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Ignacio Frutos, hizo un llamando el pasado viernes a la unidad, a la defensa de la familia y a un trabajo común de la ciudadanía.


 Entre otras cosas, afirmó: “Parece como si durante estas fiestas, aparcáramos nuestras diferencias, y nos deseáramos lo mejor, siendo un tiempo de reflexión, adoración y agradecimiento, generosidad y amor a los demás, asociados con el espíritu de dar y compartir nuestras alegrías, nuestras ilusiones y nuestras ganas de que se hagan presentes en nuestras vidas los sueños de una vida mejor para todos” afirma. “Hagamos un esfuerzo extra por ayudar a quienes más lo necesitan, ya sea a través de donaciones, voluntariado o simplemente un acto de amabilidad, cada pequeño gesto puede marcar la diferencia en la vida de alguien. Es también un momento para la convivencia y la unidad, es tiempo de unión familiar, es una época en la que muchas personas se reúnen con sus seres queridos, siendo un momento especial para fortalecer los lazos familiares, compartir momentos felices y afianzar nuestros valores familiares, que son los que fortalecen los lazos de unión, respeto y confianza”, añade

Así, pues, la Navidad es tiempo de preguntarnos cómo ser mejores personas y cómo hacer de nuestro mundo un lugar mejor para vivir. Cómo crecer en justicia social para que no haya nadie que pase necesidad entre nosotros (Hc 2, 45) y como trabajar para empujar la Iglesia hacia una mayor sinodalidad, una mayor comunidad, una mayor igualdad de todos sus miembros.

El nacimiento de Jesús es un hecho histórico, que expresa y proclama el nacimiento de Dios en la historia de los hombres. No nace en el palacio del rey, ni en la catedral de las religiones, sino en un descampado, entre los no aceptamos por la sociedad que esta noche celebra sus grandes cenas. No, no está allí, en esas cenas, está fuera.

No está allí la televisión para recoger el acontecimiento, ni el emperador de Roma, ni el sacerdote de Jerusalén, ni el sabio de Atenas, ni el místico de la India, ni el comerciante de China, ni el chamán de Siberia… No hay nadie a quien Dios pueda contar su historia… a no ser unos “pastores”, es decir, es decir, unas personas que no están inscritas en los grandes censos. Ellos, los pastores, eran en aquel tiempo, los irregulares, como si hoy dijéramos: los que no tienen casa, ni cena, ni seguridad, los caminantes, exiliados, inmigrantes…

Ellos, los pastores, guardianes de ganado sobre el campo, vigilando en la noche sus rebaños en guardia defensiva (no guerrera), serán privilegiados de la gran esperanza de Dios. Ellos son los herederos de las promesas de David. La ciudad del rey (Belén) está cerrada, no ha querido recibir a su Mesías. Pero hay otra ciudad regia y misteriosa, el verdadero Belén de David y del Mesías, en los campos del entorno, en el pesebre abierto en los rediles, en las guardias de la noche, mientras velan los pastores.

Ellos, los pastores de la vida trabajosa, israelitas impuros (no pueden cumplir los reglamentos de la ley), despreciados por los fieles rabinos de la tierra, son portadores de la gran esperanza. Cuando llega el momento del rey mesiánico no salen a la escena los reyes del mundo (César Augusto), ni los grandes maestros de Israel con sus sacerdotes (ni siquiera Zacarías,) sino sólo unos pastores.

También expresan la esperanza universal, pues los otros títulos que el ángel evoca para el niño (Sôter o Salvador y Kyrios o Gran Rey) pertenecen al deseo de salvación de la humanidad. Pueden entenderse en plano israelita, pero en sí mismos desbordan ese espacio y pueden (deben) proyectarse sobre un fondo universal.

Ignacio frutos también afirmó: “La familia es el pilar y núcleo de toda comunidad, un refugio de amor y comprensión en tiempos de dificultad. Son nuestros padres, hijos, hermanos y abuelos quienes nos dan fuerza y apoyo en cada paso que damos Es el lugar donde aprendemos nuestros valores, donde compartimos nuestras alegrías y donde encontramos apoyo incondicional en nuestros desafíos. Hoy es un día para recordar lo esencial que es la unidad familiar para el bienestar de la sociedad en su conjunto”.

Así  es,  en esta época compartir las tradiciones en familia y transmitir la importancia de dar y recibir amor, de ser solidarios, de alimentar el espíritu y de disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, se convierten en el mejor regalo que podemos ofrecer a nuestros seres queridos. Es un tiempo para renovar la fe en Dios, amar a los demás, y poner en alto el amor y paz. Para ello es fundamental compartir con los hijos los valores y enseñarles que la felicidad no solo está en los obsequios y en los regalos materiales.

Así, pues, en la Sagrada Familia podemos ver a todas las familias: todo el amor, toda la belleza, toda la verdad que Dios tiene en sí, así como la entrega que Dios hace a la familia. En este tiempo, contemplamos uno de los misterios más bellos y hermosos del cristianismo: que Dios no quiso venir al mundo nada más que por medio de una familia, quiso tener un hogar familiar y un nombre precioso, Enmanuel, Dios con nosotros (Mt 1, 23). Contempla en Belén a la familia y anímate a soñar, a construir, a jugarte la vida en hacer un mundo con familias así.

Lo primordial es disfrutar con alegría y espiritualidad. Transmitir a nuestros  hijos el mensaje de renovación de fe y la alegría que acompaña las tradiciones navideñas. Estas son maneras de cultivar el espíritu y encontrar felicidad en el interior de cada uno. Reflexionar y orar juntos, hablar sobre el significado de la Navidad en las distintas tradiciones religiosas, contar anécdotas sobre la celebración de estas tradiciones en la familia, son una manera de fortalecer el espíritu navideño.

Compartir con las personas queridas, para dar, no solo para recibir. La Navidad es tiempo de costumbres que invitan a participar de un mensaje de amor y de entrega. Motiva a tus hijos a pensar en los demás sin limitarse a sus amigos cercanos o conocidos. Enséñales a compartir con aquellos que lo necesiten, a ser solidarios y a estar dispuestos a dar desinteresadamente. No obsesionarse con la lista de regalos.

Que la Navidad nos conceda un poco de aquella luz que viene de la Estrella que llenó de alegría a los pastores de los campos de Belén y que orientó a los sabios-magos hacia la gruta. "Su luz ilumina a todas las personas que vienen a este mundo” (Jn 1,9), a ti y a mí, a todos, no sólo a los bautizados". Feliz Navidad.

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