El Evangelio nos invita a no callar ante las injusticias de algunos jerarcas de la Iglesia
Precisamente esas palabras muestran todo lo que ella fue en
su tiempo, saliéndose de los moldes establecidos porque en realidad amaba a la
Iglesia y no se resignaba a que en ella no se viviera la radicalidad del
evangelio.
¡Personas como Teresa,Catalina de Siena, Dorotthee Sölle, Bonhoeffer, Pikaza, Casaldaliga, Castillo, son las que necesitamos en este tiempo!
Envidias, malentendidos, venganzas… el caso es que estalla
una contienda. Al general de la orden, responsable de seguir las indicaciones
del papa en la reforma, le envenenan contra “la sua fliglia” y, odios de
amores, pasa a ser “la monja rebelde”.
Pero Teresa no se rinde. Acude al rey y despierta a
sus amigos. Llegan al nuncio numerosos testimonios de personas muy principales
apoyando la reforma de la Madre. Incluso tuvo lugar un serio conflicto
diplomático, pues Don Luis Hurtado de Mendoza, conde de Tendilla, le reprocha a
Felipe Sega la falta de honor. Alzó el tono el caballero español. El nuncio,
escocido, no se achicó. Y Felipe II, el Rey Prudente ─y la prudencia es saber
actuar con determinación según las circunstancias─ aprovecha, entra en medio y
propone una comisión que estudie el asunto. Convence al nuncio con sentido
práctico. Y Teresa ve el Cielo abierto: los sabios comisionados eran amigos
suyos. Terminado su trabajo, el rey envía su informe a Roma, pidiendo ─y ya
sabemos cómo piden los reyes de España─ que se conserve la descalcez, una de
las joyas más preciadas de su corona. Felipe II salva la obra teresiana.
Callar o hablar cuando toca. Con humildad, pero con
firmeza y alma grande, libre de remilgos. Son innumerables las anécdotas que
ilustran el espíritu de Teresa y como desarmaba a los que sospechaban de ella.
En su concepción, la obediencia no era una simple sumisión
ciega, sino una respuesta libre a la voluntad de Dios. Por eso, aunque
desafiaba las autoridades terrenales cuando creía necesario, lo hacía desde un
lugar de profunda fidelidad a lo que consideraba el llamado divino.
Así, pues, decir la verdad a los jerarcas, especialmente
en contextos de autoridad o poder, puede ser un acto de gran valentía, ya que
implica desafiar el statu quo y, en muchos casos, arriesgarse a sufrir
consecuencias personales o profesionales. La verdad, sin embargo, es un valor
esencial en cualquier estructura organizativa o social, y más aún en las instituciones
que buscan el bienestar común, como puede ser la Iglesia, el gobierno o
cualquier organización jerárquica.
Hablar con honestidad frente a los jerarcas no debe ser
visto como un acto de rebelión o desobediencia, sino como una contribución
valiosa para la mejora de la institución. La verdad, aunque incómoda en
ciertos casos, permite corregir errores, ajustar el rumbo y evitar injusticias
o abusos. No obstante, este acto requiere una profunda responsabilidad, ya que
implica comunicar con respeto, prudencia y con la intención de construir, no de
destruir.
En la historia, muchas figuras han optado por decir la
verdad a los jerarcas, aun cuando esto les significaba incomodidades. La
verdad, cuando se expresa desde el amor y el respeto, tiene el poder de
transformar y purificar incluso las estructuras más rígidas. Sin embargo,
también exige fortaleza interior y un compromiso con la justicia y la ética, ya
que muchas veces puede encontrar resistencia o rechazo.
Por ello, cuando se decide hablar con la verdad frente a
aquellos en el poder, es importante discernir el momento adecuado, las palabras
correctas y, sobre todo, la intención. No se trata de imponer una visión, sino
de ser fiel a los principios de la honestidad y la justicia, ayudando a que la
institución sea un reflejo más auténtico de los valores que dice defender.
La auténtica obediencia dentro de la Iglesia no está
reñida con la conciencia personal. De hecho, la Iglesia enseña que los
fieles deben actuar según su conciencia bien formada. Esto significa que, si
bien es importante respetar la autoridad eclesial, también es necesario
discernir si las órdenes o enseñanzas que se reciben están alineadas con el
Evangelio y los valores cristianos. La obediencia no es un cheque en blanco,
sino un acto que involucra tanto el respeto a la autoridad legítima como la
fidelidad a la verdad y la justicia.
Los santos y reformadores de la Iglesia, como Santa
Teresa de Jesús o San Juan de la Cruz, a menudo se enfrentaron a situaciones
donde debieron equilibrar la obediencia a la jerarquía con la necesidad de
seguir su conciencia y su comprensión de la voluntad de Dios. En muchos
casos, desafiaron a las autoridades con respeto y humildad, pero con la firme
convicción de que obedecer a Dios era más importante que complacer a los
hombres.
La obediencia en la jerarquía eclesial es una virtud
central, pero no debe confundirse con el servilismo. Mientras que la
obediencia auténtica implica libertad, discernimiento y respeto, el servilismo
es una sumisión acrítica que niega la dignidad y responsabilidad personal. En
el contexto de la Iglesia, es vital que la obediencia esté siempre orientada
hacia el bien común, el amor, y la búsqueda de la verdad, evitando caer en una
actitud pasiva o complaciente que perpetúe el abuso o la injusticia.
Ser radical en el Evangelio significa ir a la raíz del
mensaje de Cristo. Esto incluye la búsqueda de la verdad en todo momento,
la promoción de la justicia y la defensa de la dignidad de todas las personas.
Callar ante las injusticias o errores que pueden surgir incluso dentro de las
estructuras eclesiásticas no sería coherente con este mensaje. El Evangelio
no nos invita a la pasividad, sino a una acción comprometida, a veces incluso
profética, donde es necesario hablar con valentía cuando se observa que algo
está mal.
Jesús nunca esquivó el confrontar a los líderes
religiosos de su tiempo cuando sus acciones o enseñanzas no se alineaban con el
propósito de la ley de Dios. En varias ocasiones, cuestionó a los fariseos,
escribas y otros líderes por priorizar las apariencias, las normas externas y
las tradiciones humanas por encima del amor y la compasión hacia los demás (por
ejemplo, en Mateo 23). No buscaba destruir la autoridad, sino purificarla,
llevándola a su verdadera vocación de servicio y liderazgo en el amor.
Muchos santos han vivido la radicalidad del Evangelio
corrigiendo con humildad y valentía a quienes tenían autoridad. Por
ejemplo, Santa Catalina de Siena, una de las grandes figuras del siglo XIV, no
dudó en escribir cartas a papas y cardenales cuando veía que las acciones de la
jerarquía se alejaban del espíritu evangélico.
San Pablo, por ejemplo, nos dice que "la verdad debe
decirse en el amor" (Efesios 4:15). La corrección, cuando es necesaria, no
se trata de imponer una visión personal ni de generar divisiones, sino de
restaurar la armonía y la autenticidad del mensaje de Cristo en la comunidad.
La radicalidad del Evangelio no es callar a los jerarcas
ni aceptar de manera ciega todo lo que dicen o hacen. Se trata de vivir con
fidelidad el mensaje de Jesús, lo que implica hablar con valentía cuando es
necesario, en defensa de la verdad y la justicia, pero siempre desde el respeto
y el amor. La verdadera obediencia no es servilismo ni silencio ante el
error, sino una adhesión activa y consciente a la voluntad de Dios, que puede
requerir tanto la corrección respetuosa como el diálogo honesto con aquellos en
posiciones de poder dentro de la Iglesia.

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