A Carmen Fernández de La Cigoña le gusta la familia.
Así es Carmen, la familia se define como “la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida”. El Papa Francisco nos dice: “Cuando nos preocupamos por nuestras familias y sus necesidades, cuando entendemos sus problemas y esperanzas, sus esfuerzos repercuten no sólo en beneficio de la Iglesia; también ayudan a la entera sociedad.”
Constituye por lo tanto la familia primera, insustituible e
inigualable escuela humana y ciudadana de los hijos. Esta familia fundada en el matrimonio es objeto hoy en día de un
poderoso y organizado ataque, que debe
de calificarse de feroz en la triple acepción de este adjetivo.
La familia se encuentra hoy en el punto crítico de la gran
lucha entre el bien y el mal, que nos
presenta el mundo contemporáneo en el punto focal de la lucha entre la cultura
de la vida y la cultura de la muerte.
Afirman los mentores de la nueva
concepción paganizante de la vida que esa familia tradicional, consagrada por
los siglos, paso y debe pasar a la historia. Y tiene que ser sustituida. ¿Cómo?
Negando la singularidad de la misma e imponiendo la pluralidad de nuevas formas
familiares. De la morfología unitaria y exclusiva hay que ir a una morfología
plural permisivista. Todo tipo de uniones deben albergarse bajo el manto
protector de esa morfología nueva.
Continúan los corifeos de la antifamilia con su letanía de
despropósitos. Para ellos, la familia no
es un bien, si no un mal, porque coarta la omnímoda libertad del hombre y
somete a este a obligaciones perpetúas. Y las feministas radicales no vacilan
en concluir que el matrimonio y la familia, tal como los entendió y vivió
siempre la humanidad son inventos culturales, sin base natural, montados para
imponer los dominios del varón sobre la mujer.
La familia y el matrimonio -añaden- y la nueva morfología
familiar son meros asuntos privados, sin
trascendencia social ni pública. No interesan a la sociedad. Y el
matrimonio es una simple agrupación bipersonal, igual que cualquier contrato
bilateral sometido por entero a la voluntad de las partes y por eso resoluble
en cualquier momento.
Sin embargo, “Según el
designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de
la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están
ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que se encuentra su
coronación (Gs, 50)
En su realidad más profunda, el amor es esencialmente un don
y el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al reciproco ”
conocimiento” que les hace una sola carne (Gn 2,4), no se agota dentro de la
pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se
convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona
humana.
Juan Pablo II lo
expresaba muy bien cuando escribía: “La familia es la célula fundamental de
la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece. Se ha
de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada sobre todo cada vez que
el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias y
también las situaciones de pobreza y miseria física, cultural y moral, además
de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida,
mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a las formas de
desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia”
(JUAN PABLO II, CL 40)
Al hacerse padres los esposos reciben de Dios el don de una
nueva responsabilidad. Su amor paterno
está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de
Dios, “del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,15)
“El "deseo de la paternidad" está inscrito en las
fibras más profundas de un hombre. Cuando un hombre no tiene esta voluntad,
algo falta en este hombre. Algo no funciona” afirma Manuel Sánchez Monge. “Por otra parte: “¿Qué se pierde al perder al padre?, se ha preguntado el papa Francisco. Es imposible responder
a esta pregunta sin reconocer ante todo, que existe un lazo indisoluble entre
paternidad y libertad. Por tanto, al
golpear a uno se golpea necesariamente al otro. Oscurecer la presencia del
padre hasta el punto de negarla significa, para el hijo, renegar de su propio
origen, desfigurando profundamente la percepción de la realidad y, en último
término, extinguiendo la energía del deseo (primer plano de la libertad) que es
despertado por la realidad misma.” Añade
Cuando las feministas
y algunos partidos políticos reclaman la igualdad verdadera entre el hombre y
la mujer es totalmente respetable, pero ganar la “igualdad” dándole derechos a
ella a costa de quitárselos al hombre es hembrismo.
Pero de lo que realmente no son conscientes estas madres -y
algunas veces también las sentencias judiciales injustas- es de los problemas
que pueden generar a sus hijos cuando les dejan sin la figura paterna.
Así las cosas, son demasiados los varones que no encuentran respuestas a muchas preguntas.
Cada día se convierte para ellos en un infierno que les resta poco a poco el
sentido de la vida. Saben muy bien que sus hijos nunca pensarían, ni dirían lo
que dicen sin la influencia de sus
madres, pero no pueden hacer nada.


Comentarios
Publicar un comentario