Una iglesia que se muere…
El catolicismo romano forma un cuerpo altamente
jerarquizado, transnacionalizado y de pesada rigidez institucional. Se compone de clérigos, que tienen el poder
de decisión; de laicos, que participan de la vida eclesial bajo la orientación
de los clérigos, y de religiosos que se dedican a la búsqueda explícita de la
santidad al servicio de Dios y del mundo, y pueden ser clérigos o laicos.
¿Puede y debe ser alterada la estructura de la Iglesia o debemos contar con ella por los siglos venideros hasta el Juicio Final? ¿Los intentos de transformación institucional estarán condenadas al fracaso, a la persecución, a la excomunión y a la ruptura de la unidad, tal como ha sucedido a lo largo de la historia?
Creo que el Papa Francisco tiene en mente una iglesia fuera de los palacios y de los símbolos del poder. Lo mostró al aparecer en público. Normalmente los Papas y Ratzinger principalmente ponían sobre los hombros la muceta, esa capita corta bordada en oro que sólo los emperadores podían usar. El Papa Francisco llegó sólo vestido de blanco. En su discurso inaugural se destacan tres puntos, de gran significado simbólico.
El primero: dijo que quiere «presidir en la caridad», algo que se pedía desde la Reforma y los mejores teólogos del ecumenismo. El Papa no debe presidir como un monarca absoluto, revestido de poder sagrado, como prevé la ley canónica. Según Jesús, debe presidir en el amor y fortalecer la fe de los hermanos y hermanas.
El segundo: dio centralidad al Pueblo de Dios, como destaca el Concilio Vaticano II, pero dejado de lado por los dos papas anteriores en favor de la jerarquía. El Papa Francisco pide humildemente al pueblo de Dios que rece por él y lo bendiga. Sólo después él bendecirá al pueblo de Dios. Esto significa que él está allí para servir y no para ser servido. Pide que le ayuden a construir un camino juntos y clama por fraternidad para toda la humanidad, donde los seres humanos no se reconocen como hermanos y hermanas sino atados a las fuerzas de la economía.
Por último, evitó todo espectáculo de la figura del Papa. No extendió ambos brazos para saludar a la gente. Se quedó inmóvil, serio y sobrio, yo diría, casi asustado. Solamente se veía una figura blanca que saludaba con cariño a la gente. Pero irradiaba paz y confianza. Mostró humor hablando sin la retórica oficialista, como un pastor habla a sus fieles.
Vale la pena
mencionar que es un Papa que viene de Gran Sur, donde están los más pobres de
la humanidad y donde vive el 60% de los católicos. Con su experiencia como
pastor, con una nueva visión de las cosas, desde abajo, podrá reformar la
Curia, descentralizar la administración y dar un rostro nuevo y creíble a la
Iglesia.
¿Qué sucedería si al Papa en vez de llamarlo «Vicario de Cristo», «Sumo Pontífice», «Su Santidad», «Cabeza de la Iglesia» lo llamáramos «obispo de Roma y sucesor de Pedro»? Seguramente esto nos permitiría un diálogo más ecuménico con las otras Iglesias y nos ofrecería una imagen muy diferente, teórica y práctica, de la misión del primado petrino en la Iglesia.
¿Qué sucedería si en
vez de hablar de «misa» o incluso de «eucaristía» habláramos de la «cena del
Señor» y de la «fracción del pan»? Seguramente estas denominaciones no solo nos
acercarían más a la Escritura y a la Iglesia primitiva, sino que nos ayudarían
a comprender mejor su simbolismo central, que es el de una comida partida,
repartida y compartida.
¿Qué pasaría si en lugar de hablar de «laicos» y de teología del «laicado» habláramos simplemente de «bautizados» y de teología del «bautismo»? Seguramente esta palabra sería más comprensible y nos acercaría a nuestra vocación básica, esencial y común de todos los miembros de la Iglesia, sujetos activos y responsables, aunque tengamos diferentes misiones y carismas en la comunidad eclesial.
¿Qué pasaría si en lugar de hablar de «sacerdotes» habláramos de «servidores de la comunidad»? Seguramente esto facilitaría una concepción y una praxis del ministerio menos ligada al poder y más dirigida al servicio de la comunidad, más semejante a ese Jesús que vino a servir y no a ser servido.
¿Qué pasaría si en
lugar de hablar genéricamente de «los pobres» habláramos de «rostros concretos»
de pobres? de los desempleados que
buscan trabajo, de los emigrantes, de las mujeres maltratadas y abandonadas, de
los niños sin hogar, de los enfermos de Alzheimer, de los sin techo, de los
ancianos solitarios, de todos los que tienen la vida amenazada… Seguramente
nuestra solidaridad sería más viva y activa.
El Papa Francisco
tiene un proyecto de la Iglesia, pobre, sencilla, evangélica y desprovista de
todo poder. Es una Iglesia que anda por los caminos junto con los últimos,
que crea las primeras comunidades de hermanos que rezan el breviario bajo los
árboles con los pajaritos. Es una Iglesia ecológica que llama a todos los seres
con las dulces palabras de «hermanos y hermanas». Francisco fue obediente a la
Iglesia y a los papas y al mismo tiempo siguió su propio camino con el evangelio de la pobreza en la mano.
Entonces escribió el teólogo Joseph Ratzinger: «El no de Francisco a ese tipo
imperial de Iglesia no podía ser más radical, es lo que podríamos llamar una
protesta profética» (en Zeit Jesu, Herder 1970, 269). Francisco no habla, simplemente inaugura lo nuevo.
Así, pues, la utopía de Jesús de una comunidad fraternal donde todos sean hermanos y hermanas, sin divisiones ni títulos (cf. Mt, 23, 8 y ss.) es sustituída por la mecánica del poder centralizado del clero que garantiza hasta el fin de los tiempos, así piensan los clérigos, la reproducción de los instrumentos de salvación.
Sin embargo, el sueño
de Jesús no ha muerto, transmigró a los movimientos espiritualistas, monacales,
mendicantes y, de manera general, hacia la vida religiosa, pero también hacia
el camino del seguimiento evangélico, de la devoción y de la búsqueda de
santidad de los cristianos, reducidos a laicos, en sus diferentes estados de
vida. En estas instancias no
clericales, el poder se ejercerá como servicio participativo, reinará una
democracia interna y las relaciones serán más igualitarias, sororales y
fraternales.
Lo que se nos pide es
reavivar mucho más en toda Iglesia la confianza en Jesús resucitado,
movilizarnos para ponerlo sin miedo en el centro de nuestras parroquias y
comunidades, y concentrar todas nuestras fuerzas en escuchar bien lo que su
Espíritu nos está diciendo hoy a sus seguidores.


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