Con Ángel Mato Ferrol no pinta nada.
Muchos militantes coincidimos en que si al
frente de la agrupación de nuestra ciudad tuviéramos a otro representante, con
más peso dentro del partido, esto no estaría ocurriendo.
Tal y como estaba previsto este lunes se celebró en A Coruña
reunión de la ejecutiva provincial del PSOE con el fin de aprobar la
candidatura a las autonómicas, que se enviará a Madrid, en la que constan los
nombres de los miembros que la conformarán de acuerdo con las propuestas de las
distintas ejecutivas locales. Y, en
parte, ha habido sorpresa al figurar en el primer puesto una independiente la
santiaguesa Patricia Iglesias Rey, natural de Carballo, letrada mayor de la
asesoría jurídica del Consello de Contas desde el año 2029.
Curiosamente en los puestos de salida no figura ninguno de los candidatos ferrolanos propuestos por la ejecutiva local, solamente aparece Manuel Santiago Pérez en el número 8.
Así pues, todo candidato, una vez elegido alcalde, sufre de un proceso de transformación que suele defraudar hasta los más cercanos seguidores. Esta transformación hace parte de un proceso natural. El candidato se convierte en el elegido y el elegido deja de ser ese tipo amable, sencillo, decente, amigo, compañero, el gran hombre que transforma lo imposible en soluciones, es un hombre de carne y hueso, imperfecto, un hombre común y corriente. Para evitar estos traumas poselectorales que sienten los votantes, nunca, pero nunca se deje convencer de un candidato cuando utiliza argumentos cómo: Está votando por una buen persona, por el salvador del pueblo, por el amigo, por la mejor opción.
Un mal líder en
cualquier ámbito puede destruir y arruinarlo todo.
Si estamos en la
capacidad de identificarlo, especialmente en el ambiente político, como
sociedad, nos ahorraremos grandes y graves problemas.
Un líder político malo está al servicio de su propio crecimiento y por eso se consagra, antes que al interés común.
El mal político no persuade sino que impone. Por lo tanto, es un dogmático al que no le interesa convencer con argumentos sino que solo le atrae destruir a su adversario, por lo cual no trepida en atacar al mensajero de manera personal.
Los adversarios no
son factibles en su mundo, porque él se cree dueño de la verdad iluminada.
Un buen líder entiende el liderazgo como una responsabilidad más que como un rango de privilegio.
Trabajando duro y con
hechos y coherencia es como el líder consigue ganarse la confianza de su equipo.
Predicar con el ejemplo o leading by doing, como dicen los anglosajones, es la
mejor manera de inspirar a los colaboradores e impregnar toda la organización
con el estilo de liderazgo deseado. Porque, al final, todo buen líder sabe que
se debe a su equipo. El buen líder no
teme el éxito de sus colaboradores, sino que les anima a buscarlo y se alegra
de sus triunfos, que siente como propios. Por eso se rodea de gente
competente y brillante, busca a los mejores y consigue que le sigan. Porque, como dice Drucker en el libro esencial (Editorial Edhasa), “un líder es alguien que tiene seguidores”
y es capaz de crear ilusión. Y añado: también es capaz de arrancar compromiso
en los demás a través de su autoridad, no de su poder.
El filosofo español, Jose
Ortega y Gasset, quien tuvo una importante influencia, como pensador, tanto
en Europa como en América Latina, durante la primera mitad del siglo 20,
escribió que existen dos tipos de políticos, los pusilánimes pequeños hombres y
los magnánimos “almas grandes”.
El magnánimo nos dice
Gasset es aquel hombre que tiene una visión creadora, la vida para él es
hacer grandes obras, producir obras de
gran calibre. En tanto, el pusilánime carece de visión solo vive para sí
mismo, es decir para sus propios intereses.
El pusilánime jamás construye simplemente camina sobre la ya hecho por otros. Como no tiene nada que hacer carece de proyectos, por lo regular su proceder o su manera de actuar es movida casi siempre por intereses personales, subjetivos.
Ferrol necesita de
servidores públicos --sobre todo los que se encuentran en puestos claves—con
las características no de un pusilánime sino con las características de un
magnánimo. Claro está, en el sentido que describe Ortega y Gasset.
Este filósofo español describe así a ambos políticos: el magnánimo es un hombre que tiene misión creadora; vivir y ser es para él hacer grandes cosas, producir obras de gran calibre; mientras que el pusilánime, en cambio, carece de misión, y vivir es para él simplemente existir él, conservarse, andar entre las cosas que están ya ahí, hechas por otros, sean sistemas intelectuales, estilos artísticos, instituciones, normas tradicionales o situaciones de poder público.
Ortega y Gasset
sostiene que lo que nunca comprenderá el pusilánime es que para ciertos hombres
la delicia suprema es el esfuerzo frenético de crear cosas, como lo hace el
pintor, el escritor o el político que organiza el Estado.


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