El obispo indonesio renuncia a ser cardenal: «Es el gesto de un hombre sencillo»
El obispo indonesio de Bogor, el franciscano monseñor
Paskalis Bruno Syukur, pidió al Papa no ser creado cardenal durante el próximo
Consistorio del 7 de diciembre, y Francisco accedió a su petición. Lo que está
motivado por su deseo de crecer aún más en su vida sacerdotal, en su servicio a
la Iglesia y al pueblo de Dios. Los cardenales designados que recibirán el
birrete de manos del Papa serán, por tanto, 20 y no 21.
Según el comunicado de la Santa Sede, la decisión de este
obispo indonesio «está motivada por su deseo de crecer aún más en su vida
sacerdotal, en su servicio a la Iglesia y al pueblo de Dios”, informó en una
declaración Matteo Bruni, director de la Oficina de Prensa de Santa Sede.
Monseñor Paskalys Syukur, de 62 años, hizo su profesión
solemne con los franciscanos menores el 22 de enero de 1989. Fue ordenado
sacerdote el 2 de febrero de 1991.
Aunque la historia del cristianismo institucional ha
desarrollado jerarquías (obispos, papas, sacerdotes, etc.), muchos consideran
que la esencia del mensaje de Jesús apuntaba a una comunidad basada en la
fraternidad, el servicio y la igualdad, más que en las estructuras jerárquicas
tradicionales.
La idea de que Jesús no quiso jerarquías ni jerarcas está
basada en varios aspectos de su mensaje y su comportamiento durante su vida. En
los Evangelios, Jesús predicó una forma de vida marcada por la humildad, el
servicio y la igualdad entre las personas, en contraposición a las estructuras
jerárquicas rígidas de poder religioso y social de su tiempo.
Jesús enseñó a sus discípulos que ser grande en el Reino
de Dios no se trataba de ejercer poder sobre los demás, sino de servir a los
demás. En Mateo 20:25-28, Jesús dice: "Sabéis que los gobernantes de las
naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen autoridad sobre
ellas. Pero entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande
entre vosotros será vuestro servidor."
Jesús criticó a los fariseos y maestros de la ley por su
afán de ocupar los lugares de honor y de buscar títulos prestigiosos. En Mateo
23:8-12, Jesús dice a sus seguidores: "Pero vosotros no os hagáis llamar
‘Rabí’, porque uno es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos."
Igualdad y fraternidad entre los discípulos: En lugar
de establecer una jerarquía estricta, Jesús enfatizó la igualdad entre sus
seguidores. Por ejemplo, en Juan 13:14-15, Jesús lava los pies de sus
discípulos, un acto que simboliza el servicio y la igualdad: "Pues si
yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis
lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como
yo os he hecho, vosotros también hagáis."
Crítica a las estructuras religiosas de su tiempo:
Jesús confrontó a los líderes religiosos (fariseos, saduceos, sumos sacerdotes)
por su hipocresía, legalismo y su abuso de autoridad religiosa, lo que sugiere
que no apoyaba las jerarquías que llevaban al abuso de poder. Esto se ve en
varios pasajes, como en Mateo 23:13, donde denuncia su comportamiento.
Algunos sacerdotes, como también puede ocurrir con
líderes de diversas instituciones, a veces pueden caer en la tentación de
buscar el poder, el prestigio o la influencia, de manera similar a como lo
hacen algunos políticos. Este fenómeno puede ser motivo de crítica, sobre
todo cuando se percibe que un líder religioso está más enfocado en su posición
o en su estatus personal que en el servicio a la comunidad o en la humildad,
que son valores fundamentales del mensaje cristiano.
Jesús mismo advirtió sobre los peligros de la búsqueda de
poder y reconocimiento en los líderes religiosos de su tiempo. En varios
pasajes de los Evangelios, criticó duramente a los fariseos y otros líderes por
su hipocresía y su deseo de ser vistos y honrados por los demás. En Mateo
23:5-7, dice: "Todas sus obras las hacen para ser vistos por los
hombres; ensanchan sus filacterias y alargan los flecos de sus mantos, y aman
los primeros asientos en las cenas y las primeras sillas en las sinagogas, y
las salutaciones en las plazas, y que los hombres los llamen: ‘Rabí,
Rabí’."
Cuando un sacerdote o líder religioso se aparta de este
ideal de humildad y servicio para buscar poder o prestigio, puede perder de
vista su misión principal, que es servir a la comunidad y ayudar a las personas
a acercarse a Dios.
La Iglesia católica misma ha reconocido estos peligros.
El papa Francisco, por ejemplo, ha sido muy claro en su crítica a lo que llama
el "carrerismo" dentro del clero. En varias ocasiones, ha denunciado
la ambición personal en la Iglesia y ha hecho un llamado a los sacerdotes y obispos
a ser pastores cercanos a su pueblo, no "príncipes" o líderes
alejados que buscan el poder. En una de sus homilías, mencionó: “¡Cuántos
pastores se convierten en lobos por el deseo de poder, de riquezas y de
vanagloria!”
En lugar de seguir el modelo de los políticos ambiciosos, la
vocación de los sacerdotes es ser un reflejo de Cristo, quien se definió como
un siervo y mostró una vida de entrega desinteresada. Cuando un sacerdote o
líder religioso olvida este principio y busca el poder, corre el riesgo de caer
en los mismos errores que Jesús criticaba en los líderes de su tiempo.
La Iglesia que Jesús quería, según sus enseñanzas, no era
una institución centrada en el poder o las jerarquías, sino una comunidad de
creyentes unida por el amor, el servicio y la fraternidad. Jesús no habló
de estructuras religiosas rígidas, ni de títulos honoríficos para sus
seguidores, sino de una relación cercana con Dios y entre los seres humanos,
basada en la igualdad y el servicio mutuo.
Uno de los aspectos centrales de la visión de Jesús era la
idea de una comunidad sin distinciones de poder. En diversas ocasiones,
enfatizó que quien quisiera ser el primero debía ser el servidor de todos. En
su célebre lección a los apóstoles, cuando discutían sobre quién sería el
mayor, Jesús les dijo que en el Reino de Dios no sería así, sino que “el que
quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor” (Mateo 20:26). Con
este mensaje, rompía con las estructuras jerárquicas tradicionales, proponiendo
una comunidad donde todos tuvieran igual valor.
Otro pilar fundamental de la Iglesia que Jesús imaginaba era
el amor al prójimo. Jesús resumió toda la Ley en dos mandamientos: amar a Dios
y amar al prójimo como a uno mismo. Este amor debía expresarse en hechos
concretos de servicio, compasión y solidaridad, especialmente con los más
pobres, marginados y oprimidos. Él mismo dio ejemplo al servir a los demás,
como cuando lavó los pies de sus discípulos, un acto simbólico de humildad y
entrega.
Jesús también rechazó la ostentación y el legalismo que veía
en las estructuras religiosas de su tiempo. En lugar de rituales vacíos o
reglas estrictas, promovió una fe viva, que fuera más allá de las apariencias y
se reflejara en acciones concretas de justicia y misericordia. En su enseñanza,
la verdadera espiritualidad no estaba en los títulos o en las ceremonias, sino
en el corazón transformado por el amor de Dios.


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