Hoy domingo 27 de octubre se celebra el Día de las Personas sin hogar
“Cáritas nos invita a superar la indiferencia con la que tantas veces nos protegemos y excusamos, y conocer y acompañar, sin juzgar y sin prejuicios, a estas personas sin hogar" afirma el arzobispo de Compostela, Francisco José Prieto Fernández, “A veces luchan por superar los obstáculos que van encontrando, pero otras veces se sienten sin fuerzas, perdidos, desorientados. Vivir a la intemperie no es fácil, pero cuando encuentran a otros que los miran y los escuchan como lo que son, personas, todo cambia”, añade
El papa Francisco plantea respecto al derecho de propiedad
(Cf. Fratelli tutti, 120): lo originario y prioritario es que
todas las personas dispongan de los bienes necesarios para vivir con dignidad –el
destino universal de los bienes–, el derecho a la propiedad privada es solo
secundario. La concepción excluyente que tenemos de la propiedad privada niega
de hecho el destino universal de los bienes, porque lo secundario deja sin
efecto práctico lo que es prioritario. Hace falta la valentía y la decisión de
volver a lo que es originario y prioritario.
Así es, pero tampoco debemos olvidar el tema de las
viviendas rectorales vacías (casas propiedad de la iglesia destinadas
tradicionalmente para sacerdotes o personal eclesiástico) y su posible uso para
personas sin hogar es un tema interesante y ha sido objeto de debate en varios
lugares. Muchas de estas viviendas están en desuso debido a la disminución del
número de clérigos y cambios en las necesidades de la iglesia. Esta situación
abre la posibilidad de que estas propiedades sean aprovechadas para albergar a
personas en situación de calle, pero existen beneficios y desafíos asociados a
esta propuesta.
En lugar de dejar estas propiedades desocupadas o
venderlas para obtener ingresos, destinarlas a este tipo de programas cumple
con el mandato cristiano de ayudar a los más necesitados y es coherente con los
valores de la iglesia.
Algunas iglesias han iniciado programas en los que estas
viviendas se destinan temporalmente para familias sin hogar o personas en
transición a una vivienda permanente. Esto puede ser un puente eficaz mientras
se busca una solución de largo plazo para las personas en situación de calle.
Así, pues, dice la Constitución Española que disponer
de una vivienda digna es un derecho de toda persona y que los poderes públicos
deben poner las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho e
impedir la especulación (art. 47).
Es evidente que se incumple la Constitución. Para muchas
personas y familias ese derecho no existe o ejercerlo supone un enorme
sacrificio que condiciona su vida por el alto precio de la compra o el alquiler,
se siguen desahuciando a familias empobrecidas, destrozando aún más sus vidas,
etc. De hecho, junto al desempleo o el empleo muy precario, el difícil acceso a
la vivienda es uno de los factores que más influyen en el empobrecimiento y la
desigualdad. Y esto ocurre desde hace décadas. Los poderes públicos faltan a su
responsabilidad. Entidades financieras, fondos de inversión –que acumulan
obscenamente decenas de miles de viviendas– y otros actores económicos, se
lucran con el negocio de la vivienda, atacando el interés general y la
Constitución.
Son muchas las causas inmediatas del atropello del
derecho a la vivienda digna y asequible. Pero hay una causa fundamental: haber
permitido, y no pocas veces alentado y promovido, que la vivienda sea un
negocio. Sabemos que negocio y derechos son incompatibles. En el bien que
es la vivienda manda el negocio que niega el derecho. Dicen que es «el mercado»
–un eufemismo para ocultar intereses ilegítimos que atropellan los derechos de
las personas–. El mercado, tal como está regulado, nunca cubrirá las
necesidades de las personas, porque se rige por el negocio. Lo que ocurre con
la vivienda muestra esto con claridad para quien quiera verlo.
«La esperanza de los pobres nunca se frustrará» (Sal 9,
19). Las palabras del salmo se presentan con una actualidad increíble. Ellas
expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón
de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el
sufrimiento y la precariedad de la vida.
El salmista describe la condición del pobre y la arrogancia
del que lo oprime (cf. vv. 22-31); invoca el juicio de Dios para que se
restablezca la justicia y se supere la iniquidad (cf. vv. 35-36). Es como si en
sus palabras volviese de nuevo la pregunta que se ha repetido a lo largo de los
siglos hasta nuestros días: ¿cómo puede Dios tolerar esta disparidad? ¿Cómo
puede permitir que el pobre sea humillado, sin intervenir para ayudarlo? ¿Por
qué permite que quien oprime tenga una vida feliz mientras su comportamiento
debería ser condenado precisamente ante el sufrimiento del pobre?
Este salmo se compuso en un momento de gran desarrollo
económico que, como suele suceder, también produjo fuertes desequilibrios
sociales. La inequidad generó un numeroso grupo de indigentes, cuya condición
parecía aún más dramática cuando se comparaba con la riqueza alcanzada por unos
pocos privilegiados. El autor sagrado, observando esta situación, dibuja un
cuadro lleno de realismo y verdad.
Todos los días nos encontramos con familias que
se ven obligadas a abandonar su tierra para buscar formas de subsistencia en
otros lugares; huérfanos que han perdido a sus padres o que
han sido separados violentamente de ellos a causa de una brutal
explotación; jóvenes en busca de una realización profesional a
los que se les impide el acceso al trabajo a causa de políticas económicas
miopes; víctimas de tantas formas de violencia, desde la
prostitución hasta las drogas, y humilladas en lo más profundo de su ser.
¿Cómo olvidar, además, a los millones de inmigrantes víctimas
de tantos intereses ocultos, tan a menudo instrumentalizados con fines
políticos, a los que se les niega la solidaridad y la igualdad? ¿Y qué decir de
las numerosas personas marginadas y sin hogar que
deambulan por las calles de nuestras ciudades?
A los ojos del mundo, no parece razonable pensar que la
pobreza y la indigencia puedan tener una fuerza salvífica; sin embargo, es lo
que enseña el Apóstol cuando dice: «No hay en ella muchos sabios en lo humano,
ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha
escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido
Dios para humillar lo poderoso. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo,
lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que
nadie pueda gloriarse en presencia del Señor» (1 Co 1, 26-29). Con
los ojos humanos no se logra ver esta fuerza salvífica; con los ojos de la fe,
en cambio, se la puede ver en acción y experimentarla en primera persona. En el
corazón del Pueblo de Dios que camina late esta fuerza salvífica, que no
excluye a nadie y a todos congrega en una verdadera peregrinación de conversión
para reconocer y amar a los pobres.
Que nos acompañen las palabras del profeta que anuncia un
futuro distinto: «A vosotros, los que teméis mi nombre, os iluminará un sol de
justicia y hallaréis salud a su sombra» (Mal 3, 20).
¡A veces se requiere poco para devolver la esperanza:
basta con detenerse, sonreír, escuchar!

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