En el Rio Tíber preocupa más el esplendor de la religión que la fidelidad a Jesús
Escuché hace años en un congreso de teología: “la iglesia no necesita mujeres ni hombres de poder, sino de servicio al evangelio” Esa afirmación refleja una visión profundamente cristiana sobre el papel de los miembros de la Iglesia. La idea central es que la Iglesia no debería centrarse en el poder o en la influencia mundana, sino en el servicio humilde y en el compromiso con el Evangelio. Esto se alinea con las enseñanzas de Jesús, quien no buscó el poder terrenal, sino que predicó el amor, la compasión y el servicio a los demás, especialmente a los más necesitados.
Jesús mismo dijo en el Evangelio de Mateo: "El Hijo del
Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por
muchos" (Mateo 20:28). Esta enseñanza subraya que los verdaderos
seguidores de Cristo están llamados a servir y a ser testimonio vivo del
mensaje del Evangelio a través de su vida, no a buscar posiciones de poder o
influencia por ambición personal.
En este contexto, tanto hombres como mujeres dentro de la
Iglesia deben ser discípulos comprometidos con el servicio al prójimo, más que
con la búsqueda de poder. Esta llamada al servicio es la que refleja
auténticamente el espíritu del Evangelio y el mensaje de amor, justicia y
misericordia que Cristo vino a traer al mundo.
La historia de la madre de los hijos de Zebedeo, que aparece
en el Evangelio de Mateo 20:20-28, se refiere a un episodio en el que esta
mujer se acerca a Jesús con un pedido para sus hijos, Santiago y Juan. Ella le
pide a Jesús que permita que sus hijos se sienten a su derecha e izquierda en
su reino, lo que en ese contexto sería ocupar los lugares de mayor honor y
poder.
El deseo de la madre de las “Zebedeas” refleja una ambición
natural por querer lo mejor para sus hijas, un deseo de que ellas sean exaltadas
y ocupen puestos de honor y poder en el reino de Jesús. Muchos de los
seguidores de Jesús también creían que Él iba a establecer un reino terrenal y
esperaban que, al ser parte de su círculo cercano, recibirían puestos de poder
y autoridad.
La petición de esta señora también revela un malentendido
común entre sus discípulas y sus familias sobre la naturaleza del reino de
Jesús. Ellas y ellos creen que el "Reino" de Jesús es político o
terrenal, con riquezas y poder al estilo de los reinos humanos. Sin embargo, el
reino que Jesús predicaba era un reino espiritual, fundamentado en el servicio,
la humildad y el sacrificio, no en la riqueza o el poder tal como los humanos
lo entendían. Me comentan que una de
sus discípulas de esta “madre Zebedea “afirmaba
hace tiempo que tenía teofanías en los aviones… No sé si por la altura se
encontraba más cerca de Dios o si las teofanías eran por la falta de oxígeno cuando el avión
tomaba altura…si esta afirmación es cierta, yo a esta señora le recuerdo las
palabras de santa Teresa: “El Señor camina entre las ollas y sartenes.”
¡Ellas no tienen un barco como el de los zebedeos, pero
tienen dinero para vestiduras llamativas y para alquilar un barco en el Tíber!
La respuesta de Jesús deja claro el contraste entre los
valores del mundo (donde se busca poder y riqueza) y los valores del reino de
Dios. Jesús dice que el verdadero liderazgo y grandeza en su reino no se mide
por el poder o el estatus, sino por el servicio y la humildad. Les dice que
aquellos que quieran ser "grandes" deben ser los "servidores"
de todos, y que Él mismo vino no para ser servido, sino para servir.
Jesús también menciona "beber el cáliz" que Él iba
a beber, refiriéndose al sufrimiento y a la muerte en la cruz. Esto es una
referencia al verdadero camino que deben seguir sus discípulos: no uno de poder
y riqueza, sino de sacrificio y servicio, incluso hasta el punto de sufrir por
el Evangelio.
En el mundo contemporáneo, donde las estructuras jerárquicas
y los roles tradicionales están siendo cuestionados y redefinidos, el
sacerdocio, tal como se ha concebido durante siglos, puede parecer anticuado o
irrelevante para algunas personas. Los valores modernos de igualdad, inclusión
y transparencia a veces entran en conflicto con una institución percibida como
rígida y conservadora. Es bien cierto que las mujeres deberían tener más
participación en el liderazgo dentro de la Iglesia, pero no por una búsqueda de
poder en términos mundanos, sino porque las mujeres también son llamadas a
servir, a liderar espiritualmente y a compartir sus dones. La cuestión no es
tanto el "poder" como el derecho y la capacidad de las mujeres
para participar plenamente en la vida de la Iglesia, tal como lo hicieron
las primeras discípulas de Jesús.
El verdadero modelo es Jesús. No gobierna, no impone, no
domina ni controla. No ambiciona ningún poder. No se arroga títulos
honoríficos. No busca su propio interés. Lo suyo es «servir» y «dar la vida».
Por eso es el primero y más grande.
Necesitamos en la Iglesia cristianos dispuestos a gastar
su vida por el proyecto de Jesús, no por otros intereses. Creyentes sin
ambiciones personales, que trabajen de manera callada por un mundo más humano y
una Iglesia más evangélica. Seguidores de Jesús que «se impongan» por la
calidad de su vida de servicio.
El clericalismo -fomentado tanto por los ministros ordenados
como por los laicos- genera una escisión en el cuerpo eclesial que fomenta y
ayuda a perpetuar no pocos de nuestros males. Es necesario devolver al
Pueblo de Dios la personalidad, también en su capacidad de decisión, y no solo
de consulta, que el clericalismo ha borrado. Hay que redescubrir y
potenciar el sacerdocio bautismal, y para ello hay que erradicar el
clericalismo, que ha menospreciado e infravalorado la gracia bautismal que el
Espíritu Santo ha puesto en el corazón de nuestro pueblo.
Vino nuevo en odres viejos, ese es el riesgo que corremos.
Porque -nos recuerda el Papa Francisco- «caminar juntos -laicos, pastores,
obispo de Roma- es un concepto fácil de expresar con palabras, pero no tan
fácil de poner en práctica»
Jesús no quiso templo. No quiso sacerdotes.
No quiso rituales. No quiso ceremonias sagradas.
No quiso obediencia y sometimiento de nadie a él. No mencionó
para nada la división y la diferencia entre lo sagrado y lo profano.
No habló nunca de orden (“ordo”) ni de ordenación.
Intencionadamente curó a los enfermos cuando la religión prohibía curarlos.
Rechazó con firmeza la observancia de rituales religiosos (Mc 7). Andaba
frecuentemente con “malas compañías” (los pecadores, los samaritanos, los
recaudadores de impuestos…)
Jesús puso sus preferencias en los débiles, niños, mujeres,
extranjeros…. La fe en Jesús fue un hecho solamente para el excomulgado por la
religión: el ciego de nacimiento (Jn 9).
Los cristianos tenemos una “religión” que cada día
interesa menos. Porque cada día cobra más fuerza el rechazo al “poder vertical”
(Peter Sloterdijk, Has de cambiar de vida, p. 151-153) y al “poder
opresor” (Byung-Chul Han, Psicopolítica, p. 27-30). Lo que motiva a
la mayoría de la gente es el “poder participativo” y el “poder seductor”. Si
algo destacan los evangelios, es el poder seductor que mostró Jesús. No para
hacerse él importante y famoso. Jesús fue así y se comportó así, para remediar
el sufrimiento humano. Y mediante ese remediar el sufrimiento, así revelar
lo que nosotros podemos saber de Dios; y cómo podemos relacionarnos con Dios: “Lo
que hicisteis con uno de uno de estos hermanos míos tan insignificantes lo
hicisteis conmigo” (Mt 25, 40). Jesús no prescinde de la religión,
sino que desplaza la religión: la arranca de “lo sagrado” y la pone en el
centro de “lo profano”, “lo laico”, “lo más plenamente humano”.
Lutero dijo: “El hombre es incapaz por naturaleza de
querer que Dios sea Dios. Quiere ser Dios él mismo, no desea que Dios sea Dios” (Luther’s
Works 31, 10; Martin Luthers Werke 1, 17, 225). Lo
que hace el Evangelio es “dejar a Dios ser Dios, en cada ser humano”.




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