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A Carmen Fernández de La Cigoña le gusta la familia.


Afirma Carmen Fernández de La Cigoña : “No hay nada, ni nadie, más perverso que los que atacan la institución familiar, porque destrozan a la persona y a la sociedad entera, ni nadie más necio que el que no lo quiere ver, o le resta importancia, quizá porque quiera pensar que no es urgente, o que hay otras cosas más importantes a las que atender” “Es el lugar donde se comparte. Precisamente porque se comprueba que uno no está solo, que tiene a otros alrededor. Te sostienen, te «pinchan», te mejoran, te apoyan, a veces te sacan de quicio, … pero gracias a ellos, a tus padres, a tu marido (o tu mujer), tus hijos, tus hermanos y sus familias, gracias a toda la familia, sabes que nunca vas a estar solo.Es el lugar donde se ríe y se llora juntos. Se viven los éxitos y se comparten las penas, ayudando a superarlas. Y el hecho de vivirlos juntos, de compartir, une y fortalece todavía más. Porque te arraiga, te sostiene, te indica con crudeza y con cariño (que son perfectamente compatibles) todo lo que no has hecho bien o debes mejorar.” “Es el lugar y el hogar de la ternura. Donde se aprende a querer y a querer bien. Porque eso que ahora llaman amores o relaciones tóxicas no son amor y no son querer. En la familia se aprende a querer la debilidad y la fortaleza; la vulnerabilidad, la necesidad y la plenitud” añade

Así es Carmen, la familia se define como “la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida”. El Papa Francisco nos dice: “Cuando nos preocupamos por nuestras familias y sus necesidades, cuando entendemos sus problemas y esperanzas, sus esfuerzos repercuten no sólo en beneficio de la Iglesia; también ayudan a la entera sociedad.” 

Constituye por lo tanto la familia primera, insustituible e inigualable escuela humana y ciudadana de los hijos. Esta familia fundada en el matrimonio es objeto hoy en día de un poderoso y organizado ataque, que debe de calificarse de feroz en la triple acepción de este adjetivo.

La familia se encuentra hoy en el punto crítico de la gran lucha entre el bien y el mal, que nos presenta el mundo contemporáneo en el punto focal de la lucha entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte.

Afirman los mentores de la nueva concepción paganizante de la vida que esa familia tradicional, consagrada por los siglos, paso y debe pasar a la historia. Y tiene que ser sustituida. ¿Cómo? Negando la singularidad de la misma e imponiendo la pluralidad de nuevas formas familiares. De la morfología unitaria y exclusiva hay que ir a una morfología plural permisivista. Todo tipo de uniones deben albergarse bajo el manto protector de esa morfología nueva.

Continúan los corifeos de la antifamilia con su letanía de despropósitos. Para ellos, la familia no es un bien, si no un mal, porque coarta la omnímoda libertad del hombre y somete a este a obligaciones perpetúas. Y las feministas radicales no vacilan en concluir que el matrimonio y la familia, tal como los entendió y vivió siempre la humanidad son inventos culturales, sin base natural, montados para imponer los dominios del varón sobre la mujer.

La familia y el matrimonio -añaden- y la nueva morfología familiar son meros asuntos privados, sin trascendencia social ni pública. No interesan a la sociedad. Y el matrimonio es una simple agrupación bipersonal, igual que cualquier contrato bilateral sometido por entero a la voluntad de las partes y por eso resoluble en cualquier momento.

Sin embargo, “Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole, en la que se encuentra su coronación (Gs, 50)

En su realidad más profunda, el amor es esencialmente un don y el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al reciproco ” conocimiento” que les hace una sola carne (Gn 2,4), no se agota dentro de la pareja, ya que los hace capaces de la máxima donación posible, por la cual se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana.

Juan Pablo II lo expresaba muy bien cuando escribía: “La familia es la célula fundamental de la sociedad, cuna de la vida y del amor en la que el hombre nace y crece. Se ha de reservar a esta comunidad una solicitud privilegiada sobre todo cada vez que el egoísmo humano, las campañas antinatalistas, las políticas totalitarias y también las situaciones de pobreza y miseria física, cultural y moral, además de la mentalidad hedonista y consumista, hacen cegar las fuentes de la vida, mientras las ideologías y los diversos sistemas, junto a las formas de desinterés y desamor, atentan contra la función educativa propia de la familia” (JUAN PABLO II, CL 40)

Al hacerse padres los esposos reciben de Dios el don de una nueva responsabilidad. Su amor paterno  está llamado a ser para los hijos el signo visible del mismo amor de Dios, “del que proviene toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,15)

“El "deseo de la paternidad" está inscrito en las fibras más profundas de un hombre. Cuando un hombre no tiene esta voluntad, algo falta en este hombre. Algo no funciona” afirma Manuel Sánchez Monge. “Por otra parte: “¿Qué se pierde al perder al padre?, se ha preguntado el papa Francisco. Es imposible responder a esta pregunta sin reconocer ante todo, que existe un lazo indisoluble entre paternidad y libertad. Por tanto, al golpear a uno se golpea necesariamente al otro. Oscurecer la presencia del padre hasta el punto de negarla significa, para el hijo, renegar de su propio origen, desfigurando profundamente la percepción de la realidad y, en último término, extinguiendo la energía del deseo (primer plano de la libertad) que es despertado por la realidad misma.” Añade

Cuando las feministas y algunos partidos políticos reclaman la igualdad verdadera entre el hombre y la mujer es totalmente respetable, pero ganar la “igualdad” dándole derechos a ella a costa de quitárselos al hombre es hembrismo.

¿Es justo un sistema en que las madres puedan decidir, cuando se separan de sus maridos, cuánto tiempo pueden pasar sus hijos con sus padres?
También es muy doloroso y un enorme misterio que, el tiempo que las madres no pueden acompañar y educar a sus hijos, opten por dejarlos al cuidado de terceras personas, vecinos, amigos, canguros, porque se ha decidido de forma arbitraria que ese día no toca estar con su padre.

 Quizás a algunas personas pueda parecerles superfluo lo que estoy preguntando, pero todo esto es motivo de dolor y sufrimiento para una gran mayoría de hijos que están condenados a una orfandad cruel, una forma de maltrato a los hijos y a los padres, que podría evitarse.
¿Esta situación no debe considerarse un estado de discriminación sexista, amparado por sentencias injustas, paridas por intereses políticos y económicos, alimentados por agresivas ideologías revestidas de falsa igualdad?
Esos pequeños momentos que muchos padres disfrutan con sus hijos transcurren en un abrir y cerrar de ojos. La mayoría de las separaciones están llenas de una enorme tristeza, que en algunos casos pueden conducir al suicidio, a pesar de que muchas organizaciones feministas y partidos políticos lo nieguen.

Esa tristeza y ese sufrimiento se hace muchas veces insoportable cuando los hijos preguntan a sus padres en el momento de despedirse: “Papa, ¿y no puedo quedarme un poquito más...?” o “¿no podemos vernos esta semana?” No, hijo, no, hasta dentro de 15 días no toca…

Pero de lo que realmente no son conscientes estas madres -y algunas veces también las sentencias judiciales injustas- es de los problemas que pueden generar a sus hijos cuando les dejan sin la figura paterna.

Así las cosas, son demasiados los varones  que no encuentran respuestas a muchas preguntas. Cada día se convierte para ellos en un infierno que les resta poco a poco el sentido de la vida. Saben muy bien que sus hijos nunca pensarían, ni dirían lo que  dicen sin la influencia de sus madres, pero no pueden hacer nada.

 

 

 

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