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A José Manuel Vidal le defrauda el Sínodo

 

“Además de las demasiadas explicaciones, en una primera aproximación, me parece que el documento tiene "poca chicha". Me defrauda, sobre todo, el que sigue sin dar respuestas claras, concretas y directas a tres asignaturas pendientes de la Iglesia: el puesto de la mujer en la institución, la erradicación de los abusos y la quiebra de la espina dorsal del clericalismo. Tres fenómenos en los que no hay tiempo que perder y en los que la sociedad no concede respiro y, menos, en esta época de la aceleración constante.

Mientras sea clerical, la Iglesia no puede ser evangélica, porque seguirá siendo coto privado de una élite, de una casta clerical, que domina, impone y controla. Hay pequeños guiños anticlericales, como el paso de los consejos parroquiales de consultivos a deliberativos, la potenciación de las conferencias episcopales, la puesta en marcha de los sínodos diocesanos o la creación de un Consejo de Patriarcas en torno al Papa., afirma José Manuel Vidal

El Sínodo es un espacio de debate y reflexión que la Iglesia Católica organiza periódicamente para discutir temas cruciales y determinar caminos pastorales futuros. Sin embargo, para algunos sectores dentro y fuera de la Iglesia, estos encuentros pueden resultar decepcionantes, sobre todo si persisten prácticas que algunos consideran obsoletas o restrictivas, como el clericalismo, el celibato obligatorio y la exclusión de las mujeres del diaconado. Estos temas son, de hecho, centro de intensos debates.

El clericalismo es una práctica o tendencia que otorga un poder excesivo o privilegios desmedidos al clero, generando una distancia marcada entre los sacerdotes y el resto de la comunidad de fieles. Este fenómeno, criticado incluso por el Papa Francisco, ha sido visto como uno de los problemas estructurales que dificultan una relación cercana y transparente entre los líderes de la Iglesia y la comunidad. Pero muchos observamos que, si bien en los sínodos recientes se invita a laicos, mujeres y jóvenes a participar y expresar sus opiniones, el poder de decisión final sigue estando en manos de la jerarquía masculina. Esto deja a muchos fieles con la sensación de que sus voces no tienen una influencia real en las decisiones.

En algunos sínodos, como el Sínodo de la Amazonía en 2019, se planteó la posibilidad de ordenar a hombres casados en comunidades con escasez de sacerdotes. Sin embargo, la propuesta no prosperó en la práctica, lo cual frustró a quienes consideran que el celibato obligatorio es un impedimento para la misión de la Iglesia en algunas regiones del mundo. La postura en el Sínodo de este año continúa manteniendo el celibato obligatorio, lo que para algunos es señal de una resistencia a cambios importantes en la estructura clerical.

Con respecto a la mujer en la Iglesia José Manuel Vidal se expresa muy bien “Dicen los sinodales que la mujer merece detentar "papeles de liderazgo", pero ni siquiera les abre del todo la puerta del diaconado ministerial, que pretende dejar entreabierta, asegurando que "es necesario un mayor discernimiento". ¿Para qué, por qué, si el clamor del santo pueblo de Dios pedía, en todas las asambleas sinodales, el acceso de la mujer a los ministerios ordenados? Una institución tan estructuralmente machista seguirá escupiendo a las mujeres en la cara”

En la Iglesia Católica, el diaconado permanente es una ordenación que permite a los diáconos desempeñar funciones litúrgicas y pastorales, aunque no pueden presidir la Eucaristía ni confesar. Actualmente, solo los hombres pueden ser ordenados como diáconos, a pesar de que existen evidencias históricas de que algunas mujeres desempeñaron funciones similares en la Iglesia primitiva.

En el Sínodo sobre la Sinodalidad, muchos grupos expresaron su esperanza de que las mujeres puedan acceder al diaconado, sobre todo en comunidades donde su papel pastoral es fundamental. No obstante, hasta ahora, el debate sobre el diaconado femenino no ha avanzado en términos concretos, lo que causa desilusión en quienes abogan por una mayor inclusión de las mujeres en roles de liderazgo. La falta de apertura en este sentido refuerza la percepción de que la Iglesia sigue siendo una institución patriarcal que limita la participación de la mujer en su estructura de poder.

Cada sínodo abre la posibilidad de que temas relevantes sean abordados y que se den pasos concretos hacia la modernización y apertura de la Iglesia. Sin embargo, cuando las propuestas se quedan en el debate sin convertirse en reformas efectivas, se genera una sensación de inmovilismo que deja insatisfechos a muchos sectores de la Iglesia.

La resistencia a reformar cuestiones como el clericalismo, el celibato obligatorio y la inclusión de mujeres en el diaconado suele justificarse por una preocupación por preservar la tradición y la identidad doctrinal de la Iglesia. Sin embargo, para muchos fieles, esto es visto como una falta de respuesta a las necesidades de los tiempos actuales, lo que lleva a una desconexión entre la Iglesia y algunos de sus seguidores.

El clericalismo, el celibato obligatorio y la exclusión de las mujeres del diaconado son temas que, aunque han sido discutidos en sínodos recientes, continúan generando frustración para aquellos que desean una Iglesia más abierta y receptiva a los cambios. La percepción de una falta de progreso puede fortalecer la sensación de que el Sínodo defrauda, sobre todo si la participación de laicos y mujeres se percibe más como un gesto simbólico que como una verdadera oportunidad de cambio. La Iglesia enfrenta el desafío de equilibrar la tradición con la renovación para seguir siendo relevante y cercana a la vida de todos sus fieles.

Una Iglesia que no se reforma corre el riesgo de perder su relevancia y conexión con el mundo al que está llamada a servir. La historia muestra que las instituciones religiosas, como cualquier otra entidad humana, necesitan adaptarse a los cambios sociales, culturales y espirituales para responder de manera auténtica a las necesidades de sus fieles. Sin una disposición a escuchar y a adaptarse, la Iglesia puede alejarse de las personas, especialmente de aquellos que buscan en ella una guía moral y espiritual en un mundo cada vez más complejo.

La reforma en la Iglesia no significa traicionar su esencia, sino revivirla en cada generación, ajustando prácticas y estructuras que, en lugar de fortalecerla, a veces la distancian de sus seguidores. Temas como la inclusión de la mujer en roles de liderazgo, la flexibilidad en el celibato para sacerdotes y una apertura mayor a la diversidad de culturas y realidades han surgido repetidamente como llamados de muchos fieles. Sin embargo, cuando estas demandas se ignoran o se postergan indefinidamente, el mensaje parece ser uno de inmovilismo, algo que contradice el espíritu evangélico de compasión y cercanía.

La rigidez excesiva puede dar lugar al estancamiento, y el estancamiento, a la irrelevancia. Como lo enseñó el mismo Jesús, el vino nuevo necesita odres nuevos, y en este sentido, el cambio no solo es necesario, sino que es una forma de fidelidad al mensaje de Cristo. Una Iglesia que se renueva permanece viva y enraizada en el presente, lista para responder a las preguntas y anhelos de sus fieles con una voz relevante y auténtica.

En última instancia, una Iglesia que no se reforma se aleja de sus comunidades y corre el riesgo de morir en la indiferencia de quienes buscan en ella una guía y encuentran, en cambio, una estructura rígida e inmóvil. La reforma no es una amenaza; es una oportunidad para volver a sus raíces, para fortalecerse desde dentro y para caminar al lado de quienes más la necesitan, siendo una verdadera luz en el mundo.

 “Además de las demasiadas explicaciones, en una primera aproximación, me parece que el documento tiene "poca chicha". Me defrauda, sobre todo, el que sigue sin dar respuestas claras, concretas y directas a tres asignaturas pendientes de la Iglesia: el puesto de la mujer en la institución, la erradicación de los abusos y la quiebra de la espina dorsal del clericalismo. Tres fenómenos en los que no hay tiempo que perder y en los que la sociedad no concede respiro y, menos, en esta época de la aceleración constante.

Mientras sea clerical, la Iglesia no puede ser evangélica, porque seguirá siendo coto privado de una élite, de una casta clerical, que domina, impone y controla. Hay pequeños guiños anticlericales, como el paso de los consejos parroquiales de consultivos a deliberativos, la potenciación de las conferencias episcopales, la puesta en marcha de los sínodos diocesanos o la creación de un Consejo de Patriarcas en torno al Papa., afirma José Manuel Vidal

El Sínodo es un espacio de debate y reflexión que la Iglesia Católica organiza periódicamente para discutir temas cruciales y determinar caminos pastorales futuros. Sin embargo, para algunos sectores dentro y fuera de la Iglesia, estos encuentros pueden resultar decepcionantes, sobre todo si persisten prácticas que algunos consideran obsoletas o restrictivas, como el clericalismo, el celibato obligatorio y la exclusión de las mujeres del diaconado. Estos temas son, de hecho, centro de intensos debates.

En algunos sínodos, como el Sínodo de la Amazonía en 2019, se planteó la posibilidad de ordenar a hombres casados en comunidades con escasez de sacerdotes. Sin embargo, la propuesta no prosperó en la práctica, lo cual frustró a quienes consideran que el celibato obligatorio es un impedimento para la misión de la Iglesia en algunas regiones del mundo. La postura en el Sínodo de este año continúa manteniendo el celibato obligatorio, lo que para algunos es señal de una resistencia a cambios importantes en la estructura clerical.

En la Iglesia Católica, el diaconado permanente es una ordenación que permite a los diáconos desempeñar funciones litúrgicas y pastorales, aunque no pueden presidir la Eucaristía ni confesar. Actualmente, solo los hombres pueden ser ordenados como diáconos, a pesar de que existen evidencias históricas de que algunas mujeres desempeñaron funciones similares en la Iglesia primitiva.

En el Sínodo sobre la Sinodalidad, muchos grupos expresaron su esperanza de que las mujeres puedan acceder al diaconado, sobre todo en comunidades donde su papel pastoral es fundamental. No obstante, hasta ahora, el debate sobre el diaconado femenino no ha avanzado en términos concretos, lo que causa desilusión en quienes abogan por una mayor inclusión de las mujeres en roles de liderazgo. La falta de apertura en este sentido refuerza la percepción de que la Iglesia sigue siendo una institución patriarcal que limita la participación de la mujer en su estructura de poder.

Cada sínodo abre la posibilidad de que temas relevantes sean abordados y que se den pasos concretos hacia la modernización y apertura de la Iglesia. Sin embargo, cuando las propuestas se quedan en el debate sin convertirse en reformas efectivas, se genera una sensación de inmovilismo que deja insatisfechos a muchos sectores de la Iglesia.

La resistencia a reformar cuestiones como el clericalismo, el celibato obligatorio y la inclusión de mujeres en el diaconado suele justificarse por una preocupación por preservar la tradición y la identidad doctrinal de la Iglesia. Sin embargo, para muchos fieles, esto es visto como una falta de respuesta a las necesidades de los tiempos actuales, lo que lleva a una desconexión entre la Iglesia y algunos de sus seguidores.

El clericalismo, el celibato obligatorio y la exclusión de las mujeres del diaconado son temas que, aunque han sido discutidos en sínodos recientes, continúan generando frustración para aquellos que desean una Iglesia más abierta y receptiva a los cambios. La percepción de una falta de progreso puede fortalecer la sensación de que el Sínodo defrauda, sobre todo si la participación de laicos y mujeres se percibe más como un gesto simbólico que como una verdadera oportunidad de cambio. La Iglesia enfrenta el desafío de equilibrar la tradición con la renovación para seguir siendo relevante y cercana a la vida de todos sus fieles.

Una Iglesia que no se reforma corre el riesgo de perder su relevancia y conexión con el mundo al que está llamada a servir. La historia muestra que las instituciones religiosas, como cualquier otra entidad humana, necesitan adaptarse a los cambios sociales, culturales y espirituales para responder de manera auténtica a las necesidades de sus fieles. Sin una disposición a escuchar y a adaptarse, la Iglesia puede alejarse de las personas, especialmente de aquellos que buscan en ella una guía moral y espiritual en un mundo cada vez más complejo.

La reforma en la Iglesia no significa traicionar su esencia, sino revivirla en cada generación, ajustando prácticas y estructuras que, en lugar de fortalecerla, a veces la distancian de sus seguidores. Temas como la inclusión de la mujer en roles de liderazgo, la flexibilidad en el celibato para sacerdotes y una apertura mayor a la diversidad de culturas y realidades han surgido repetidamente como llamados de muchos fieles. Sin embargo, cuando estas demandas se ignoran o se postergan indefinidamente, el mensaje parece ser uno de inmovilismo, algo que contradice el espíritu evangélico de compasión y cercanía.

La rigidez excesiva puede dar lugar al estancamiento, y el estancamiento, a la irrelevancia. Como lo enseñó el mismo Jesús, el vino nuevo necesita odres nuevos, y en este sentido, el cambio no solo es necesario, sino que es una forma de fidelidad al mensaje de Cristo. Una Iglesia que se renueva permanece viva y enraizada en el presente, lista para responder a las preguntas y anhelos de sus fieles con una voz relevante y auténtica.

En última instancia, una Iglesia que no se reforma se aleja de sus comunidades y corre el riesgo de morir en la indiferencia de quienes buscan en ella una guía y encuentran, en cambio, una estructura rígida e inmóvil. La reforma no es una amenaza; es una oportunidad para volver a sus raíces, para fortalecerse desde dentro y para caminar al lado de quienes más la necesitan, siendo una verdadera luz en el mundo.

 

 

 

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