Preciosa carta de Monseñor Fernando Cadiñanos a los cofrades
Hoy comparto con los lectores una carta preciosa de nuestro obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando Cadiñanos
La fe cristiana nos remite a unos hechos del pasado, la vida
muerte y resurrección de Jesús, que tuvieron lugar de una vez para siempre,
como repite muchas veces la Carta a los Hebreos. El cristianismo no se
reinventa en cada generación, sino que tiene unos puntos de referencia claros y
es esencial mantener la vinculación con los orígenes.
El discípulo aprende la enseñanza del maestro, Jesús en este
caso, pero se vincula de una forma especial con su persona. Estos discípulos
siguen a Jesús, de alguna manera adoptan su estilo de vida peculiar, pero, como
él mismo dice, si al Maestro le han llamado Belcebú, a sus discípulos les va a
pasar lo mismo. Algo muy importante es ver que el seguimiento de Jesús no
termina en su propia persona, sino que le siguen por la causa del Reino de
Dios.
En el evangelio de Marcos (1,15) Jesús dice: Se ha cumplido
el plazo, está cerca el reinado de Dios. Convertíos y creed la buena noticia.
El seguimiento de Jesús es exigente, supone
disponibilidad total, exige dejar
comodidades, pide poner en primer lugar, y en el único, a Cristo como quien es
capaz de llenar el corazón humano.
Todo lo que sigue es de nuestro obispo Fernando Cadiñanos:
Recibe un saludo afectuoso:
Dentro de pocos días comenzamos la Semana Santa. Tras la
experiencia del covid-19, la edición de este año será, sin duda, muy singular y
esperada. Aunque todos los años es diferente, pues ninguna se vive de la misma
manera, es cierto que la que nos disponemos a celebrar será especialmente
significativa.
Quisiera con estas líneas, que nacen de mi afecto sincero,
expresarte en primer lugar la pieza tan importante que suponéis en el puzle de
esta Iglesia diocesana. Nos necesitamos mutuamente en esta etapa evangelizadora,
donde cada uno aportamos diferentes sensibilidades y carismas que se
complementan y dialogan fraternalmente. Además, me gustaría ayudarte
humildemente a que esto que nos disponemos a vivir pueda ser también, más si
cabe, una experiencia de fe importante en tu vida.
Ser cofrade es un
estilo de vida. Lo hemos dicho muchísimas veces. Por eso, me alegra
descubrir que el carisma cofrade no se circunscribe únicamente a una semana al
año, sino que la pertenencia a una hermandad o cofradía supone un buen camino
que acrecienta y motiva el sentirse cristiano. Es bueno que así sea, dado que ser cofrade es una manera de vivir y
formar parte de la Iglesia. Una forma concreta, en definitiva, de acoger y
hacer realidad el bautismo que recibiste.
Ya sabes que, en el alma cofrade, están presentes las
dimensiones que no tienen que faltar en la vida de un cristiano: está presente
una advocación concreta que acoge las plegarias y súplicas del día a día; se
materializa una pequeña comunidad de hermanos con los que se vive y concreta la
urgencia de la fraternidad universal; se hace realidad un proceso formativo que
nos ayuda a dar razón de nuestra fe; y se vive un compromiso de caridad que
busca transformar la realidad desde el amor.
Durante estos días, sin embargo, hay algunas prácticas que
son propias y específicas de vuestro carácter cofrade. En primer lugar, todos
os vestiréis con un hábito y un capuz. Es vuestro elemento más característico,
seña de identidad, símbolo de anónima penitencia, lo que os diferencia del
resto de personas que no viven o participan en el mundo cofrade y que a su vez
os distingue de las otras cofradías y hermandades. Esto, lejos de suponer una
oposición, no es sino muestra de la vistosidad, riqueza y pluralidad que se
puede trasladar a nuestra Iglesia tanto en su espiritualidad como en sus
formas. Me atrevo a afirmar, además, que en este mar de secularización que nos
ha tocado navegar, vuestras formas externas constituyen una manera de expresar
que también vosotros nadáis, en cierta manera, “contra corriente”. Es bueno en
nuestra sociedad descubrir la belleza de navegar contra corriente: eso nos da
más fortaleza, nos ayuda a profundizar en nuestra propia identidad, nos enraíza
en lo importante… En cierta manera, es oportuno que descubramos que el
cristianismo también es hoy una propuesta contracultural. Ciertamente hoy los
cristianos somos minoría, pero debemos de serlo significativa y
esperanzadamente.
Otra acepción de la
palabra "hábito", además de la que da nombre a vuestros ropajes, es
la que se refiere al modo de obrar y de comportarse, esto es, a una forma de
actuar. No puedo por ello de dejar de invitaros a que, cuando os pongáis el
hábito, reflexionéis acerca de la necesidad de adquirir hábitos buenos, las virtudes, que han de distinguir y
diferenciar a todo cristiano. Un
cofrade revestido con el hábito de la virtud es la mejor vestimenta que puede
portar.
Una vez revestidos, la segunda práctica que estos días
realizaréis será la de procesionar por nuestras calles y plazas en
manifestación pública de fe. ¡Qué bello
es caminar juntos! En la procesión, cada uno de vosotros tendréis vuestro
lugar y llevaréis a cabo una función determinada, todas igual de importantes.
Expresa de forma visual nuestra voluntad de ser Iglesia sinodal. Con la belleza
de los cortejos, con el orden con el que discurrís, así como con la diversidad
con la que os organizáis… estáis expresando la belleza de nuestra fe. Y es que
la experiencia de la fe, que es la experiencia de la amistad con Jesús, es una
realidad bella y gozosa que poco se identifica con lo aburrido y tedioso con la
que lo hemos unido. Además, la fe tiene una dimensión pública esencial, es
decir, no se reduce al ámbito de lo privado, sino que está llamada a expresarse
públicamente, pues tiene una voluntad de transformación y de iluminación de las
realidades que habitualmente vivimos. Salir en procesión es, por tanto,
comprometerse también a dar durante todo el año la cara por Jesús, el Cristo,
representado en las imágenes titulares a las que con tanta devoción veneráis.
Es una voluntad de manifestar abiertamente vuestro compromiso cristiano. ¡Casi
nada!
Hay una tercera práctica que durante estos días realizáis
con gran esmero, despertando la sorpresa y admiración de propios y extraños. Me
refiero a portar las imágenes de vuestros sagrados titulares, muchas veces
sobre los propios hombros. De esta manera, mortificando vuestro cuerpo,
expresáis plásticamente en la calle el misterio de amor que durante estos días
aconteció en Jesús. ¡Con cuánto esmero y con cuánta emoción los portáis! Sin
duda, es prueba inequívoca del amor a Jesús y a su madre. Os diría que ellos se
sirven de vuestros hombros para visibilizarse en nuestro mundo. ¡Qué bonito sería, también, que con el
mismo amor, fuésemos capaces de llevar a tantos hombres y mujeres que sufren, y
en los que realmente está presente Jesús, y que necesitan hombros en los que
apoyarse y sobre los que sustentarse! También eso sería un magnífico testimonio
de humanidad nueva.
Gracias, de verdad, por vuestra presencia, por vuestro
compromiso, por vuestro quehacer… Me gustaría pediros que durante estos días,
además de las procesiones, participarais activamente en los cultos que la
Iglesia celebra y de los cuales las procesiones son una continuación; os
rogaría que también os acercárais al
sacramento de la confesión para que podáis vivir mejor estos días
reconciliados; por último, os invitaría a que ofrecieseis lo que de sacrificio
tienen estos días por la paz y la fraternidad en el mundo. Aprovechad las horas
de penitencia por vuestras calles para perseverar en la oración y la reflexión.
¡Feliz Semana Santa! Que no sea santa sólo por el nombre,
sino porque la hacemos santa con nuestra vida. Y que podamos gritar juntos el
Aleluya Pascual del encuentro con Jesús Resucitado.
Con afecto, vuestro hermano y amigo.


Buena carta, sí señor
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