (ordo u ordinatio), no proviene de la tradición religiosa de Israel, ni de la tradición cristiana del Nuevo Testamento, sino que era una institución jurídica del Imperio que fue asumida por los clérigos para distinguirse y situarse en un rango superior sobre la plebe o pueblo sencillo. Así, el ordo equitum y el ordo senatorum (“caballeros” y “senadores”, los notables de la sociedad) se distinguían del ordo plebeius (la “plebe” o pueblo llano).

En realidad, el ordo y la ordinatio eran, en la cultura y las leyes del Imperio, los términos clásicos para designar el nombramiento de los funcionarios imperiales, sobre todo cuando se trataba del emperador.

Es verdad que en el Nuevo Testamento se menciona el gesto de “imponer las manos” (epíthesis tôn cheirôn). Pero tal gesto se refiere principalmente a las curaciones de enfermos (Mt 9,18; Mc 5,23; 6,5; 7,32; 8,23; Lc 13,13; Hch 28,8). Cuando en las cartas pastorales se menciona la imposición de manos a Timoteo (1Tim 4,14; 2Tim 1,6), el análisis más documentado de estos textos hace suponer que la comunidad de las cartas pastorales expresa así la concesión de la gracia del ministerio pastoral, cosa que se aleja de la idea inicial de San Pablo sobre la libre actuación del Espíritu.

Por lo tanto, y a la vista todo lo expuesto, es claro que los dirigentes de la Iglesia (obispos, presbíteros, diáconos), al auto-comprenderse y auto-denominarse como los “ordenados”, los poseedores del “ordo”, que les constituía como los “ordinati”, lo que en realidad hicieron fue constituirse como una clase superior sobre la plebe. Afirmando, además, que ellos (y sólo ellos) poseían un poder de origen divino. En cualquier caso, está fuera de duda que la distinción entre el “orden” y el “pueblo”, aplicado a la organización de la Iglesia, fue una innovación introducida por la autoridad eclesiástica. Tertuliano, en el siglo III, lo afirma con toda claridad: “la diferencia entre el orden y la plebe fue constituida por la autoridad eclesiástica” (differentiam inter ordinem et plebem contituit ecclesiae auctoritas) La existencia, por tanto, del clero, como clase superior y grupo de poder en la Iglesia, no proviene de Jesús. Fue una novedad introducida por los propios dirigentes eclesiásticos, para diferenciarse del pueblo y situarse sobre él.

Esta usurpación del poder es la que pretendieron los hijos de Zebedeo, cuando quisieron para ellos los primeros puestos. Es la misma usurpación del poder que buscaron los apóstoles cuando discutían quién era el primero o el más importante en el Reino de Dios. Y la misma usurpación del poder que inconscientemente anhelaba Pedro cuando no toleraba que Jesús terminara su vida lavando los pies como un esclavo o —lo que es más grave— colgado de una cruz como un delincuente. Pero sabemos que, en estos casos, y sólo en estos casos, fue cuando Jesús se mostró más intransigente con las apetencias de poder de los primeros apóstoles, incluido Pedro. Sin duda alguna, Jesús vio en esta posible usurpación del poder la mayor perversión para la comunidad de sus seguidores. Esto es lo que vio Jesús. Pero desgraciadamente esto es lo que ha ocurrido en la Iglesia. Y así estamos hasta este momento.

El problema fundamental de la democracia en la Iglesia está en que al pueblo creyente se le ha educado, durante siglos, a obedecer y someterse; y no se le ha enseñado a ser libre y exigir sus derechos. Y sabemos que un pueblo así educado, es un pueblo “moralmente empobrecido”, ya que en él las personas no pueden sostener las demandas qué un sistema de derechos hace posible.

Fuentes:

 Congar, L'Ecclésiologie du Haut Moyen-Age, Paris, Cerf, 1968, 115-116.

Torres Queiruga, “Democracia”, en J. A. Estrada, 10 palabras clave sobre la Iglesia, Estella, Verbo Divino, 2007, 84-87.

J. M. Castillo, La Iglesia y los derechos humanos, Bilbao, Desclée, 2007, 96-97.

M. Y. Macdonald, Las comunidades paulinas, Salamanca, Sígueme, 1994, 78.

W. Meeks, Los primeros cristianos urbanos. El mundo social del apóstol Pablo, Salamanca, Sígueme, 1988, 229-230.

M. J. Borg, J. D. Crossan, El primer Pablo. La recuperación de un visionario radical, Estella, Verbo Divino, 2009, 101.

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