El activismo en la Iglesia
Es lamentable que se use la Santa Misa con fines terrenos, políticos, linguísticos, de protesta, etc. Que se instrumentalice la Santa Misa para desunir y para provocar. Quienes gritan en las iglesias que por ser libres no se sujetan a norma alguna, en realidad son los mayores delincuentes del tiempo. No se sujetan a la disciplina de la Iglesia, pero tampoco utilizan la libertad personal para el bien.
Lo que verdaderamente define al sacerdocio es su carácter vocacional; es decir, el hecho de que se trata de un proyecto de vida que exige una determinación espiritual (una respuesta a una llamada), que afecta a todas las dimensiones de la vida (corpórea, afectiva, intelectual, etc.), que pide exclusividad, entrega y fidelidad absolutas, y que es animado por una pasión: la pasión por el Evangelio. Exige exclusividad, entrega absoluta. El sacerdocio es una profesión a la que se llega, o se debe llegar, sólo por vocación. ¡Y se nota! No es igual ordenarse sacerdote porque así lo quisieron las circunstancias y ejercer el sacerdocio como un funcionario cualquiera cumple con su cometido, que ordenarse por auténtica vocación y dar la vida ilusionado por la gente y por la Iglesia.
El activismo es la
acción sin sentido de dirección o la acción orientada al logro de objetivos que
no necesariamente concuerdan con el propósito de Dios para la vida humana y
para toda la creación.
Los activistas están en la política, en las iniciativas sociales, en la religión y en las iglesias.
Martin Luther King
pudo ser un simple activista, pero fue una reflexión profunda en lo que dice la
Palabra de Dios sobre el valor de ser humano lo que lo convirtió en un soñador
de realidades posibles, en un líder extraordinario. Sus acciones estaban
inspiradas en logros de gran alcance, en sueños, en ideales, en metas
trascendentes. Su famoso discurso “Tengo
un sueño” releva los motivos de sus acciones.
Jesús es el mejor ejemplo para ayudarnos a equilibrar nuestras acciones. En Mateo 14:22 dice “En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra rivera, entre tanto que él despedía a la multitud”.
La unión entre contemplación y acción constituye el
verdadero apostolado, que consiste en anunciar a Jesucristo, así como acción y
oración continua se alternaban y unían armoniosamente en la vida de Jesús,
durante el día enseñaba en el Templo y salía a pasar la noche en el monte
llamado de los Olivos (Lc 21, 37),
después de despedirse de ellos se fue al monte a orar (Mc 6, 46).
Jesucristo era una persona llena de actividades. Basta dar una pequeña lectura a los Evangelios para notar eso. Lo vemos predicando, sanando enfermos, viajando, alimentando multitudes (Mt 5:1 ss; 8:1-4; Mr 8:1-10; Lc 4:16, 31). Ahora, a pesar de ser un hombre muy ocupado, Jesús jamás abandonó lo principal, esto es, su relación con el Padre. Lo vemos orando en todo tiempo (Lc 6:12; 22:41; Jn 17:1-25), lo vemos siempre citando las Escrituras – lo que nos dice que era un verdadero conocedor de ellas (Mt 4:4, 7, 10; 5:17-18; Jn 5:39; Lc 24:44), en fin, nuestro Salvador nos dio el ejemplo perfecto de actividad y piedad.
Así, pues, las
Palabras de Dios son Espíritu y Vida, y por lo tanto no se pueden proclamar ni
acoger sin el Espíritu.
«Lanzarse al activismo febril y perder el contacto con la Palabra es lanzarse al fracaso. Es como si unos bomberos se lanzan a apagar un incendio con mucha prisa, y cuando llegan no tienen agua». Afirma Raniero Cantalamessa -predicador de la Casa Pontificia con Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco- «Los católicos estamos más acostumbrados a ser pastores que a ser pescadores de hombres». Añade.
Dios realiza su obra por la transformación de los corazones por su “Santo Espíritu” (Ez 36,25-27), quien “escribirá la ley” de la “nueva alianza” (Jr 31,31-34) e instaurará el Reino esperado (Dn 2,44;4,31;7,14,20. El creyente está llamado a colaborar en su proceso de santificación, en el cual se trata de imitar la santidad de Dios guardando el doble mandamiento del amor. La creencia y la experiencia personal de la paternidad amorosa de Dios y de la filiación del Hijo, de su ser amor (1Jn 4,7-5,21), es el principio motor del nuevo “código de santidad” de la nueva alianza.
Jesús, maestro y modelo de santidad, llamó a sus discípulos a seguirle, para que fuesen santificados en él, de modo que pudo ser reconocido como “camino, verdad y vida” para la humanidad, en cuanto nos abre el acceso hacia el Padre, plenitud de vida y felicidad, haciéndonos filii in Filio en la fe del bautismo, en la que se nos comunica la gracia santificante.
La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra (Carta enc. Deus caritas est, 25).
El evangelizador debe llenarse de Jesús para luego darlo a los demás. El demonio del activismo desvía la evangelización hacia la multiplicación de actividades, haciéndonos perder el horizonte de que es el Espíritu Santo el primer protagonista de todo apostolado y que por tanto la evangelización descansa sobre la oración y en la iniciativa primera de Dios.
Hay un dicho en inglés que toma un significado muy
particular si aplicado a la evangelización: “los hechos hablan más fuerte que
las palabras”. “Deeds speak louder than
words”. Una frase de Pablo VI en la Evangelii
Nuntiandi, dice: “El hombre contemporáneo escucha con más placer a los testigos
que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testigos”.
La situación en muchas parroquias y comunidades cristianas es
crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se
multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos
para todo. ¿Hemos de seguir
intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio,
o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en
nuestro trabajo?
Para difundir la Buena
Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es «hacer muchas cosas», sino cuidar
mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos
irradiar los cristianos. ¡No se trata tan sólo de ser creyentes, sino de ser
creíbles…!


Comentarios
Publicar un comentario