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La izquierda es culpable del avance de la ultraderecha…

Si algo caracteriza a la derecha es la unidad. No existe gente más disciplinada, organizada y fundida en torno a su jefe, que la de la derecha. Es monolítica por instinto. Sabe muy bien, está muy acostumbrada, para qué sirve el poder. Con él puede acumular el dinero. Su olfato por el dinero está muy desarrollado.

¿A quién le puede extrañar que la extrema derecha se haga con la bandera de la libertad, de la seguridad o la soberanía nacional mientras las izquierdas no disimulan su complicidad con los grandes poderes, se hacen militaristas y se dedican a plantear la tauromaquia como gran problema político o a hacer creer que en la especie humana no hay diferentes sexos masculino y femenino, según los casos y por poner algún ejemplo concreto? O mientras que no terminan de pelearse entre ellas y elevan a la categoría de arte el maltrato hacia quienes tratan de poner en marcha sus propios proyectos políticos.

¿Cómo se va a poder evitar que la gente desposeída se eche en brazos de la extrema derecha si los partidos de izquierdas se han convertido en organizaciones cesaristas en donde la militancia apenas participa, ni decide, ni tiene protagonismo diario, o cuyos dirigentes y cargos públicos no son referentes ejemplares para la gente corriente, sino privilegiados que no muestran más interés ni estrategia que mantener sus prebendas?

¿Quién podría haber imaginado hace unos años que partidos y gobiernos considerados progresistas o de izquierda abandonarían la defensa de los derechos humanos más básicos, por ejemplo el derecho a la vida, al trabajo y a la libertad de expresión y de asociación, en nombre de los imperativos del “desarrollo”? ¿Acaso no fue a través de la defensa de esos derechos que consiguieron el apoyo popular y llegaron al poder? ¿Qué ocurre para que el poder, una vez conquistado, vire tan fácil y violentamente en contra de quienes lucharon por encumbrar ese poder? ¿Por qué razón, siendo un poder de las mayorías más pobres, es ejercido en favor de las minorías más ricas?

Afirma Boaventura de Sousas:” En lo que va del Siglo xxi, los partidos socialistas de varios países europeos (Grecia, Portugal y España) mostraron que podían cuidar tan bien los intereses de los acreedores y los especuladores internacionales como cualquier partido de derecha, haciendo aparecer como algo normal que los derechos de los trabajadores fuesen expuestos a la cotización de las Bolsas de Valores y, por lo tanto, devorados por ellos”

Hoy resulta evidente que, en el umbral del siglo XXI, el desarrollo capitalista toca los límites de carga del planeta Tierra. En los últimos meses se han batido varios récords de peligro climático en Estados Unidos, la India, el Ártico, y los fenómenos climáticos extremos se repiten cada vez con mayor frecuencia y gravedad. Prueba de ello son las sequías, las inundaciones, la crisis alimentaria, la especulación con productos agrícolas, la escasez creciente de agua potable, el uso de terrenos agrícolas para agrocombustibles, la deforestación de bosques. Poco a poco se va constando que los factores de la crisis están cada vez más articulados y son, en última instancia, manifestaciones de la misma crisis, que por sus dimensiones se presenta como crisis civilizatoria. Todo está relacionado: la crisis alimentaria, la ambiental, la energética, la especulación financiera sobre las commodities y los recursos naturales, la apropiación y concentración de tierra, la expansión desordenada de la frontera agrícola, la voracidad de la explotación de los recursos naturales, la escasez de agua potable y su privatización, la violencia en el campo, la expulsión de poblaciones de sus tierras ancestrales para dar paso a grandes infraestructuras y megaproyectos, las enfermedades inducidas por la dramática degradación ambiental, con mayor incidencia de cáncer en determinadas zonas rurales, los organismos modificados genéticamente, el consumo de agrotóxicos, etc.

¿Qué sucederá cuando termine el boom de los recursos? ¿Cuando sea evidente que la inversión en “recursos naturales” no fue debidamente compensada por la inversión en “recursos humanos”? ¿Cuando no haya dinero para generosas políticas compensatorias y el empobrecimiento súbito cree un resentimiento difícil de manejar en democracia? ¿Cuando los niveles de enfermedades ambientales sean inaceptables y sobrecarguen los sistemas públicos de salud hasta volverlos insostenibles?

Los 5.000 años de historia de las grandes civilizaciones han estado determinados por la escasez de recursos que debían ser repartidos de forma desigual entre una parte de población, pequeña, que se apropia de la mayoría de recursos, y la mayoría social que debe subsistir a duras penas. ¡El sufrimiento es mayor que el bien y eso es debido a cómo los seres humanos nos organizamos!

 “Abre bien los ojos y mira el mundo que te rodea” escribió Julio Verne en Miguel Strogoff. Ahora que se ha lanzado al ruedo mediático el término posverdad, me parece que una parte importante de los responsables políticos de izquierdas, practican lo que tal concepto significó para su creador: una sociedad que prefiere dar la espalda a las malas noticias, a la realidad, y vivir en una urna de cristal.

El decrecimiento ha llegado para quedarse. Su persistencia acabará con el capitalismo, pues solo puede subsistir con un crecimiento indefinido de la producción y la acumulación. El capitalismo, cuando se hace imposible, da paso al fascismo, como medio de continuar con el modelo hasta poder restaurarlo. Solo si hay una gran conciencia social podremos evitar este aciago designio. Si asumimos que el bien de la sociedad y del planeta está en decrecer voluntariamente de manera ordenada, es posible que haya una oportunidad para la humanidad. Lo contrario es la guerra de todos contra todos por obtener recursos menguantes en un futuro muy incierto.

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