Tener sentido del ridículo…
Por un lado, ridículo puede proceder de reticŭlus,
un vocablo latino. En este caso, la noción hace referencia a una bolsa de
mano que utilizaban las mujeres para
trasladar ciertas pertenencias menores, como los pañuelos.
Más usual es el uso de la palabra ridículo cuando se la
toma como una derivación de ridicŭlus: ridículo se convierte
entonces en algo extravagante, raro o peculiar. Por ejemplo: “Nunca
usaría un pantalón tan ridículo”, “No entiendo por qué la cantante
ahora se viste de manera ridícula, si cuando comenzó su carrera era muy
elegante”, “Le consulté acerca de la actividad de su hijo y me dio
una respuesta ridícula que no comprendí”.
Lo ridículo, por lo tanto, puede ser algo absurdo que provoca burlas.
Un hombre que
asiste a un casamiento con una camisa violeta con lunares amarillos podrá
ser calificado como ridículo ya que dicha vestimenta es estrafalaria y no
respeta los criterios elementales de la elegancia.
El ridículo existe. Hay gente que lo hace, que lo
hizo y que lo hará. Hay comportamientos que lo son, lo han sido y lo serán. Se
preguntaba el añorado Gustavo Bueno, que se lo preguntaba todo, qué
podía ser lo ridículo y ya encontraba un quid de la cuestión,
la relación que podemos establecer de lo que alguien dice o hace con lo que
debiera decir o hacer si conociera esencialmente la realidad y la verdad. Dostoyevski,
más prudente, no sabía qué era, pero sí comprendía el temor que muchos le
tenían, especialmente entre los adolescentes. "Es una especie de
locura. El diablo se ha transformado en amor propio para apoderarse de la
generación actual", sentenció su Aliocha en Los hermanos
Karamazov.
Por eso, hay gente que no tiene sentido del ridículo. Lo
hace y no siente estar haciéndolo. Está como abducido por una alienación, una
demencia, de la que no es consciente.
Así mismo, la vergüenza ajena, también conocida como
"vergüenza vicaria" o "vergüenza por otros", es una
respuesta empática que refleja nuestra capacidad de ponernos en el lugar de los
demás. Cuando alguien a nuestro alrededor hace algo embarazoso, tendemos a
imaginar cómo nos sentiríamos si estuviéramos en su situación, lo que nos
provoca una sensación de incomodidad y vergüenza.
La vergüenza ajena es un término español que da nombre a una
emoción universal. Lo recoge la historiadora cultural Tiffany Watt Smith en su
The Book of Human Emotions, citándolo en castellano y calificando este
sentimiento de “tortura exquisita”.
La vergüenza ajena más intensa se reserva para la gente a
la que le resbala todo y se cree muy importante. Parecen no sentir la
vergüenza que deberían, así que nos quedamos con una buena ración en su
nombre”, escribe la autora. El escarnio es doble: tanto por cometer un error
como por no reconocerlo.
La autora del libro «El libro de las emociones humanas», asegura que sentir vergüenza ajena es una doble tortura. Por un lado, si otra persona comete un error podemos llegar a sentirla, y por otro, sin ser necesario el error, ya que basta que consideremos que la conducta ajena es digna de avergonzarse para sentir vergüenza ajena.
La historiadora asegura que los momentos en que sentimos
más vergüenza ajena es cuando al protagonista de la acción es importante parece
importarle bien poco lo que hace. En este caso nos quedamos nosotros con la
vergüenza que debería estar pasando. Como Paulus, también afirma que se trata
de una emoción empática, ya que nos ponemos en la piel de la otra persona.
Largos vestidos (stolais: 12, 38). No son nada en sí, no se
sienten seguros por dentro y por eso necesitan crear una apariencia. Viven de
fachada, enmascarados detrás de unas telas y adornos que sirven para
distinguirse de los otros e imponerles su dominio. En ellos critica Jesús la mentira
de un tipo de vestiduras que la Ley israelita (y las costumbres rituales de
muchas iglesias, incluidas las cristianas) ha preceptuado para sacerdotes y
ministros religiosos (no sólo cuando ofician en el culto, sino en la vida
diaria). Jesús la condena como expresión de poder falso (en la línea de 7,
3-5).
La religión se ha convertido para algunos hombres y para
algunas mujeres también... en principio de honor: les hace medrar, les da
seguridad material (un vestido distinto, reverencia externa). Ese es un gesto
de ostentación, una especie de patología que se expresa en dos formas
contrapuestas y sin embargo complementarias: aparentar ante Dios (mucha
sinagoga, rezo visible) y aprovecharse de los otros (banquetean con ricos,
devoran a las viudas pobres).
La ansiedad por la comida (supervivencia) y la ambición por
el vestido (apariencia) convierten la existencia de muchos en angustia y
guerra. Por encima de esas preocupaciones, sitúa Jesús la búsqueda del Reino,
que se funda en Dios y que libera al hombre para la gracia. Ciertamente, los cuervos no siembran ni siegan, y los lirios no hilan ni tejen; los hombres, en
cambio, deben sembrar-segar e hilar-tejer si quieren comer y vestirse (cf. Gen
2); pero han de hacerlo sin el agobio que les vuelve esclavos de la producción,
del consumo y de la apariencia.
La angustia por los vestidos destruye a los hombres y a
las mujeres también… y les hace enemigos. En ese contexto habla Jesús de
una contemplación gozosa, que permite disfrutar de la belleza de los lirios
(¡ni Salomón se vistió como uno de ellos!), sin necesidad de angustiarse por el
vestido en cuanto tal. Ciertamente, los hombres trabajan para vivir: siembran y
siegan (a diferencia de las aves), hilan y tejen (a diferencia de las flores);
pero su trabajo no puede entenderse como esclavitud y agobio, sino como
expresión y expansión peculiar de una gratuidad superior. E
Este Jesús de Mt 23 no habría aceptado un tipo de mística de
la jerarquía que desarrolla con bastante rapidez en la Iglesia (aparece ya en
Ignacio de Antioquía). Tampoco habría aceptado el tipo de vestidos sagrados de
la Iglesia posterior, propios de obispos y presbíteros e incluso de monjes y
monjas. Jesús se opone a la ostentación de unos vestidos judíos, con su Talit
de flecos y sus Tefilim. Evidentemente, se habría opuesto al despliegue todavía
más ostentoso de muchas vestiduras cristianas posteriores (a pesar de las
razones sagradas que se han podido dar para su despliegue y mantenimiento).


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