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Ignacio Ellacuría: "Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad"


 La parábola del buen samaritano forma parte del patrimonio literario y ético de la humanidad. El ejemplo del samarita­no compasivo desborda su contexto religioso originario para convertirse en referente ineludible de personas e instituciones dedicadas a vendar las heridas de los apaleados y despojados que, en toda época histórica, han sido arrojados a las cunetas de los sistemas sociales vigentes. 

Como todo relato metafórico, la parábola desvela siempre sentidos nuevos cada vez que es escuchada.  ¿Qué novedad aporta un texto narrado hace más de dos mil años, a las samaritanas y samaritanos del siglo XXI?, la historia de aquel hombre anónimo apaleado en un pequeño rincón de la Palestina del siglo I ¿es significativa para los tiempos  actuales? La respuesta será afirmativa si conseguimos acceder a las enseñanzas que la parábola esconde en cuanto na­rración.

El relato del buen samaritano no sólo nos dice lo que hay que hacer con respecto al prójimo, también nos indica có­mo hay que hacerlo. La narración nos propone un itinerario pedagógico de la acción caritativa, una «hoja de ruta» pa­ra el ejercicio de la solidaridad.

"Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad", esta es la tríada que propuso Ignacio Ellacuría para conocer la realidad.

En diálogo con su maestro Zubiri, el mártir salvadoreño expande la «inteligencia sentiente» zubiriana hacia el campo de la acción, afirmando tres momentos en el conocimiento de la re­alidad: «se conoce la realidad cuando, además de hacerse cargo de la realidad (momento noético) y de cargar con la re­alidad (momento ético), uno se encarga de la realidad (momento práxico)».

Tres momentos perfectamente identificables en la parábola del buen samari­tano y que ponen de relieve las notas fundamentales del servicio samaritano, a saber: inteligencia, compasión y com­promiso.

El primer paso para otro mundo posible será ver la realidad tal cual es. Un primer momento noético que, en palabras de Jon Sobrino, exige la honradez con lo real: se trata de llegar a captar la verdad y llegar a responder a la realidad, no sólo como superación de la ignorancia y de la indiferencia sino ante y contra la innata tendencia de someter la verdad y dar positivamente un rodeo ante la realidad.

La ideología neoliberal que, de facto, conforma las cosmovisiones de nuestras democracias occidentales, tiende a invisibilizar a las víctimas. El capitalismo salvaje justifica la existencia de pobres en un contexto de sobreabundancia como un desajuste inevitable del sistema que se puede resolver con recursos asistenciales y políticas de control social.

«Avaro es el que no se contenta con lo necesario, y ladrón el que quita lo suyo a otros. Y tú, ¿no eres avaro ni ladrón, si estás apropiándote de lo que se te dio sólo para que lo administrases? Si llamamos ladrón a aquel que desnuda a un vestido, vamos a llamar de otra manera al que no viste a un desnudo, pudiéndolo hacer? El pan que tú retienes es el del hambriento. Los vestidos que guardas en tus arcas son del desnudo. El calzado que se pudre en tu casa es del que va descalzo. Y en resumen: estás ofendiendo a todos cuantos puedes socorrer». San Basilio, «Homilía sobre la parábola del rico insensato (Lc 12)

Resulta aterrador observar cómo las clases más desfavorecidas son las más influenciables por la seducción de los reclamos publicitarios. Familias endeudadas de por vida, para comprar el modelo de coche más lujoso, la televisión de plasma o el ordenador portátil de última generación. Productos superfluos que funcionan como fetiches de existencia: «soy lo que tengo». «Consumos emulativos» que funcionan a través de comparaciones: queremos tener lo que tiene el vecino, queremos tener lo que aparece en televisión como propio de una clase social ideal a la que quisiéramos pertenecer. «Consumos exitosos» que cifran el «éxito personal» en la exhibición ostentosa de bienes de consumo caros.

La misericordia samaritana no se re­duce a un mero sentimiento empático, incluye además la acción por aliviar el sufrimiento del otro y el riesgo de com­partir su destino. En poco más de una lí­nea, el evangelista Lucas amontona infinidad de acciones: el samaritano se compadece, se acerca, venda al herido, lo monta en su propia cabalgadura, lo lleva a la posada y lo cuida.

Compadecerse, acercarse, vendar, llevar, cuidar… tejen la red de acciones que definen la ayuda samaritana, diferenciándola de propuestas meramente retóricas, modelos asistenciales y ayudas estructurales desencarnadas.

Ante la visión del hombre medio muerto el samaritano se compadece. El término griego (esplagchnisthe) elegido por Lucas para expresar la conmoción del samaritano ante la visión del sufrimiento, significa abrazar visceralmente, con las propias entrañas, los sentimientos o la situación del otro.

No debemos confundir compasión con lástima. La compasión comparte el sufrimiento del otro: padececon. La lástima participa de la conmoción de la compasión pero desde la distancia existencial del que se sabe lejos de la situación del que sufre.

La compasión derriba las asimetrías que pueden darse en la relación ayudador-ayudado. Compadecido y compadecedor se saben igualmente vulnerables. La compasión prevé reciprocidad: «hoy por ti, mañana por mí». La lástima no contempla verse en el lugar del compadecido, la relación que establece con él es asimétrica. El ayudado está desnudo, apaleado y medio muerto, es pura carencia. La lástima ayuda desde el puro don, tiene todo aquello de lo que el otro carece. Asimetría que evidencia una desigualdad estructural sólo salvable desde la limosna convertida en el vehículo de una ayuda siempre unidireccional.

La sociedad neoliberal es muy lastimera y poco compasiva, se conmueve y recauda donativos ante las grandes crisis humanitarias; es muy eficaz organizando mercadillos solidarios, telemaratones, y enviando al lugar de la tragedia a sus profesionales de la solidaridad.

Finalmente, hay una compasión que puede llamarse universal. Es la traducción cristiana del gesto originario del budismo: también nosotros sentimos el dolor de la humanidad que «otea impaciente», aguardando la manifestación de la gloria de Dios. La humanidad entera gime y llora, como en un dolor de parto. Más aún, hasta el Espíritu del Cristo gime con los hombres (Rom 8, 19 s). Pero nosotros vemos las cosas de manera diferente. Sabemos que el camino del dolor no es un vacío: sufre con nosotros, en nosotros, el mismo Hijo de Dios, el Cristo. Por eso conservamos la certeza de que, al fondo del dolor, se esconde un nuevo nacimiento. No intentamos destruir la realidad sino crearla, desde Cristo y con Cristo.


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