¡No nos cansemos de hacer el bien!
Puedes estar seguro que si estás tratando de andar
rectamente ante el Señor, ¡estás siendo probado! De hecho, mientras más
íntimamente camines con Cristo, más intensa será la prueba. Las Escrituras
dicen esto bien claro:
“…más el pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará.
…y en su caída serán ayudados de pequeño socorro. También algunos de los sabios
caerán para ser depurados y limpiados para ser emblanquecidos hasta el tiempo
determinado; porque aún para esto hay plazo.” (Daniel 11:32-35).
La murmuración comienza en nuestros pensamientos,
pensamientos de descontento, de ser maltratado por el Señor, de no ser
comprendido por el pueblo de Dios. Usualmente, comienza por la falta de respeto
hacia aquellos que son llamados por el Señor, ungidos por el Espíritu Santo.
Los murmuradores nunca están satisfechos. Si haces lo que
ellos creen que debes hacer entonces vendrán con una docena más de exigencias.
La lista nunca terminará porque su espíritu esta fuera de control, ¡no está
bajo el poder del Espíritu Santo! La Biblia nos dice: “Estos son
murmuradores, querellosos, que andan según sus propios deseos." (Judas
16).
Los israelitas se quejaron porque no tenían agua, así que
Dios les dio agua de una roca. Se quejaron cuando no tuvieron pan, así que Dios
les dio pan de la tierra. Entonces se quejaron porque no tenían carne y Dios
les dio carne del cielo. El Señor les dio todas estas cosas, ¡y la Biblia dice
que las aborrecieron! ¡Se quejaron después de obtener lo que pidieron! Y, hoy
en día hay cristianos, que, si Dios contestara su oración, ¡se quejarían de lo
que han recibido!
También podemos ser probados por el sufrimiento de los
justos y santos siervos del Señor. Esta tribulación es muy difícil de entender.
Todos necesitamos oír "no nos cansemos de hacer el
bien"... "hagamos el bien a todos"... "ayudaos unos
a otros a llevar las cargas..." Pero no podemos negar que todavía nos
cansamos, acobardamos, murmuramos, quejamos. A ratos nos gustaría estar
sentados cómodamente, solo escuchando que Dios tiene grandes promesas para
nosotros, y entonces nos entra la ansiedad para que nadie nos estropee el bello
momento. Nos agobia tener que escuchar quejas, temas de salud, de crisis
económica o de otra índole; que si mi hijo se ha divorciado; que hay hambre en
el mundo... etc., etc.
El cuerpo se cansa porque remar a contracorriente exige más
esfuerzo y debilita los brazos. Pero ahí las voces se elevan y te dicen: "Perseguidos,
pero no abandonados; derribados, pero no destruidos...". "Pues
sabemos que aquel que resucitó al Señor Jesús nos resucitará también a nosotros
con él y nos llevará junto con vosotros a su presencia (...) Por tanto, no nos
desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro
nos vamos renovando día tras día...".
¿Hay obstáculos en tu carrera? En la mía más, diría el
apóstol. "... en todo y con mucha paciencia nos acreditamos como
servidores de Dios: en sufrimientos, privaciones y angustias; en azotes,
cárceles y tumultos; en trabajos pesados, desvelos y hambre. Servimos con
pureza, conocimiento, constancia y bondad; en el Espíritu Santo y en amor
sincero...; por honra y por deshonra...; veraces, pero tenidos por engañadores;
conocidos, pero tenidos por desconocidos...; aparentemente tristes, pero
siempre alegres; pobres en apariencia, pero enriqueciendo a muchos; como si no
tuviéramos nada, pero poseyéndolo todo".
Entonces me imagino que el atleta que quiere tirar la toalla
se va estirando hacia arriba con nuevos bríos y orgulloso de querer alcanzar la
meta. Porque "¿No sabéis que en una carrera todos los corredores
compiten, pero solo uno obtiene el premio? Corred, pues, de tal modo que lo
obtengáis. Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina, ellos lo
hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno
que dura para siempre".
Y qué bálsamo sería si esa nube de testigos, o uno de esos
testigos, en otro tramo de la carrera dice que no son infructuosos los
esfuerzos por mantener la marcha y que vamos corriendo juntos: "Hermanos,
no pienso que yo mismo lo haya logrado ya. Más bien, una cosa hago: olvidando
lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo
avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su
llamamiento celestial en Cristo Jesús".
Cada una de las buenas acciones construye y deja en el
corazón de quien recibe lo provechoso una huella imborrable que, tarde o
temprano, le llevará a trabajar por la misma causa. Las buenas acciones
dejan una semilla fértil en las personas que las disfrutan y estas, a su vez,
germinan repitiendo el mismo ejemplo que han recibido.
Para lograr un mundo mejor no hay que hacerse misionero
ni viajar al otro extremo del planeta. Hacer el bien siempre está al alcance de
la mano. La generosidad; la comprensión; la escucha activa; estar presente
en los momentos más oportunos y necesarios para el prójimo; el respeto hacia su
persona, sus pensamientos, sus maneras de contemplar el mundo. A veces sólo hay
que estar y no se precisan palabras.
Todos tenemos necesidad de recibir lo que es bueno,
esa es la principal razón para comprender que estamos hechos para poder hacerlo,
simplemente hay que estar atentos y cuando llegue el momento, son muchos los
momentos, no aguantarse las ganas, pues puestos a elegir, trae más satisfacción
hacer lo correcto y alegrarle el día a alguien.
Se piensa a veces que el amor acaba siendo empeño inútil: Hemos querido transformar el mundo y al final nos encontramos con la misma ley
del cosmos que parece burlarse fríamente de nosotros, pues no hay amor en nada.
Hemos querido construir una existencia más perfecta y al final sólo encontramos
huellas de barbarie. ¿Dónde está el sentido de eso? Yo respondo: ¡En el
amor! Deja que concrete la respuesta. Quien siembra en cosmos recolecta en
cosmos; quien sólo siembra voluntad no encontrará más que su propia voluntad. Por
el contrario, quien siembra en amor o, mejor dicho, quien deja que le siembren
en amor, cosecha en comunión la vida perdurable. La creación de Dios, la redención de Cristo, la
animación del Espíritu se expresa y culminan en la comunión de amor de Dios,
que es omnipotente porque, a través de un proceso de
creación-redención-santificación, se desvela como encuentro de amor en el que
todo surge y donde todo se culmina. Las restantes cosas pasan: La fe como
visión en sombra, la experiencia carismática del mundo, los trabajos duros, la esperanza
incierta… Al final sólo queda el amor como fuente de ser y voluntad, de vida y
sentido, comunión de Padre, Hijo y Espíritu santo.
Haz el bien y no mires a quien, dice el refrán y no importa si de inmediato no se hace visible el resultado que buscamos. Es un proyecto hermoso. Hacer feliz al que está cerca y al que está lejos y si resulta que es tu enemigo, mejor que mejor, pues le estarás dando un ejemplo de cómo construir en positivo es muy valioso. Por lo tanto, no voy a pasar de largo eludiendo mi deber, omitiendo que mi prójimo y yo somos iguales, tan iguales que sus pisadas y las mías dejan las mismas huellas. No tengo razones para pasar de largo y sí para detenerme en el camino, sanar tus heridas y ofrecerte un lugar seguro donde descansar. ¡No puedo negarme a hacer el bien!
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