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El pan de vida

 

Actualmente, la Iglesia de Jesucristo está experimentado la peor sequía espiritual de

toda su historia. Multitudes de ovejas a punto de morir de hambre les están pidiendo a gritos a sus dirigentes que les den algún alimento vivificante, algo que las sustente en estos tiempos difíciles. Pero con demasiada frecuencia no se les da ni una migaja de alimento espiritual. Salen de la casa de Dios vacías, insatisfechas y débiles. Se han cansado ya de arrastrarse, una y otra vez, hacia una mesa vacía.

¿Quién es este Pan de Dios, del que tan ansiosamente tenemos hambre? Jesús nos dio la respuesta. Dijo: “El pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo” (Juan 6:33). En otras palabras, ¡Cristo mismo es la respuesta! Como el maná que Dios envió para sustentar la vida de los hijos de Israel en el desierto, Jesús es para nosotros el Pan de Dios, el don enviado para sustentar nuestra vida hoy y todos los días.

El Pan de Dios, cuando se come todos los días, produce una calidad de vida que Jesús mismo disfrutó. Cristo participaba en una vida que brotaba directamente de su Padre celestial; una vida, nos dice, que también debe animarnos a nosotros: “Como … yo vivo por el Padre, asimismo, el que me come, él también vivirá por mí” (Juan 6:57) ¡Ese pan es lo que le falta al cristianismo moderno, y es lo que éste necesita desesperadamente!!

Cuanto más una persona se aleje de Cristo, la fuente de toda vida, tanto más se adueña de ella la muerte. Del mismo modo, las iglesias y los ministerios mueren cuando pierden contacto con esa corriente vivificante. En efecto, muchas de esas iglesias y ministerios han decaído lentamente desde hace tiempo. Es por eso que muchos creyentes desilusionados claman a Dios, anhelando una iglesia que tenga alguna vida. Por eso mismo la mayoría de los jóvenes dicen que sus iglesias están “muertas”.

El profeta Amos habló de un día cuando “las doncellas hermosas y los jóvenes desmayarán de sed” (Amos 8:13). Así clamaba Amos: He aquí vienen días, dice el Señor, en los cuales enviaré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Dios.  irán errantes de mar a mar; desde el norte hasta el oriente discurrirán buscando palabra de Yahvé, y no la hallarán.

La verdad es que esa hambre que lleva a la muerte abunda en la casa de Dios hoy. La hambruna está haciendo que muchos creyentes se alejen de la iglesia para ir en busca de algo que satisfaga sus más íntimas necesidades. Ahora las iglesias están plagadas de adulterios, divorcios, psicología antibíblica y evangelios de la Nueva Era. Muchos jóvenes cristianos se están entregando a las drogas y a la inmoralidad sexual en busca de realización.

Cristo les dijo a sus discípulos: “Yo tengo una comida que comer, que vosotros no sabéis … Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:32,34).

También los instruyó así: “Trabajad, no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará” (Juan 6:27). No nos demos el lujo de soslayar este secreto de fortaleza: Así como Cristo vivía por el Padre, así nosotros debemos recibir nuestra vida alimentándonos de Cristo.

El Pan de Dios se sirve todos los días, como les ocurría a los israelitas con el maná. Dice la Biblia que Dios le dio maná a su pueblo para humillarlo (Deuteronomio 8:16). Los israelitas no fueron humillados porque fuera alimento de mala calidad; ya que en realidad era “pan de ángeles” (véase Salmo 78:25). Fueron humillados porque cada día tenían que buscar el alimento. Eso les recordaba que era Dios quien tenía, la llave de la despensa. Estaban obligados a esperar en El y a reconocer que sólo Él era la fuente.

Hoy día los cristianos son humillados del mismo modo. Dios nos dice que lo que comimos de Cristo ayer no va a satisfacer nuestra necesidad hoy. Debemos admitir que nos vamos a morir de hambre espiritualmente y vamos a quedar débiles y desamparados si no recibimos nuestro suministro fresco y diario de Pan celestial. Debemos acercarnos con frecuencia a la mesa del Señor. Debemos acostumbrarnos a la idea de que nunca llegará un momento en nuestra vida en que se nos dé una ración de fortaleza para más de un día. Al aumentar nuestra hambre de Cristo, encontraremos que nuestra confianza en Él está bien fundada. Al acercarnos más a Él y al conocerlo mejor, todo eso cambia. Significa que no nos limitamos a venir a Él en busca de ayuda cuando se nos están acabando los recursos; más bien, comenzamos a andar con Él tan cerca que lo escuchamos advertirnos de las pruebas que se aproximan.

El corazón confiado siempre dice: “Todos mis pasos son ordenados por el Señor". Él es mi Padre amoroso, y Él permite mis sufrimientos, tentaciones y pruebas; pero nunca más de lo que puedo soportar, porque siempre ofrece vías de escape. Él tiene para mí un plan eterno y un propósito. Ha contado todos los cabellos de mi cabeza, y fue Él quien formó todos mis miembros cuando yo estaba en el vientre de mi madre. Él sabe cuándo me siento, cuándo me levanto o me acuesto, porque soy la niña de sus ojos. Él es el Señor; no sólo sobre mí, sino también sobre todo otro acontecimiento y situación que tenga que ver conmigo.

En realidad, la fe consiste en saber quién es Dios. Consiste en familiarizarse con su gloria y majestad; porque quienes mejor conocen a Dios son quienes más confían en Él.

“Por la fe Enoc fue traspuesto.” Esta es una verdad formidable, que casi trasciende nuestra comprensión. Toda la fe de Enoc estaba centrada en el único gran deseo de su corazón: estar con el Señor. Y Dios lo trasladó, en respuesta a su fe. Enoc ya no podía soportar estar detrás del velo; simplemente tenía que ver al Señor. Oraba, con fe en que Dios iba a responder a su clamor de estar en su presencia real. Tanto aborrecía el mundo terrenal, que le decía a Dios: “Ven, Señor; aquí no hay nada para mí.” Pensemos en cómo la mayoría de los cristianos malgastamos lo que llamamos fe. La fe algunas veces está centrada por completo nuestro yo: nuestras propias necesidades, nuestros propios caprichos. ¿Dónde están los Enoc de hoy, que invierten su fe en creer que han de ser trasladados fuera de la oscuridad de la maldad hacia las manos del Hijo amado de Dios?

Cuando caminamos con el Señor somos recompensados con luz, dirección, discernimiento, revelación: con un “conocimiento” seguro que Dios nos da. Zacarías profetizó que Cristo vendría “para dar luz a los que habitan en tinieblas … para encaminar nuestros pies” (Lucas1:79). En la medida en que día a día vamos muriendo a este mundo, esa luz adquiere más brillantez dentro de nosotros.

 

Comentarios

  1. Total, necesitamos cada día de su presencia en nuestras vidas, separados de Él nada podemos hacer. Él es el pan de vida. Bendiciones. Hermosa reflexión.

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