Se hunde en España la práctica sacramental
Hace 20 años hubo en España 163.000 bodas católicas. En
2020, no llegaron a las diez mil. Frente a ello, los ritos civiles pasaron de
44.779 en 1996 a 129.000 en 2019. Y es que (pandemia aparte) la gente se casa
cada vez menos. Pero los que lo hacen, ya no pasan por el altar.
“Hemos perdido el monopolio de los ritos”, apunta un
obispo con los datos en la mano. Cada vez hay menos bautizos, comuniones y
bodas. “La gente presenta a sus hijos en sociedad, y ahora el niño o la niña
que hace la comunión casi es el bicho raro”, admite. Y remacha: “Sólo nos
quedan los ritos de paso, como los funerales. Y casi ni eso”.
Todos somos sacerdotes. Todos y todas nacimos para serlo,
aunque algunos lo nieguen y digan que sólo los consagrados se merecen ese
tratamiento.
Jesús más bien no
fundo iglesia alguna, aun cuando pusiera en marcha un movimiento que podía
llegar a ser iglesia, como así fue, con el paso del tiempo. Pero la iglesia
clerical propiamente va surgiendo a partir de los siglos II y III. Desde
entonces y sobre todo a partir del emperador Constantino siglo (IV), los laicos
han ido siempre a menos y los clérigos a más hasta adueñarse de una iglesia que
no es suya, que es parcialmente del “pueblo” por ser el “pueblo de Dios”.
Es, pues, urgente una revisión y una nueva constitución o nuevas estructuras en
la iglesia católica, que sean más acordes con las intenciones y con el mensaje
evangélico de Jesús.
A lo largo de los
siglos la iglesia católica se ha atado a cadenas que la impiden moverse y ha
ideado teorías que no tienen base bíblica.
La Iglesia que fundó
Jesús es el nuevo pueblo de Dios: un pueblo sacerdotal, profético y real.
“Jesucristo es Aquel a quien el Padre ha ungido con el Espíritu Santo y lo
ha constituido ‘Sacerdote, Profeta y Rey’. Todo el Pueblo de Dios participa de
estas tres funciones de Cristo y tiene las responsabilidades de misión y de
servicio que se derivan de ellas”, indica el Catecismo. Jesús era
religioso, pero más que nada en el sentido profundamente espiritual y, como doy
a entender, de la religión tenía sus dudas y probablemente malas experiencias,
como podría suceder hoy.
No hay duda de que la iglesia católica podría hoy
permitir que un “laico” presidiera la celebración dada la terrible falta de
curas, pero no quiere y se obstina en no querer. Teme por sí misma, por sus
puestos, aun cuando las necesidades pastorales de los fieles no se cubran,
siendo así que “cura animarum est suprema lex” (canónicamente la pastoral es
ley suprema). Claro, antes de que
esto ocurra y en la iglesia católica se abran las puertas a los laicos, ella
tendrá que cambiar de actitudes, de mentalidades y de conciencia, que es lo que
radicalmente está pidiendo el evangelio. Pero ella no parece estar por la labor
y además se opone. Injusta e ilegítimamente, por encima del evangelio. Eso será
su ruina.
El Papa ha
advertido en diferentes ocasiones ante el peligro del clericalismo.
Clerical es el
sacerdote encerrado en sí mismo, en sus propios horizontes, que no consulta,
que no da espacio a los demás, sobre todo a los laicos, ni les reconoce el
papel fundamental que tienen en la misión de la Iglesia. Los sacerdotes
clericales consideran que pueden dominar, sobre todo, a los pobres y a los
ignorantes, y que pertenecen, de alguna manera, a una casta, por lo que se
atribuyen privilegios y poderes. El «clericalismo» daña a los sacerdotes,
porque genera una distorsión de su misión, y daña a los laicos, porque les
impide crecer como cristianos adultos.
El Papa cree que un sacerdote y obispo debe tener un
corazón misionero, la antítesis de un corazón clerical. En “La alegría del
Evangelio,” Francisco escribe que
“un corazón misionero nunca se cierra en sí fuera, nunca se refugia en su
propia seguridad, nunca se opta por la rigidez y la actitud defensiva. Se da cuenta
de que tiene que crecer en su propia comprensión del evangelio y en el
discernimiento de los caminos del Espíritu, y por lo que siempre hace lo bueno
que pueda, incluso si en el proceso, sus zapatos se ensucian por el lodo de la
calle. ”
Jesús no necesitó edificios, ni oficiales a sueldo, sino
que proclamó e instauró el Reino de Dios, sin mediaciones jerárquicas.
Habló con parábolas que todos podían entender
y actuó con gestos que todos podían asumir, abriendo cauces personales
de solidaridad entre los excluidos y necesitados pero, sobre todo, como amigo
de los pobres. Acogió y perdonó a los excluidos, y compartió la comida a campo
abierto con aquellos que venían a su lado, buscando salud, compañía o
esperanza, cuidando de un modo especial a los niños, mujeres, enfermos y
expulsados de la sociedad.
Jesús fue laico, no sacerdote. No quiso reformar las
instituciones sacrales antiguas, ni crear unas nuevas, sino potenciar los
valores de la vida, partiendo de los excluidos, en línea de gratuidad, siendo
asesinado por ello. Sus seguidores creyeron en él y fundaron comunidades
para mantener su memoria, centrada en el mensaje de Reino, el perdón y el
pan compartido.
En el Gran Diccionario de la Biblia (Estella 2015, págs.
1352-1357). Xabier Pikaza
Dice allí, con la Biblia de Jesús, que lo importante es
vestir al desnudo, no vestirse de importante.
La afirmación reformada del sacerdocio universal de todos
los fieles (1 Pedro 2:9; Apoc 1:6; 5:10) impulsa, lógicamente, un proceso de
progresiva democratización dentro de la Iglesia, y por consiguiente dentro del
mundo moderno.
Al denunciar la tiranía del Vaticano, Lutero exigió a la iglesia
"restaurar nuestra noble libertad cristiana" (Wolin p.158)
también en las iglesias evangélicas.
El pastor ha de ir por delante de la grey, pero no tanto con
la autoridad vivida como poder sino vivida como servicio gratuito, respetuoso y
humilde. Así lo hizo el Señor Jesús, que vino no a ser servido sino a servir.
Hoy día, tanto en
círculos católicos como protestantes, se reconocen los carismas de todos los
fieles y se cuestiona constantemente el clericalismo. El poder mundano no atrae
a nadie.
La prueba la tenemos en la cruz de Cristo, que ejerce un
poder infinitamente mayor que el poder mundano. Jesús, desde la cruz, nos atrae. Me viene a la mente aquellas
palabras del Magnificat: «Su abrazo
intervendrá con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes, derriba del
trono a los poderes y exalta a los humildes. A los hambrientos los colma de
bienes y a los ricos los despide vacíos».


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