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Jesús llegó a la cruz por asumir las consecuencias de un determinado modo de vivir.

La Cruz ha sido en principio una señal de “maldición” (se crucifica a los malhechores), y se ha entendido, al mismo tiempo, como signo de separación de Dios (maldito el que cuelga de un madero, como sabe Gal 3, 13). Pero esa maldición ha venido a convertirse por Jesús en presencia y garantía de la bendición suprema del Dios, que acompaña a los que ayudan a llevar la cruz de los demás, y que acoge en la cruz a Jesucristo. Ese Dios no se limita a resucitar tras haber muerto en una Cruz, liberándole así de su oprobio, sino que le acoge y bendice precisamente en ella, en la misma Cruz, como dice Pablo (Dios estaba en la cruz de Jesús, reconciliando el mundo consigo mismo, cf. 2 Cor 5, 19-20).

Para algunos, la cruz  de Cristo, puede ser un amuleto, para otros, puede ser un símbolo de veneración, o bien para otros, puede significar algo religioso, otros lo ven como algo que lucir, otros, la ven como algo que no entienden, algunos ven a Cristo hoy todavía crucificado,  incluso para muchos puede que no signifique nada.

Pero una buena pregunta sería: ¿Qué significa para ti la cruz? ¿Cómo ves tú la cruz de Cristo?

El primer ladrón, vio a Jesús, y su actitud fue de un escarnecedor, se burló del Señor.

Pero el otro ladrón, miró la cruz, miró al Señor, como una oportunidad, tuvo una actitud diferente.

Reconoció que el que estaba en la cruz, era el hijo de Dios, Dios mismo, el dijo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación?

Reconoció su culpa:”Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo”

Reconoce que el Señor no merecía estar ahí, estaba ahí por él y por todos.

Y miró una oportunidad para salvación: “Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino”

Al parecer este hombre conocía las escrituras, y sabía que el Señor habría de establecer su reino sobre la tierra, el cual fue prometido en los pactos que Dios hizo con Abraham y David, y que en varias ocasiones lo reiteró a los profetas.

Este hombre creyó que Jesús era el Mesías. El hombre expresó fe en que Jesús es el Salvador, fue nada menos que una petición de perdón aparte de la cual nadie entrará al reino de Dios. Fue una petición de arrepentimiento.

Recibió una repuesta apropiada a una actitud apropiada.

Recibió salvación: “Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”

Jesús da una promesa, de que este pecador redimido estaría con Jesús en el cielo ese mismo día.

Jesús no promete que le vería desde lejos, sino que estaría con él, su restauración sería total y absoluta.

Es la misma promesa que él hombre y la mujer tenemos ahora cuando miramos en la cruz de Cristo, en el sacrificio de la Cruz, la oportunidad, real y verdadera, para recibir perdón de nuestros pecados, para recibir salvación y vida eterna y nos sólo miramos la oportunidad, sino que la tomamos.

Más allá de la cruz hay un Plan, ella no es el fundamento ni el final del camino cristiano, solo es la parte insoslayable en el recorrido de la vida a causa de nuestra limitación humana. Pero tiene su reverso de luz ya aquí, en este mundo: amar transforma al que ama. Muchos científicos clásicos y contemporáneos nos invitan a pensar que las Leyes Naturales son el punto de unión entre Dios y el mundo. Como dijo Lee Krasner, exponente del expresionismo abstracto, la evolución, el crecimiento y el cambio continúan. Todo se recrea, el amor no caduca.

Pedro Casaldáliga lo resume muy bien: Jesús llegó a la cruz por asumir las consecuencias de un determinado modo de vivir. Jesús murió como murió, porque vivió como vivió.

Ante el dolor, ante la cruz, mucha gente se pregunta por qué Dios permite el sufrimiento.

Decía el Premio Nobel de Medicina Alexis Carrel que no hemos venido a entender, sino a amar… Lo cierto es que nadie ha explicado la razón del dolor y el sufrimiento, más allá de una consecuencia de nuestra limitación e imperfección. Lo cierto es que alcanzar determinado estadio de madurez y de serenidad solo es posible por medio de la superación de las dificultades, que no se pueden soslayar. Las personas que experimentan la vida como algo hermoso, no es por la ausencia de dificultades.

Cargar la cruz como Jesús la cargó significa, por tanto, solidarizarse con aquellos que son crucificados en este mundo: los que sufren violencia, son empobrecidos, deshumanizados, ofendidos en sus derechos. Defenderlos, atacar las prácticas en cuyo nombre son hechos no-personas, asumir la causa de su liberación, sufrir por causa de esto: he ahí lo que es cargar la cruz. La cruz de Jesús y su muerte fueron consecuencia de este compromiso por los desheredados de este mundo.

Predicar la cruz hoy, es predicar el seguimiento de Jesús. No es pasividad ante el dolor ni magnificación de lo negativo. Es anuncio de la positividad, del compromiso para hacer cada vez más imposible que unos seres humanos continúen crucificando a otros seres humanos. Esta lucha implica asumir la cruz y cargarla con valor y también ser crucificado con valor. Vivir así es vivir ya la resurrección, es vivir a partir de una Vida que la cruz no puede crucificar. La cruz sólo la revela todavía más victoriosa. Predicar la cruz significa: seguir a Jesús. Y seguir a Jesús es per-seguir su camino, pro-seguir su causa y con-seguir su victoria.

El cristiano que desea seguir a Jesús con su cruz debe tener en cuenta que el nombre “cristiano” significa “aprendiz o imitador de Cristo” y que si desea llevar dignamente ese noble título, debe hacer sobre todo lo que Cristo nos encomienda en el Evangelio: debemos oponernos o negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz y seguirlo.

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