La Iglesia pueblo de Dios
El cristianismo en sí mismo no es evidencia de la presencia
de Cristo; en todo caso puede ser evidente en la vida de quien se confiesa
seguidor de Jesús con todas las consecuencias que ello involucra. Para Dios
no es suficiente gustar de la filosofía que se desprende de la doctrina de
Cristo. Gustar de Él y sus enseñanzas sin la comprensión de su obra completa en
la Cruz del Calvario, es perdición del alma (Mt 7.21). El Sermón del Monte,
pasaje predilecto de Mahatma Gandhi, es puerta que evidencia la realidad de la
verdadera IDENTIDAD como Pueblo de Dios (Mt 5.13-14), identidad que según
Gandhi los cristianos han perdido u olvidado en algún recodo del camino,
viviendo una identidad paralela ajena a la otorgada por Dios.
La identidad que caracteriza al pueblo de Dios nace en Cristo mismo y es dada al cristiano por Su Gracia.
Al hablar sobre el fundamento de la identidad en Cristo, de la cual gozan aquellos que han aceptado por fe el sacrificio de la cruz, pensamos –y no es un error– en aquellas características que diferencian al creyente de uno que vive sin considerar la obra de Cristo en su vida. El cristiano puede declarar sin temor que por su relación con Dios: Es su hijo por la fe en Jesucristo (1Jn 3.1-2). Es un ciudadano del reino de Dios (Ef 2.19). Es nacido de Dios (1Jn 4.7). Ha sido adoptado por Dios (Ro 8.15). Tiene acceso directo a Dios (Ef 2.18). Puede declarar sin temor que tiene una herencia: Es ciudadano del cielo (Fil 3.20). Es coheredero con Cristo (Ro 8.17; Gal 4.7). Está escondido con Cristo en Dios (Col 3.3). Puede declarar por la transformación que Cristo ha operado en él que: Es miembro de un real sacerdocio (1P 2.9). Ha sido redimido y perdonado (Ef 1.6-8). Ha muerto con Cristo al poder del pecado (Ro 6.1-6). Puede declarar sin temor que ha sido llamado a: Ser libre de condenación (Ro 8.1). Tener la mente de Cristo (1Cor2.16).
La Iglesia, si bien no cuenta con un templo físico hecho de
manos de hombres, es si mismo, en cada seguidor de Jesús, un Templo donde mora
su Santo Espíritu. Es el reflejo de su interior el que ejerce en los demás ese
polo de atracción donde pueden recurrir a buscar su propia sanidad y salvación.
Pero a la vez, Israel, como la Iglesia de Cristo es una fuerza centrífuga que
expande el grato olor de la presencia de su Creador y Salvador a otros. Israel
y la Iglesia debían ser vasos comunicantes de la Gracia divina a los pueblos y
naciones que le rodeaban. La fuerza de su interior estaba en la pasión por
trasmitir a otros, lo que por gracia divina habían recibido. Pero quizás -y es
probable que así sea– los cristianos han sufrido un shock de pérdida de
memoria, una especie de amnesia de la verdadera identidad que Dios que les ha
dado en Cristo.
Cada cristiano es llamado a participar y a ejercer el
sacerdocio universal de los creyentes. La misión tiene lugar por doquier.
Impulsados por la fe, los cristianos cruzan la frontera entre los que creen y
los que no creen, y del otro lado de esa frontera dan testimonio de su fe. Dado
que Dios es un Dios misionero el pueblo de Dios es un pueblo misionero. El
Espíritu ha sido derramado sobre todo el pueblo de Dios, no sólo sobre unas
personas seleccionadas. La comunidad de fe es la portadora primaria de la
misión. Jürgen Moltmann en su tesis sobre la teología del futuro dice: «Se
dirigirá no únicamente hacia el servicio divino en la Iglesia, sino también
hacia el servicio divino en la vida cotidiana del mundo». Este servicio se
ofrece en la forma de la vida común y corriente de la comunidad cristiana «en
tiendas, aldeas, granjas, ciudades, aulas, hogares, oficinas legales,
consultorios, en la política, el gobierno y la recreación» La iglesia esta
juntamente con los demás seres humanos, sujetos a las condiciones sociales,
económicas y políticas de este mundo. En esta perspectiva, Karl Barth (citado
por David Bosch) comenta: la Iglesia es «el pueblo de Dios en medio de los
acontecimientos mundiales» y la «comunidad para el mundo» Hoy, como iglesia,
nos enfrentamos a desafíos profundos como el que todavía hay miles de millones
de personas que no conocen al Señor. La iglesia debe asumir plenamente y sin
tardanza su responsabilidad en la evangelización.
Así, pues, Dios confió el don del sacerdocio a todo el
pueblo de Dios; por la cual podemos decir que «Por medio de él, y en honor a su
nombre, recibimos el don apostólico para persuadir a todas las naciones que
obedezcan a la fe» (Ro. 1:5). En este marco la iglesia es para todos y con
todos. Cada creyente sea ministro, laico, misionero es proyectado al trabajo de
solidaridad con todo el Cuerpo de Cristo y el Mundo. La clave es reconocer que
la tarea le pertenece a la iglesia toda y actuar en consecuencia. La vida en
misión es un privilegio.
¿Cómo se convierte en miembro de este pueblo? No es a través
del nacimiento físico, sino por medio de un nuevo nacimiento. En el Evangelio,
Jesús dice a Nicodemo que hay que nacer de lo alto, del agua y del Espíritu
para entrar en el Reino de Dios (cf. Juan 3:3-5). Es " a través del
Bautismo que nosotros somos introducidos en este pueblo, a través de la fe en
Cristo, don de Dios que debe ser alimentado y hecho crecer en toda nuestra
vida.
Si damos una rápida lectura a la Constitución sobre la Iglesia inmediatamente descubrimos que los Padres Conciliares nos hablan de la Iglesia como el gran Pueblo de Dios (LG Cap. II). No ha sido casualidad el que, al emplear estos términos, los Padres Conciliares hayan querido hacer notar en que lo más importante al hablar de la Iglesia, es la Comunidad de los fieles. El pueblo de Dios se congrega junto a su Cabeza, el “KYRIOS”, Señor, no sólo de los cristianos, sino de la comunidad de los hombres, que no tienen en este mundo una ciudad permanente, sino que buscan la ciudad futura (LG 9). Pueblo de Dios que vive y practica la comunión de vida, de caridad y de verdad (LG 9) porque no hay para los integrantes de este Pueblo sino “un solo Señor, una fe, un bautismo” (Ef. 4,5). Al respecto, la Constitución, fundamenta la estructuración del Pueblo de Dios en el bautismo y nos dice: “Los Bautizados, en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios espirituales y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su admirable luz” (1 Pedro 2,4 – 10 citado en LG 10). Las comunidades primitivas van, lentamente, comprendiéndose como la prolongación de aquel pueblo ya constituido por Dios en la Historia. Estas comunidades se sienten pueblo y asamblea convocada por Dios. Como pueblo asumen la responsabilidad de prolongar al pueblo de Israel, quien había rechazado a Cristo, y como asamblea se sienten llamados a celebrar el culto al Dios liberador, y a anunciar la Buena Nueva de Cristo, su único Señor. Pero la Iglesia piramidal del modelo ratzingeriano necesita clérigos moldeados como funcionarios de lo sagrado: separados del pueblo, elevados por encima, creyéndose los elegidos y los encargados en exclusiva en ofrecer al pueblo (“clase de tropa”) los sacramentos.
¿Qué implica ejercer el sacerdocio universal de los
creyentes? ¿Es la misión sólo para algunos o para todos? ¿Qué significa ser
iglesia misionera en el mundo de hoy?, ¿Puede acaso una iglesia no ser
misionera? ¿De quién es la misión? ¿Cuál es el modelo de la misión? ¿A quiénes
va dirigida? ¿Cómo deben ser nuestras estructuras? ¿Qué significa que debemos
tener un balance adecuado entre el pueblo de la iglesia y la iglesia del
pueblo? ¿Qué significa ser misionero hoy?
¿Descubriremos realmente la necesidad de una Iglesia
Pueblo de Dios, una Iglesia donde el Bautismo nos iguala? ¿Cuándo dejaremos
para atrás una Iglesia en la que algunos ministros “maltratan al pueblo de
Dios, desfiguran el rostro de la Iglesia con actitudes machistas y
dictatoriales”? ¿Cuándo pediremos perdón por tantos desprecios, maltratos,
marginaciones por parte del clericalismo institucionalizado?

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