Nuestro obispo nos invita a cultivar una espiritualidad ecológica
Nuestro obispo, Ferando García Cadiñanos, nos invita a que este tiempo nos ayude a conocer mejor lo que nos pasa en nuestro mundo. Que sus llagas nos indignen y provoquen un cambio en nuestros estilos de vida para volvernos más sobrios y solidarios. Que todo ello nos ayude a promover una necesaria transformación cultural que aliente los cambios estructurales urgentes desde el punto de vista económico. Y que la espiritualidad ecológica nos ayude a ver con ojos renovados las maravillas que hoy contemplamos. Porque creemos en un Dios Creador y en un Dios que está al final de la Historia, nos sentimos en camino de esperanza hacia la plenitud de todas las cosas en Cristo. “La casa común no nos es ajena, sino que está llamada a participar en esa llamada a la plenitud” afirma, D. Fernando
“La preocupación ecológica para los cristianos, por
tanto, no es una moda que nos conecta con los tiempos actuales. Tampoco es
una cuestión puramente ética. Se trata, como dice el papa Francisco, de “una
cuestión eminentemente teológica pues concierne al entrelazamiento del misterio
del hombre con el misterio de Dios”. Porque creemos en un Dios Creador y en un
Dios que está al final de la Historia, nos sentimos en camino de esperanza
hacia la plenitud de todas las cosas en Cristo. La casa común no nos es ajena,
sino que está llamada a participar en esa llamada a la plenitud” afirma
Del 1 de septiembre al 4 de octubre se nos invita a vivir un
tiempo llamado “de la creación”. Las fechas vienen fijadas por celebrarse el 1
de septiembre la Jornada
de Oración por el Cuidado de la Creación y el 4 de octubre por ser la
fiesta de San Francisco de Asís, patrono de la ecología. Se trata de una
iniciativa promovida por todas las Iglesias cristianas (católicos, ortodoxos,
reformados…), unidas en la preocupación y responsabilidad ante el cuidado de la
creación.
También desde nuestra diócesis lo viviremos
comunitariamente.
La ecología no trata únicamente de las cuestiones
relacionadas con lo verde o las especies en extinción. La ecología supone un
paradigma nuevo, es decir, una forma de organizar el conjunto de relaciones de
los seres humanos entre sí, con la naturaleza y con su sentido en este
universo. Ella inaugura una nueva alianza con la creación, alianza de
veneración y de fraternidad. No hemos sido creados para situarnos por encima de
la naturaleza como quien domina, sino para estar a su lado como quien convive
como hermano y hermana. Descubrimos así nuestras raíces cósmicas y nuestra
ciudadanía terrestre. Hoy no son sólo los pobres los que deben ser liberados de
la cautividad de un modelo de desarrollo que les niega la dignidad, dilapida
sus recursos y quiebra el equilibrio elaborado a lo largo de millones de años
de trabajo cósmico. ¡El clamor de los pobres se une así al grito de la
Tierra! Y a partir de ahí se ensancha la teología de la liberación
verdaderamente integral y universal, porque concierne a todos y al planeta
entero. La experiencia ecológica permite una nueva recuperación de lo sagrado
en la creación, una nueva imagen de Dios, una concepción más amplia y cósmica
del misterio cristiano y una nueva espiritualidad.
La gloria de Dios es que el Hombre viva y la gloria del ser humano es vivir en la comunión con el Dios del amor, es decir, que, en la mayor fidelidad con su Reino, en la fundamentación bíblica, espiritual, teológica y pastoral de nuestra fe cristiana, apostólica, romana, estamos comprometidos en salvaguardar toda la obra creada.
Juan Pablo II unió la misericordia al debate sobre
cuestiones medioambientales. Debido al enorme y rápido desarrollo de la ciencia
y de la técnica -escribió-, la humanidad «se ha hecho dueña y señor de la
tierra y la ha sometido y dominado (cf. Gn 1,28). Este dominio sobre la
tierra, entendido a veces unilateral y superficialmente, parece no dejar lugar
a la misericordia» (Dives in misericordia, 1980, n. 2). Para combatir la
degradación del medio ambiente, lanzó un llamamiento a la «conversión
ecológica», que es «una ecología humana que protege el bien radical de la vida
en todas sus manifestaciones y prepara para las generaciones futuras un medio
ambiente que se acerque lo más posible al plan del Creador» (Pastores gregis,
2003, n. 70). En su encíclica Caritas in veritate (2009), Benedicto XVI puso de
relieve el fracaso de los modelos económicos dominantes, proponiendo un giro
hacia una economía del don y una visión que sitúe la caridad y no simplemente
la justicia como fundamento del orden social. Al igual que su predecesor,
sostuvo que si queremos trabajar por la seguridad global debemos ver la
relación entre nuestra relación con Dios y nuestra relación con la creación.
El cuidado de la casa común nos abre los ojos a la belleza
de la tierra en todos sus aspectos. ¿Cómo podemos permitir que se vuelva
inhabitable para las plantas y los animales, así como para los seres humanos?
Todas las criaturas «tienen valor en sí mismas». Cada año desaparecen miles de
especies vegetales y animales que nunca volveremos a conocer, que las
generaciones futuras nunca verán, perdidas para siempre. La gran mayoría se
extinguen por razones que tienen que ver con alguna actividad humana. Por
nuestra culpa, miles de especies no darán gloria a Dios con su existencia ni
podrán comunicarnos su mensaje. No tenemos derecho a hacerlo.
El cuidado de la casa común nos impulsa a comprender y
actuar sobre las condiciones sociales y medioambientales que mantienen a las
personas en la ignorancia o las impulsan a hacer daño a los demás.
A las palabras de Jesús «tuve hambre y me disteis de
comer», podemos añadir, por ejemplo: y buscasteis mejorar las
condiciones de nuestra casa común para que todos puedan alimentarse. Ésta
es una nueva perspectiva integral que necesitamos en este presente que mira al
futuro.

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