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Jesús creía pensando en los demás, oraba pensando en los demás…

Afirmaba Pedro Casaldáliga: “En el fondo, el problema no es creer en Jesús, sino creer como creyó Jesús; me parece que no entramos por ahí. Para creer como creyó Jesús es importante el tema de la oración, porque Jesús creía pensando en los demás, oraba pensando en los demás. Subía al monte sólo, dejaba a los apóstoles, se pasaba la noche entera, pero volvía a estar con la gente, a anunciar el Reino de Dios, es decir, colocaba la oración en el horizonte de la praxis, y eso me parece que nos está faltando. La gente joven cree en Jesús, pero mi pregunta es para ellos y para nosotros, los viejos. ¿Estamos creyendo como Jesús, no sólo en Jesús?

Hay realidades que embellecen nuestra vida llenándola de alegría y felicidad interior. Y una de ellas es la confianza. Para todos los seres humanos la confianza está en Dios. Dios es Amor, y Él habita en nuestros corazones.

La confianza no ignora los sufrimientos de tantas personas en el mundo. Sus sufrimientos nos interpelan. Todos nosotros podemos construir un mundo más habitable apoyándonos en una vida de comunión con Dios.

Lejos de huir de las responsabilidades con nuestro prójimo, la confianza en Dios nos mantiene en pie ahí en donde la sociedad está desestructurada. Nos permite amar desinteresadamente. Nos permite avanzar ante las dificultades.

En el Evangelio encontramos realidades que embellecen la vida. Una de ellas  es la esperanza que nos impulsa a superar las tribulaciones y los desalientos, e incluso recuperar la pasión por la vida.

Dios nos busca sin descanso, incluso cuando no somos conscientes de ello. ¡Dios nos amó primero!  Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva. Juan: 4,10

Cristo está presente en cada uno de nosotros y con voz suave se deja oír. La confianza, la esperanza, la paz del corazón surgen en nuestras vidas en la misteriosa presencia de Cristo.

Ciertamente, explica Benedicto XVI, que esta adhesión a Dios no carece de “contenido”. Y el contenido es que Dios nos ha revelado en Cristo su amor sin medida, que le ha llevado a morir nosotros para resucitar y elevarnos hasta la altura divina. Precisamente, «la fe es creer en este amor de Dios, que no disminuye ante la maldad de los hombres, ante el mal y la muerte, sino que es capaz de transformar todas las formas de esclavitud, dando la posibilidad de la salvación».

La fe es un acto profundamente humano y libre. Así lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «Sólo es posible creer por la gracia y los auxilios interiores del Espíritu Santo. Pero no es menos cierto que creer es un acto auténticamente humano. No es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre» (n. 154). Y agrega Benedicto XVI: «Más aún, las implica y las exalta, en una apuesta de vida que es como un éxodo, es decir, un salir de sí mismo, de las propias seguridades, de los propios esquemas mentales, para confiarse a la acción de Dios que nos muestra el camino para obtener la verdadera libertad, nuestra identidad humana, la verdadera alegría del corazón, la paz con todos».

Nuestro tiempo requiere de cristianos que estén aferrados a Cristo, que crezcan en la fe a través de la familiaridad con la Sagrada Escritura. Hombres y mujeres que sean casi un libro abierto que narra la experiencia de la vida nueva en el Espíritu, la presencia de un Dios que nos sostiene en el camino y que nos abre hacia la vida Eterna

Al derramar ante el Señor todas nuestras preocupaciones, nos vamos con su reposo y seguridad: “… ¡esperad en él en todo tiempo! ¡Derramad delante de él vuestro corazón! …(Salmo 62:8). Según este Salmo, “esperad o confiar” y “derramar” es inseparable. Si hemos de confiar en Dios en todo tiempo, incluyendo los tiempos oscuros, entonces debemos estar derramando nuestro corazón ante el sin cesar.

Todas tus obras son en vano a menos que regreses al amor ardiente por Jesús. Debemos darnos cuenta que: Amar a Jesús no es tan sólo hacer cosas. Tiene que ver con la disciplina diaria de mantener una relación.

San Agustín decía que cuando uno se aparta de la fe se aleja de la caridad, pues no podemos amar lo que no sabemos si existe o no existe. En otras palabras, desde la fe reconocemos y aceptamos a otros en su bondad, en sus valores y riquezas personales, y sólo a partir de esta aceptación podemos amarlos (cf. De doctrina christiana I, 37, 41).

Para san Agustín la fe no es un asunto de mera individualidad, es una fe común; “la comunidad de creyentes se basa sobre algo que por principio es no mundano y se trata por tanto de una sociedad con otros que no descansa en una realidad predada en el mundo”. (p. 134). Esa comunidad, que descansa en el amor mutuo, requiere al hombre completo; esto dista mucho de otras sociedades o comunidades en las que sólo un aspecto o parte humana se requiere; “la comunidad de fe, en cambio, requiere al hombre en integridad, tal como Dios mismo lo requiere.

Entonces, ¿cómo correspondemos con el amor de Jesús? Juan responde: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:2-3).

¿Cuáles son sus mandamientos? El Evangelio dice: “Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:35-40).

Tanto a nivel comunitario como personal, la escucha de Dios es el punto básico para que, al escuchar que somos amados, nos pongamos también en el camino del amor. Por eso el primer mandamiento es "Amarás al Señor tu Dios con tu mente, pero también con tu corazón y con todo tu ser...". El primer mandamiento no es una ley, sino una llamada a entrar en una relación de amor.

 

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