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¡No nos cansemos de hacer el bien!

“Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, principalmente de los creyentes.” (1 Timoteo 4:10)

Puedes estar seguro que si estás tratando de andar rectamente ante el Señor, ¡estás siendo probado! De hecho, mientras más íntimamente camines con Cristo, más intensa será la prueba. Las Escrituras dicen esto bien claro:

“…más el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará. …y en su caída serán ayudados de pequeño socorro. También algunos de los sabios caerán para ser depurados y limpiados para ser emblanquecidos hasta el tiempo determinado; porque aún para esto hay plazo.” (Daniel 11:32-35).

La murmuración comienza en nuestros pensamientos, pensamientos de descontento, de ser maltratado por el Señor, de no ser comprendido por el pueblo de Dios. Usualmente, comienza por la falta de respeto hacia aquellos que son llamados por el Señor, ungidos por el Espíritu Santo.

Los murmuradores nunca están satisfechos. Si haces lo que ellos creen que debes hacer entonces vendrán con una docena más de exigencias. La lista nunca terminará porque su espíritu esta fuera de control, ¡no está bajo el poder del Espíritu Santo! La Biblia nos dice: “Estos son murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos." (Judas 16).

Los israelitas se quejaron porque no tenían agua, así que Dios les dio agua de una roca. Se quejaron cuando no tuvieron pan, así que Dios les dio pan de la tierra. Entonces se quejaron porque no tenían carne y Dios les dio carne del cielo. El Señor les dio todas estas cosas, ¡y la Biblia dice que las aborrecieron! ¡Se quejaron después de obtener lo que pidieron! Y, hoy en día hay cristianos, que, si Dios contestara su oración, ¡se quejarían de lo que han recibido!

También podemos ser probados por el sufrimiento de los justos y santos siervos del Señor. Esta tribulación es muy difícil de entender.

Todos necesitamos oír "no nos cansemos de hacer el bien"... "hagamos el bien a todos"... "ayudaos unos a otros a llevar las cargas..." Pero no podemos negar que todavía nos cansamos, acobardamos, murmuramos, quejamos. A ratos nos gustaría estar sentados cómodamente, solo escuchando que Dios tiene grandes promesas para nosotros, y entonces nos entra la ansiedad para que nadie nos estropee el bello momento. Nos agobia tener que escuchar quejas, temas de salud, de crisis económica o de otra índole; que si mi hijo se ha divorciado; que hay hambre en el mundo... etc., etc.

El cuerpo se cansa porque remar a contracorriente exige más esfuerzo y debilita los brazos. Pero ahí las voces se elevan y te dicen: "Perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos...". "Pues sabemos que aquel que resucitó al Señor Jesús nos resucitará también a nosotros con él y nos llevará junto con vosotros a su presencia (...) Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día...".

¿Hay obstáculos en tu carrera? En la mía más, diría el apóstol. "... en todo y con mucha paciencia nos acreditamos como servidores de Dios: en sufrimientos, privaciones y angustias; en azotes, cárceles y tumultos; en trabajos pesados, desvelos y hambre. Servimos con pureza, conocimiento, constancia y bondad; en el Espíritu Santo y en amor sincero...; por honra y por deshonra...; veraces, pero tenidos por engañadores; conocidos, pero tenidos por desconocidos...; aparentemente tristes, pero siempre alegres; pobres en apariencia, pero enriqueciendo a muchos; como si no tuviéramos nada, pero poseyéndolo todo".

Entonces me imagino que el atleta que quiere tirar la toalla se va estirando hacia arriba con nuevos bríos y orgulloso de querer alcanzar la meta. Porque "¿No sabéis que en una carrera todos los corredores compiten, pero solo uno obtiene el premio? Corred, pues, de tal modo que lo obtengáis. Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina, ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre".

Y qué bálsamo sería si esa nube de testigos, o uno de esos testigos, en otro tramo de la carrera dice que no son infructuosos los esfuerzos por mantener la marcha y que vamos corriendo juntos: "Hermanos, no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús".

Cada una de las buenas acciones construye y deja en el corazón de quien recibe lo provechoso una huella imborrable que, tarde o temprano, le llevará a trabajar por la misma causa. Las buenas acciones dejan una semilla fértil en las personas que las disfrutan y estas, a su vez, germinan repitiendo el mismo ejemplo que han recibido.

Para lograr un mundo mejor no hay que hacerse misionero ni viajar al otro extremo del planeta. Hacer el bien siempre está al alcance de la mano. La generosidad; la comprensión; la escucha activa; estar presente en los momentos más oportunos y necesarios para el prójimo; el respeto hacia su persona, sus pensamientos, sus maneras de contemplar el mundo. A veces sólo hay que estar y no se precisan palabras.

Todos tenemos necesidad de recibir lo que es bueno, esa es la principal razón para comprender que estamos hechos para poder hacerlo, simplemente hay que estar atentos y cuando llegue el momento, son muchos los momentos, no aguantarse las ganas, pues puestos a elegir, trae más satisfacción hacer lo correcto y alegrarle el día a alguien.

Se piensa a veces que el amor acaba siendo empeño inútil: Hemos querido transformar el mundo y al final nos encontramos con la misma ley del cosmos que parece burlarse fríamente de nosotros, pues no hay amor en nada. Hemos querido construir una existencia más perfecta y al final sólo encontramos huellas de barbarie. ¿Dónde está el sentido de eso? Yo respondo: ¡En el amor! Deja que concrete la respuesta. Quien siembra en cosmos recolecta en cosmos; quien sólo siembra voluntad no encontrará más que su propia voluntad. Por el contrario, quien siembra en amor o, mejor dicho, quien deja que le siembren en amor, cosecha en comunión la vida perdurable.  La creación de Dios, la redención de Cristo, la animación del Espíritu se expresa y culminan en la comunión de amor de Dios, que es omnipotente porque, a través de un proceso de creación-redención-santificación, se desvela como encuentro de amor en el que todo surge y donde todo se culmina. Las restantes cosas pasan: La fe como visión en sombra, la experiencia carismática del mundo, los trabajos duros, la espe­ranza incierta… Al final sólo queda el amor como fuente de ser y voluntad, de vida y sentido, comunión de Padre, Hijo y Espíritu santo.

Haz el bien y no mires a quien, dice el refrán y no importa si de inmediato no se hace visible el resultado que buscamos. Es un proyecto hermoso. Hacer feliz al que está cerca y al que está lejos y si resulta que es tu enemigo, mejor que mejor, pues le estarás dando un ejemplo de cómo construir en positivo es muy valioso. Por lo tanto, no voy a pasar de largo eludiendo mi deber, omitiendo que mi prójimo y yo somos iguales, tan iguales que sus pisadas y las mías dejan las mismas huellas. No tengo razones para pasar de largo y sí para detenerme en el camino, sanar tus heridas y ofrecerte un lugar seguro donde descansar. ¡No puedo negarme a hacer el bien!

 

 

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