¿Por qué elegimos malos políticos para que nos gobiernen?
La respuesta a esta pregunta la dio Platón hace una buena cantidad de siglos. La democracia fomenta ciudadanos que, en vez de pensar con la cabeza, piensan o con el estómago o con el corazón, es decir, eligen a sus gobernantes en virtud de los beneficios que puedan conseguir desde un tamal hasta un puesto en la alcaldía, o bien, se deciden por uno u otro candidato por las efervescencias de sus pasiones iracundas o melancólicas.
¿Por qué elegimos tan
mal? Porque lamentablemente, la democracia tiende a ser el gobierno de aquellos
que no se gobiernan a sí mismos, sino que padecen la tiranía de su egoísmo y sus
emociones. Los políticos nos suelen
tratar como niños o jovencitos que no han alcanzado la mayoría de edad, no en
términos cronológicos, sino de desarrollo moral, como también lo llegó a
entender Kant antes que Kohlberg; una cosa es que la voluntad humana sea
esclava de condiciones irracionales que le son externas a su propio juicio, y
otra es dirigir la propia vida a través del razonamiento y la convicción, lo
cual estaría indicando un nivel posconvencional de desarrollo moral.
El electorado no tiene muchas opciones. Considero que el costo de un mal candidato es demasiado grande para toda la población porque un mal candidato siquiera sabrá de gestión pública. No va a poder hacer programas de Gobierno. Y si no tiene un perfil bueno, un perfil político con liderazgo político, fácilmente será manipulado por los sectores que están en su entorno, queda el camino abierto para elegir no lo que es bueno para ti o para tu tribu, sino el mejor bien para todos.
Para estimular a votar, los partidos tienen que postular
buenos candidatos y llegar a acuerdos unitarios que conviertan la victoria
electoral en una meta alcanzable. Los
malos candidatos representan una amenaza para recuperar la confianza en la
institución del voto y retomar la ruta electoral. Los postulados no pueden ser trepadores ni figuras desprestigiadas, con
malos antecedentes que no movilizan a nadie ni contribuyen a vencer la
abstención. Tienen que ser
reconocidos luchadores, distinguidos ciudadanos, de brillante trayectoria, con
autoridad política y moral, capaces de generar un amplio respaldo y animar a
votar.
Desde Maquiavelo ya se hizo evidente que el objeto de la política no era otro que el poder, algo que, sin embargo, había sido velado durante muchos siglos; en parte, por la subordinación de la política a la ética y, en parte, también porque estas relaciones se insertaban en el seno de sociedades tradicionalmente jerárquicas, por lo que la asimetría propia del poder se justificaba por la condición social a la que se ingresaba en el momento de nacer. Pero en los inicios de la Modernidad la política se ha vuelto un juego sucio. Esto tal vez se debe a la evolución que ha sufrido la forma en la que nos comunicamos. Hoy en día existen muchos canales por los cuales cualquier persona se puede expresar y opinar de acuerdo a cómo ve el mundo. Y como toda herramienta depende del uso que le demos, puede usarse para hacer el bien (o al menos lo que la mayoría entendemos por hacer bien) o para hacer el mal. Un ejemplo de esto es un cuchillo, el cual es muy útil en la cocina para cortar los diferentes alimentos o para que un ladrón le quite la vida a otra persona por robarle su dinero.
En las antiguas civilizaciones tanto en Oriente como en
Occidente encontramos autores que señalan la estrecha relación entre ética y
política. En Occidente, uno de los más grandes sabios de la antigüedad fue Aristóteles. Este autor junto con otros
de sus contemporáneos no concebía la política separada de la ética. Ética y
política son una mancuerna que avanza hacia un mismo fin: el bien supremo del
hombre.
Este sabio griego enseñó en sus escritos que todos aquellos
que aspiren a ejercer cargos políticos deberían pasar primero por la ética,
saber noble que permite conocer la naturaleza humana, las distintas costumbres
así como las formas para manejar el carácter y comportamientos de los miembros
de una comunidad. Conocimiento
indispensable que debe dominar todo político que aspire a gobernar, pero
gobernar bien.
Si bien ambas disciplinas se interrelacionan, se percibe una jerarquía. Y no porque una sea más importante que la otra sino porque cada una de ellas cumple una función diferente. Si hiciéramos una analogía con respecto de un edificio, la ética estaría en la base, en los cimientos de la construcción. Y cuando los cimientos son buenos es posible crear la columna que sostenga el edificio y aquí entraría la política. Cuando los principios y valores de una sociedad son excelentes y sólidos es posible tener buenos políticos que aspiren al bien supremo del hombre.
En tanto que existe un mundo corrompido en la política, en
la función pública y en general en los asuntos de gobierno, es posible decir
que hay falta de ética en este ámbito.
Para los estudiosos de los asuntos públicos es triste ver como aquella
disciplina considerara como la “ciencia reina” o “ciencia divina”, que
reclutaba a los mejores hombres, a los más capaces, a los estadistas, a los hombres
buenos, ha degenerado en un espectáculo, en un show donde los actores principales
son maestros del entretenimiento. Vedettes que posan para los medios,
verdaderos bufones que restan seriedad y respeto al cargo.
Cuando la ética se divorcia de la política, aparece la idea maquiavélica de que la política es la lucha por alcanzar el poder, y una vez que obtenido mantenerse en él. Este enfoque, evidentemente, supone un firme rechazo a la ética y a sus valores.
Ante la pregunta de
qué hacer ante esta situación, Aristóteles nos ofrece la respuesta de forma clara
y tajante. Nos dice: “Si el alma de un hombre está enferma o es mala, para
evitar que él haga nada malo, debe ser apartado de las riquezas, del gobierno y
del poder (...)” (Arist., Gran Ética, Libro II, Cap. III. 138).
La separación de la ética y la política ha conducido a la humanidad, además de a la perversión de la disciplina más noble, a situaciones de corrupción e injusticia, que conllevan a la infelicidad de sus miembros.
Finalmente, y con
ello termino, para Aristóteles la ética busca lo “bueno, lo bello y lo útil”,
por lo que, en palabras del autor “conducirse éticamente significa querer el
bien por sí mismo. El bien es ciertamente deseable cuando interesa a un
individuo pero se reviste de un carácter más bello y más divino cuando interesa
a un pueblo y a un Estado”. (Arist., EN 1094b 10-12).


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