Ignacio Frutos, hizo un llamando el pasado viernes a la unidad, a la defensa de la familia y a un trabajo común de la ciudadanía.
Así, pues, la Navidad es tiempo de preguntarnos cómo ser mejores personas y cómo hacer de nuestro mundo un lugar mejor para vivir. Cómo crecer en justicia social para que no haya nadie que pase necesidad entre nosotros (Hc 2, 45) y como trabajar para empujar la Iglesia hacia una mayor sinodalidad, una mayor comunidad, una mayor igualdad de todos sus miembros.
El nacimiento de Jesús es un hecho histórico, que expresa y proclama el nacimiento de Dios en la historia de los hombres. No nace en el palacio del rey, ni en la catedral de las religiones, sino en un descampado, entre los no aceptamos por la sociedad que esta noche celebra sus grandes cenas. No, no está allí, en esas cenas, está fuera.
No está allí la televisión para recoger el acontecimiento,
ni el emperador de Roma, ni el sacerdote de Jerusalén, ni el sabio de Atenas,
ni el místico de la India, ni el comerciante de China, ni el chamán de Siberia…
No hay nadie a quien Dios pueda contar
su historia… a no ser unos “pastores”, es decir, es decir, unas personas que no
están inscritas en los grandes censos. Ellos, los pastores, eran en aquel
tiempo, los irregulares, como si hoy dijéramos: los que no tienen casa, ni
cena, ni seguridad, los caminantes, exiliados, inmigrantes…
Ellos, los pastores, guardianes de ganado sobre el campo,
vigilando en la noche sus rebaños en guardia defensiva (no guerrera), serán
privilegiados de la gran esperanza de Dios. Ellos son los herederos de las
promesas de David. La ciudad del rey (Belén) está cerrada, no ha querido
recibir a su Mesías. Pero hay otra ciudad regia y misteriosa, el verdadero
Belén de David y del Mesías, en los campos del entorno, en el pesebre abierto
en los rediles, en las guardias de la noche, mientras velan los pastores.
Ellos, los pastores
de la vida trabajosa, israelitas impuros (no pueden cumplir los reglamentos de
la ley), despreciados por los fieles rabinos de la tierra, son portadores de la
gran esperanza. Cuando llega el momento del rey mesiánico no salen a la escena
los reyes del mundo (César Augusto), ni los grandes maestros de Israel con sus
sacerdotes (ni siquiera Zacarías,) sino sólo unos pastores.
También expresan la esperanza universal, pues los otros títulos que el ángel evoca para el niño (Sôter o Salvador y Kyrios o Gran Rey) pertenecen al deseo de salvación de la humanidad. Pueden entenderse en plano israelita, pero en sí mismos desbordan ese espacio y pueden (deben) proyectarse sobre un fondo universal.
Ignacio frutos también afirmó: “La familia es el pilar y núcleo de toda comunidad, un refugio de amor y comprensión en tiempos de dificultad. Son nuestros padres, hijos, hermanos y abuelos quienes nos dan fuerza y apoyo en cada paso que damos Es el lugar donde aprendemos nuestros valores, donde compartimos nuestras alegrías y donde encontramos apoyo incondicional en nuestros desafíos. Hoy es un día para recordar lo esencial que es la unidad familiar para el bienestar de la sociedad en su conjunto”.
Así es, en esta época compartir las tradiciones en familia y transmitir la importancia de dar y recibir amor, de ser solidarios, de alimentar el espíritu y de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, se convierten en el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros seres queridos. Es un tiempo para renovar la fe en Dios, amar a los demás, y poner en alto el amor y paz. Para ello es fundamental compartir con los hijos los valores y enseñarles que la felicidad no solo está en los obsequios y en los regalos materiales.
Así, pues, en la Sagrada Familia podemos ver a todas las familias: todo el amor, toda la belleza, toda la verdad que Dios tiene en sí, así como la entrega que Dios hace a la familia. En este tiempo, contemplamos uno de los misterios más bellos y hermosos del cristianismo: que Dios no quiso venir al mundo nada más que por medio de una familia, quiso tener un hogar familiar y un nombre precioso, Enmanuel, Dios con nosotros (Mt 1, 23). Contempla en Belén a la familia y anímate a soñar, a construir, a jugarte la vida en hacer un mundo con familias así.
Lo primordial es disfrutar
con alegría y espiritualidad. Transmitir a nuestros hijos el mensaje de renovación de fe y la
alegría que acompaña las tradiciones navideñas. Estas son maneras de
cultivar el espíritu y encontrar felicidad en el interior de cada uno.
Reflexionar y orar juntos, hablar sobre el significado de la Navidad en las
distintas tradiciones religiosas, contar anécdotas sobre la celebración de
estas tradiciones en la familia, son una manera de fortalecer el espíritu
navideño.
Compartir con las personas queridas, para dar, no solo para recibir. La Navidad es tiempo de costumbres que invitan a participar de un mensaje de amor y de entrega. Motiva a tus hijos a pensar en los demás sin limitarse a sus amigos cercanos o conocidos. Enséñales a compartir con aquellos que lo necesiten, a ser solidarios y a estar dispuestos a dar desinteresadamente. No obsesionarse con la lista de regalos.
Que la Navidad nos
conceda un poco de aquella luz que viene de la Estrella que llenó de alegría a
los pastores de los campos de Belén y que orientó a los sabios-magos hacia la
gruta. "Su luz ilumina a todas las personas que vienen a este mundo” (Jn
1,9), a ti y a mí, a todos, no sólo a los bautizados". Feliz Navidad.


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