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El miedo clerical

El miedo es una emoción fundamental en la vida de los seres humanos. Desde tiempos antiguos, ha jugado un papel crucial en la supervivencia de la especie, alertándonos de posibles peligros y ayudándonos a evitar situaciones que pueden amenazar nuestra integridad física o emocional. Sin embargo, aunque el miedo tiene una función protectora, también puede volverse un obstáculo en nuestras vidas cuando nos paraliza y nos impide avanzar.

Existen diferentes tipos de miedo. Está el miedo racional, que es el que surge ante una amenaza real y tangible, como cuando estamos frente a una situación de peligro físico. Por ejemplo, el miedo a un animal salvaje o a un accidente de tráfico. Este tipo de miedo nos impulsa a actuar con cautela y a tomar decisiones que garanticen nuestra seguridad. Sin embargo, también existe el miedo irracional, aquel que no se basa en un peligro real y que puede originarse en pensamientos o creencias distorsionadas. Un ejemplo común es el miedo al fracaso, que puede hacer que las personas no tomen riesgos, no busquen nuevas oportunidades o eviten perseguir sus sueños.

El miedo, cuando no se maneja adecuadamente, puede limitar nuestras vidas de muchas maneras. Nos puede impedir relacionarnos con los demás, enfrentarnos a nuevos retos o desarrollar nuestro potencial. Sin embargo, cuando aprendemos a enfrentarlo y a gestionarlo, el miedo se convierte en una herramienta valiosa. Superar nuestros miedos no significa eliminarlos por completo, sino aprender a vivir con ellos y utilizarlos como una fuente de motivación.

Es importante destacar que el miedo es una emoción común y compartida por todas las personas. Sentir miedo no es un signo de debilidad, sino una reacción natural ante lo desconocido o lo que percibimos como amenazante. Lo esencial es no permitir que el miedo controle nuestras decisiones y acciones, sino aprender a enfrentarlo y crecer a partir de él.

El "miedo clerical" se refiere a un tipo específico de temor relacionado con la religión o las autoridades eclesiásticas. Históricamente, este miedo ha estado vinculado al control que la iglesia o las instituciones religiosas han ejercido sobre la sociedad, utilizando la fe y las creencias como herramientas para influir en el comportamiento de los individuos. Este tipo de miedo ha sido empleado para mantener la obediencia, el respeto a la autoridad religiosa y el cumplimiento de normas y dogmas establecidos.

El miedo clerical ha sido particularmente potente en épocas donde las instituciones religiosas tenían un gran poder político y social, como durante la Edad Media, cuando la Iglesia Católica ejercía una fuerte influencia en la vida cotidiana de las personas. A través de ideas como el pecado, el castigo divino, el infierno o la excomunión, los líderes religiosos podían infundir miedo a las consecuencias tanto terrenales como espirituales de desobedecer las normas eclesiásticas.

Un aspecto clave del miedo clerical es la creencia de que el incumplimiento de los preceptos religiosos puede llevar a la condena eterna o a la pérdida de la salvación. Esto ha generado, en muchas personas, una actitud de sumisión hacia las autoridades religiosas, así como un profundo temor a cuestionar los dogmas o a desafiar las enseñanzas oficiales de la iglesia.

Sin embargo, con el tiempo y el desarrollo de sociedades más laicas, el miedo clerical ha perdido parte de su influencia. Aun así, en algunas comunidades o culturas donde la religión sigue siendo un pilar fundamental, este miedo sigue presente. La idea de desafiar o alejarse de las creencias tradicionales puede generar un temor profundo, no solo por las posibles repercusiones espirituales, sino también por las consecuencias sociales, como el rechazo o la exclusión.

En la actualidad, muchos movimientos de reforma dentro de las religiones buscan liberarse de este tipo de miedo, promoviendo una relación con lo divino basada más en el amor, la comprensión y la libertad de pensamiento que en el temor al castigo o la imposición de la autoridad.

A Francisco le incomoda de sobremanera -usando sus palabras- “la mundanidad espiritual” que no sólo no ayuda a propagar el mensaje del Señor, sino que aleja al oyente. El Papa tiene más problemas con los hipócritas que con los pecadores. Ha sido doloroso constatar que personas declaradamente católicas están involucradas en hechos de corrupción de la máxima gravedad. Doloroso ha sido constatar que clérigos abusaron de quienes debían cuidar. Una y otra vez nos vuelve a recordar Francisco que no hay espacio para quienes abusan en el sacerdocio y que sigamos con fuerza y convicción los casos que se denuncian.

¡Volver a la fuente, a Jesús y a la vida sencilla de las primeras comunidades cristianas es la apuesta del Papa! Reconocer que las estructuras, los planes pastorales -buenos en sí- están al servicio de lograr el encuentro personal de cada uno con el Señor. Para el Papa, así como el tiempo es superior al espacio, de la misma manera el carisma que impulsa el Espíritu Santo en la Iglesia es superior a sus estructuras. Este es un desafío permanente en toda la Iglesia. La profunda reforma que está llevando a cabo en el Vaticano debiese mirar nuestras propias estructuras y sin temor entrar en el “hospital de campaña” a sanar a los heridos y convertir a la Iglesia en un “oasis de misericordia”.

Hoy todavía prevalecen los miedos: el miedo al cambio, el miedo a renunciar a la posesión de la verdad y al control de la moral, el miedo a la duda, el miedo a la herejía (siendo así que la herejía más peligrosa es el miedo), el miedo a perder el poder e incluso los dineros, el miedo a la laicidad, el miedo a la diversidad, el miedo al pluralismo tachado de relativismo, el miedo a la libertad, el miedo tan masculino a la mujer, el miedo a la perspectiva de género, el miedo a la homosexualidad y a toda identidad y orientación sexual que no sea la consagrada por la convención en nombre de la religión, el miedo al ser humano en su devenir tan abierto, el miedo al Espíritu libre, el miedo a lo nuevo, el miedo a la muerte, en una palabra, el miedo a la vida.

Así, pues, ¿Podrá el papa Francisco abrir un nuevo tiempo a la Iglesia, si no afronta todos esos miedos con mayor decisión, si no promueve reformas mucho más radicales en el Derecho Canónico, en el modelo clerical y patriarcal de Iglesia, en tantas doctrinas teológicas incomprensibles para los hombres y mujeres de hoy?

La Iglesia se encuentra tal vez en la mayor encrucijada de su historia bimilenaria: o se libera de sus miedos o perecerá en ellos.

Jesús les dice las tres palabras a sus discípulos que necesitan escuchar: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo». Quiere trasmitirles su fuerza, su seguridad y su confianza absoluta en el Padre. Pedro es el primero en reaccionar. Su actuación es, como casi siempre, modelo de entrega confiada y ejemplo de miedo y poca fe. Camina seguro sobre las aguas, luego «le entra miedo»; va confiado hacia Jesús, luego olvida su Palabra, siente la fuerza del viento y comienza a «hundirse».

En la Iglesia de Jesús ha entrado el miedo y no sabemos cómo liberarnos de él. Tenemos miedo al desprestigio, la pérdida de poder y el rechazo de la sociedad. Nos tenemos miedo unos a otros: la jerarquía endurece su lenguaje, los teólogos pierden la  libertad, los pastores prefieren no correr riesgos, los fieles miran con temor el futuro. En el fondo de estos miedos hay miedo a Jesús, poca fe en él, resistencia a seguir sus pasos. Él mismo nos ayuda a descubrirlo: ¡Qué poca fe! ¿Por qué dudáis tanto?

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