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Interesarse por los pobres no termina en una limosna apresurada…


 Jesús compartió su camino con los pobres concretos (en un plano económico), ofreciéndoles no sólo la bienaventuranza del Reino (Lc 6, 20 par), sino un lugar en su mesa, abierta como espacio de encuentro para todos (cf. Mc 6, 30-44; 8, 1-10). Jesús no empezó por convertirles, trazando para ellos un programa penitencial de cambio e inserción en la sociedad constituida, sino que les acogió y reconoció tal como eran, ofreciéndoles a ellos y a todos los hombres, un camino de esperanza mesiánica, una buena nueva de riqueza y reconciliación abierta al Reino.

Desde sus inicios, la Iglesia, fiel al mensaje de su fundador, ha tenido como una de sus principales misiones la atención a los más necesitados. Así, leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos eran solidarios con los pobres: “Nadie vivía en la indigencia, porque todos los que eran propietarios de tierras o de casas las vendían, traían el producto de la venta y lo depositaban en los pies de los apóstoles. Después se distribuía según las necesidades de cada uno”. (Hch 4, 34-35). Aquí, el narrador, San Lucas, nos describe una situación idealizada, pero quiere que esta comunión de bienes sea el modelo al que deben llegar todos los que profesan su fe en Jesús de Nazaret

Hemos olvidado a todos a los que la miseria y la corrupción les han arrojado a los peligrosos caminos de la emigración.  La iglesia debe dar “¡Amor!” Este amor debe seguir siendo siempre el corazón ardiente de la Iglesia, amor trinitario y eucarístico, como recordó el Papa Francisco.

La Iglesia necesita absolutamente escuchar a todos, comenzando por los más pobres. Eso requiere, por su parte, un camino de conversión, que es también un camino de alabanza: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños” ( Lc 10,21). Se trata de escuchar a aquellos que no tienen derecho a la palabra en la sociedad o que se sienten excluidos, también de la Iglesia.

“El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio” (Papa Francisco, 17 de octubre de 2015). No debemos tener miedo de responder a esta llamada.

Así pues, más que una religión en el sentido espiritualista (intimista), más que una organización social (estado bien estructurado), Jesús fundó un movimiento liberador especialmente dirigido a los más pobres (marginados, hambrientos) de su tiempo. De esa forma conoció los varios espacios de opresión de donde provienen actualmente la mayoría de los encarcelados. No se mantuvo en el desierto como Juan Bautista, esperando que llegaran los penitentes, para iniciar con ellos un camino de conversión. No fundó una escuela de sabios hermeneutas de la ley, ni un grupo de orantes separados (=fariseos), sino conoció las opresiones y compartió los sufrimientos de los últimos del mundo, muriendo en el centro de la conflictividad social y humana de su tiempo. Por eso su actitud sólo se entiende y sólo puede asumirse allí donde la iglesia (los cristianos) son capaces de encarnarse como él en el centro de la conflictividad humana…

La Iglesia es la familia de Dios en el mundo. En esta familia nadie debe sufrir porque le falte lo necesario pero, al mismo tiempo, la caridad no conoce fronteras. La acción social de la Iglesia tiene como uno de sus fundamentos el amor de Cristo que nos empuja. El criterio de comportamiento debe ser la parábola del buen samaritano. Los creyentes en Jesucristo deben atender a cualquiera que se encuentre al margen, desvalido y herido, independientemente de cuál sea su origen, credo, condición social o moralidad.

Los creyentes debemos asumir la realidad como Jesús, formando parte en la historia de los pobres y oprimidos. “Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son curados y los pobres son evangelizados”. (Lc 7, 18-23).

Tenemos que compartir los límites, el sufrimiento y el pecado que oprime a los hombres que viven alrededor nuestro, víctimas de las relaciones. ¡No se puede creer en Cristo sin compartir todas estas cosas!

No basta con la buena voluntad, es necesario que todos los que trabajan en la acción social de la Iglesia tengan una preparación adecuada, que les permita estudiar la realidad, que trabajen con un método y con una buena organización. Es imprescindible la colaboración de personal cualificado.

Debemos ver críticamente, denunciando. Siendo valientes en los juicios, opiniones y opciones, sin tener miedo a las consecuencias que se pueden derivar. Ver con esperanza: la realidad personal y la historia como realización del Reino de Dios. Ver desde la utopía un futuro deseable. Ver como personas que se dejan llenar la mirada del nuevo espíritu del Reino de Dios.

Los pobres nos hacen dar cuenta de que el Reino de Dios está lejos de nosotros. Ellos nos evangelizan y nos hacen dar cuenta de que todos, personal y colectivamente, debemos convertirnos.

Por más rico que sea, un hombre no puede conservar por siempre sus bienes, ni salvarse por ellos. Por eso, la misma gran riqueza se termina convirtiendo en angustia en la noche: ¿Qué es lo que tienes? ¿Qué es lo que puedes dar? ¿Cómo vivir en la línea de Jesús, en el plano de la pobreza pasiva y activa, asumiendo la pobreza y ayudando a los pobres?

 “Cada día nos comprometemos a acoger a los pobres, pero no es suficiente”, clama el Papa, quien señala cómo “un río de pobreza atraviesa nuestras ciudades y se hace cada vez más grande hasta desbordarse; ese río parece desbordarnos, tanto que el grito de nuestros hermanos y hermanas que piden ayuda, apoyo y solidaridad se hace cada vez más fuerte”.

Los pobres son personas, tienen rostros, historias, corazones y almas. Son hermanos y hermanas con sus méritos y sus defectos, como todos los demás, y es importante entrar en una relación personal con cada uno de ellos”, concluye el Papa, quien reivindica que “interesarse por los pobres, pues, no termina en una limosna apresurada, sino que exige restablecer las correctas relaciones interpersonales erosionadas por la pobreza”

 

 

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