Resurrección, mutación divina de la vida humana.
Elisabet - Kübler Ross, La doctora que ayudó a morir a, miles de personas, sobre todo a niños, en su libro defiende que independientemente de las creencias de cada uno, “la muerte es solo un paso más hacia la forma de vida en otra frecuencia” y que “el instante de la muerte es una experiencia única, bella, liberadora que se vive sin temor y sin angustia.
Según la doctora Kubler- Ross, la observación que hace es que el capullo de seda y su larva pueden compararse con el cuerpo humano. Un cuerpo humano transitorio. Morir significa, simplemente, mudarse a un hogar más bello , hablando simbólicamente, claro está...
Desde el momento en
que el capullo de seda se deteriora se va liberar la mariposa, nuestra alma…
Luego la doctora Ross defiende la tesis
de que, al abandonar el cuerpo, el alma tendría la capacidad de ver el entorno
desde una nueva percepción fuera del tiempo, como desde arriba y con todo
detalle para cruzar una tercera etapa de encuentro con la luz. En su opinión,
cuando alguien tiene una experiencia en el umbral de la muerte, puede mirar
esta luz muy brevemente. El contacto
entre al capullo de seda y la mariposa podría compararse al cordón umbilical. Así pues, morir es encontrarse con
el rostro deslumbrante de Dios. Si miramos con profundidad, estamos sumergidos
en un mar de Dios del cual formamos parte.
A veces nos quejamos del silencio de Dios. Parece que calla, que se esconde, lejano, tras el cielo. Sentimos que no va a nuestro lado mientras recorremos el camino de la vida, como si no se interesase por nuestras cosas, como si no ofreciese ninguna palabra de consuelo o de esperanza.
Pero, Dios nos habla desde el Hijo. Jesús de Nazaret es la
Voz, mejor, es la Palabra del Padre. Cada página de su Evangelio nos abre
nuevos horizontes, nos ofrece misericordia, nos anima a la esperanza. De un
modo misterioso, podemos tocarlo en la Eucaristía: en el silencio elocuente del
Sagrario; en cada misa, cuando unidos, como comunidad, asistimos al milagro.
Podemos servirle en el hermano: “cuantas veces lo hicisteis... a mí me lo
hicisteis” (cf. Mt 25,40).
Nos habla en los hechos de la vida. Desde una nube de verano que presagia esa esperada y refrescante lluvia. Desde el zumbido de una abeja que busca su botín entre las flores. Desde las olas en la playa, con sus bulliciosos y constante deseos de conquista y de regreso a casa.
Nos habla, aunque no siempre lo comprendamos, desde el
dolor, en medio de las pruebas. Un accidente, una enfermedad, la pérdida de un
ser querido: no son casualidades, no son hechos sin sentido. Detrás de cada
prueba podemos sentir que Dios nos invita a mirar al cielo, nos recuerda que no
tenemos aquí abajo una ciudad eterna (Hb
13,14).
Siempre me llama la atención como se celebra más la pasión y el sufrimiento de Cristo que la Pascua de resurrección. Pero, sin embargo, sin la resurrección Vana sería nuestra fe. La muerte es como el nacimiento, parte de la vida.
No debemos olvidar que la Eucaristía significa literalmente acción de gracias, proclamar la muerte de Cristo y anunciar su resurrección. Pues como dice san Pablo “ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor: si morimos vivimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor.
Morir es duro. Pero más dura sería esta vida sin muerte, condenados a ser como piedras de menhir plantadas en la tierra, dólmenes sagrados sin aliento.
Así dice Jesús a Marta: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Es la resurrección vinculada a la experiencia del encuentro con Jesús, que vence al pecado (el poder de la muerte), haciendo que se exprese en nosotros, aquí, en este mundo, el poder de la Vida. “El que cree en mí… aunque haya muerto”, es decir, aunque se encuentre dominado por el pecado (por el miedo, por la ira…), recibirá el perdón, obtendrá la gracia, podrá vivir, aquí, en este mundo.
Jesús sigue diciendo: “Y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Los que creen de verdad (los que están vivos en Cristo) no pueden morir, no morirán nunca jamás (aunque externamente fallezcan). Nadie que vive en Cristo (es decir, en la Palabra de Dios, en el Seno de su Amor) puede morir. Cambia de vida, su vida se transforma, pero él no muere.
Esta experiencia de vida (el que cree y vive en Jesús no muere) no es un engaño interior, sino la experiencia suprema de la Fuerza de la Vida, que es Dios en nosotros.
Pablo expresó su preocupación por la iglesia de Jesucristo
cuando oró: “Que Dios les revele no solo la grandeza pasada de Cristo, sino
también su grandeza presente”. Esta es su oración específica: “Para que sepáis
cuál es la esperanza a que él os ha llamado… y cuál la supereminente grandeza
de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de
su fuerza” (Efesios 1:18-19).
Cuando se le pidió a Jesús que sanara a su amigo Lázaro, se
enfrentó a una fe limitada. “María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al
verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no
habría muerto mi hermano” (Juan 11:32).
El pasaje continúa mostrando que María y sus amigos tenían fe sólo hasta el
punto de la muerte. “Algunos de ellos dijeron: ¿No podía éste, que abrió los
ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera?'” (11:37).
No es de extrañar que haya tanta conmoción en la vida de tantos cristianos. ¿Por qué tal dolor y duelo? Es porque no creemos que Jesús puede resucitar lo que parece muerto. No creemos que tiene un plan para darnos vida o tal vez él llegó demasiado tarde. Las cosas se han alejado demasiado.
Estimado lector,
Jesús nunca ha estado más dispuesto a mostrar el poder de su resurrección de lo
que está ahora. No es suficiente amar, servir y adorar a Cristo sólo hasta el
punto de la desesperanza. ¿Por qué no confiamos en él cuando toda esperanza se
ha ido? La Escritura dice que hemos recibido la misma vida de poderosa
resurrección que hay en Cristo: “Si el Espíritu de aquel que levantó de los
muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús
vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en
vosotros” (Romanos 8:11).
El Espíritu Santo
mora en ti para manifestar la presente grandeza de Cristo. ¡Cree en él!


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