¿Es realmente la Iglesia actual una secta?
Tal como está
montada, con su estructura social y jurídica, su férrea jerarquía, su
encorsetado derecho procedimental, su forma de evangelizar y sus ritos
sacramentales excluyentes, es evidente que lo es. Y muchos lo tienen asimilado
porque, a la mínima, te dicen que no eres cristiano o que eres un hereje, incluso en muchas ocasiones refiriéndose al papa.
Por muy “universal” que pretenda ser, la forma de ser la reduce a una sección
de la humanidad, a una secta.
Afirma Cesar Vidal
: ” Podríamos sin ningún dogmatismo definir la secta como aquel grupo humano en
el que se dan todas y cada una (no sólo algunas) de las siguientes
características: organización piramidal,
sumisión incondicional al dirigente, sea éste personal o colectivo, anulación
de la crítica interna, persecución de objetivos políticos y/o económicos
enmascarados bajo una ideología de tipo espiritual, sea religiosa o filosófica;
instrumentación de los adeptos para fines propios de la secta; ausencia de
control o fiscalización de la secta por cuenta de otro poder religioso o
filosófico”
No conviene olvidar asimismo que en los diccionarios y en el
lenguaje popular, “sermonear” y “predicar” equivalen también a “reñir
y a condenar, en el nombre de Dios”, tarea que con innoble y antievangélica
frecuencia ejercen quienes presiden la celebración eucarística.
Lo de cobrar por
encargo y celebración de las misas, así como por administrar los demás
sacramentos, en conformidad con las tasas establecidas en las respectivas
diócesis, es otro “cantar…”
En la Iglesia se cobran los bautizos, las
comuniones, los matrimonios, los funerales… estos cobros han sido justificados
y aceptados hasta el presente sin inconveniente por la mayoría de los fieles
cristianos, en la actualidad se cuestiona ya el tema.
Mientras que pastoralmente se nos predica y argumenta en la
Iglesia que “la salvación es gratuita” por
naturaleza, los propios fieles llegamos
al convencimiento diario de que la Iglesia y sus sucursales dan la impresión de
ser y actuar como “empresas de negocios”
¡La administración de los sacramentos cuesta dinero!
Celebrar un matrimonio cuesta de 180 a 270 euros. El bautismo puede oscilar entre los 35 y los 60. Por unas exequias con misa, la cantidad orientativa es de 80 euros.
Así pues, todo esto equivale
a insertarse automáticamente en la feligresía de los discípulos de Simón el Mago, padre y tutor del
término “simonía” o “compraventa de cosas espirituales”,
que es uno de los más horrendos pecados que se pueden cometer, y se cometen, y
además “en el nombre de Dios"
Durante una audiencia, el papa Francisco era sumamente crítico con la costumbre, extendida en
todo el mundo, de cobrar por las misas de difuntos, en las que se nombra al
fallecido y se pide por su alma.
"Nadie debe cobrarte por nombrar a tu familiar", aseguraba Francisco.
"Nada. ¿Lo habéis entendido? ¡Nada!
La misa no se paga. La misa es el sacrificio de Cristo, que es gratuito. La
redención es gratuita. Si quieres hacer una oferta, hazla, pero no se paga. Es
importante entender esto".
Mejor no hablar del miedo
y la manipulación de la Iglesia sobre sus fieles… A través del chamán, el sacerdote, el
cura, etc. Aquel personaje, en cada una de las creencias, que se dice escogido
para actuar como mediador e intérprete entre Dios y la humanidad… Y todo esto, ¿para qué? Por lo mismo que lo
hacen los políticos y gobernantes: ¡para
vivir cómodamente! Para liberarse de la presión de crear riqueza. Ese es el
secreto de toda clase parasitaria a lo largo de la historia: el esfuerzo de los
que no generan nada productivo para vivir de los que sí lo hacen. La esencia de
todo parece ser generar el miedo, la angustia y el desamparo. Y la gran
perversidad que el clero comete reside en que amedrenta al fiel con visiones de
un sufrimiento indescriptible que va íntimamente ligado a las culpas y los
pecados cometidos en vida.
Pretende hacernos creer a la personas que somos demasiado
ineptas como para vivir por sí solas. Atemorizarnos de manera continua con la
idea de que, si pensamos por nosotros mismos, si actuamos conforme a nuestro
criterio, si trabajamos según nuestras condiciones y si, en esencia, vivimos
libremente, nuestra existencia desembocará en el caos. Todo con un único
objetivo: dominarnos y manipularnos.
Los acontecimientos
ocurridos dentro de la Iglesia católica
romana nos suscitan la cuestión del peligro de que ésta asuma claramente
comportamientos de secta.
J. Ratzinger en el
documento Dominus Jesús, verdadero exterminador del futuro del ecumenismo:
la única Iglesia de Cristo subsiste solamente en la Iglesia Católica, fuera de la
cual no hay salvación. Las demás «iglesias» no lo son pues sólo poseen
«elementos eclesiales», y la Iglesia Ortodoxa, tenida como una expresión de la
catolicidad, fue rebajada a simple iglesia particular. Estas posiciones
reencienden la guerra religiosa cuando todos están buscando la paz, cuya
consecución está siendo debilitada por la Iglesia.
La Iglesia Católica se está aislando cada vez más de todo.
Su base social son principalmente los movimientos, mediocres en pensamiento,
subordinados a las autoridades, que prefieren la aeróbica de Dios a enfrentarse
con los problemas de la pobreza y de la injusticia. Una Iglesia se comporta
como secta, según clásicos como Troeltsch
y Weber, cuando tiene la pretensión absolutista de detentar ella sola la
verdad, cuando se niega al diálogo y rechaza el trabajo ecuménico.
Es fácil degradar a una persona o a un grupo: se la define
con aspectos negativos, cuando no se inventan; se la encasilla dentro de
ciertos límites legales; finalmente se la condena.
Hans Küng
descubre la existencia de dos modelos de Iglesia: el centralista, monárquico y
autoritario, cuya romanización alcanza su cima con Inocencio III (1198-1216) y el comunitario de las iglesias locales,
federadas fuera del ámbito de Roma.
El diagnóstico de Hans Künk en su libro “¿Tiene salvación la
Iglesia? era que se encontraba “gravemente
enferma” por mor del sistema de dominación católico-romano consolidado
durante el siglo XX, que entre otras características presentaba las siguientes:
monopolio del poder y de la verdad, recursos espiritual-antiespiritual a la
violencia, papado monárquico-absolutista y aversión a la sexualidad.
A lo largo de los
últimos dos mil años, muchos creyentes hemos verificado esta realidad: Francisco, Teresa, Juan de la Cruz, Fucald…
pero la Iglesia oficial, la que se subió
al carro de Constantino, no lo ha hecho nunca.
Pero lo cierto es que, si en estos tiempos nuevos la Iglesia
“católica” se aferra a “su verdad”, a su ley, a su doctrina, deberá ser objeto
de estudio, porque es posible que se vaya convirtiendo en una secta, quizás
poderosa e influyente, enarbolando el glorioso nombre de católica, pero al fin
y al cabo una secta.


Comentarios
Publicar un comentario