Las diócesis languidecen
Mientras se espera, con ansiedad y ciertas dosis de
pesimismo, el futuro de la diócesis, el Obispado de Ciudad Rodrigo ha hecho
públicos los datos de la memoria de la diócesis del año pasado. Con datos
ciertamente preocupantes, como el hecho de que a lo largo de ese año únicamente
se celebraron siete bodas por la Iglesia en toda la diócesis, frente a las 37
de 2019.
También sufrieron una
importante bajada en 2020 los bautizos, con sólo 47 celebraciones de este tipo,
después de que en los dos años anteriores hubiera aproximadamente el triple:
141 niños bautizados en 2019 y 143 en 2018, años en los que se registró un
incremento respecto a años previos (122 en 2016 y 126 en 2015)
En estos momentos se cuenta con 52 sacerdotes (en 2010 había
69, con lo cual la cifra actual indica el alto grado de envejecimiento del
colectivo) para atender 121 parroquias.
La
diócesis sólo tuvo siete bodas por la Iglesia durante 2020
Actualmente hay en
España 16.790 sacerdotes diocesanos para atender a 22.907 parroquias. Son
datos agregados, sumando los que ofrece el nomenclátor individualizado de cada
una de las 70 diócesis de nuestro país, actualizado en 2017. Son exactamente 1.000 sacerdotes menos que
los que había en 2014, según el último registro publicado por la Comisión del
Clero de la Conferencia Episcopal.
Según fuentes de un diario local, en la diócesis de Mondoñedo Ferrol hay unos 140, sacerdotes, contando los jubilados, algunos de ellos ya están
fuera del territorio de la diócesis. Pero trabajando directamente en la
diócesis, en activo, alrededor de cien. Y parroquias hay 422. Lo de cien,
contando los sacerdotes con 90 años que están colaborando. Para que nos hagamos
una idea más clara, sacerdotes menores de 65 años hay 40.
Afirma el papa
Francisco: «Quien se acerca a la Iglesia tiene la impresión de encontrarse
delante de una densa mole de mandatos y preceptos: ¡No! ¡Eso no es la
Iglesia!». Según Francisco, «también hoy muchas personas buscan la ‘seguridad
religiosa’ en lugar del Dios vivo y verdadero, concentrándose en rituales y
preceptos en lugar de abrazar el Dios del amor. Es la tentación de los nuevos
fundamentalismos», añade el papa
Dios no está contento
cuando los cristianos nos centramos solamente en la preocupación cultica,
abandonando a los necesitados. Estos temas deben estar al mismo nivel que
la evangelización. Debemos ver la acción social con una visión más amplia,
extensa y comprometida. Sólo si nos dejamos evangelizar por los pobres podremos
ser cristianos. No se trata de ayudarles de un modo “superior”, con una limosna
“piadosa” para justificarnos a nosotros mismos, sino de ver en ellos el rostro
de Dios.
Creo que lo que Jesús
quiere evitar es el ritual vacío de compromiso con el Prójimo.
Jesús nos dice: “No
todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el
que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en
aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos
fuera demonios, y en tu nombre hicimos milagros? Y entonces les declararé:
Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad”.
No olvidemos tampoco
que en la parábola del buen samaritano, el texto condena al sacerdote que
consideró más importante seguir hacia su ritual que el pararse y mancharse las
manos con el herido, apaleado y dejado tirado al lado del camino.
Cuando dejamos todo esto de lado y no encarnamos el evangelio
en nuestras vidas, sino que más bien nos dedicamos a defender la ideología o
ideologías que satisfacen nuestras maneras de pensar, deberíamos plantearnos si
realmente estamos sirviendo a Dios o al dinero.
En 1833, Antonio
Rosmini terminó de escribir su polémica obra “Las cinco llagas de la Iglesia”,
cuyo título se inspira en el discurso con el que el papa Inocencio IV inauguró
el I concilio de Lyon en 1245, en el cual comparaba con Cristo crucificado a la
iglesia, la cual, como Él, también mostraba cinco llagas.
Las cinco llagas que
Rosmini ve en la Iglesia son: la división entre el clero y el pueblo; la
insuficiente formación del clero; la desunión entre los obispos; el
nombramiento de éstos, abandonado al poder laico; y la servidumbre de los bienes
eclesiásticos.
En efecto, desde el siglo VI, los cristianos, que habían
sido hasta pocos años antes ferozmente perseguidos y que se habían constituido
en paladines de la libertad de conciencia, aprendieron muy pronto a utilizar
las armas de la represión contra sus adversarios y perseguidores de otras
épocas.
En sus orígenes
bíblicos y patrísticos, es toda la Iglesia la que celebra la eucaristía, y es
la eucaristía la que hace y constituye la iglesia, pero a partir del segundo
milenio, la eucaristía es celebrada por el clero, y éste es el que constituye
la iglesia: la iglesia es ante todo la Jerarquía, creándose así la gran
división eclesial entre el clero y los fieles. Los laicos pasan a ser sujetos
meramente pasivos en la Iglesia, en el culto y en toda la vida eclesial.
La iglesia no puede limitarse a anunciar la Palabra,
suscitar adhesión a la fe y convertirse en una iglesia de rebaños, de masas, o
de gente no convertida, sino que debe buscar la transformación de la persona y
de la historia por la fuerza del Espíritu.
La moral cristiana no puede reducirse al cumplimiento legal
de unos preceptos morales o de unos cánones, sino que se orienta a una vida
nueva en el Espíritu, capaz de recrear en cada momento el Evangelio.
Los profetas del Antiguo Testamento y el propio Jesucristo
critican duramente la conducta de quienes se creen justificados por el hecho de
celebrar con toda corrección el culto a Dios, mientras olvidan todas las
exigencias de la caridad fraterna y de la justicia.
No se puede engañar a
Dios. A Dios no lo ciegan los sacrificios y las ceremonias.
“Jesús se puso de pie y alzó la voz diciendo: si alguno
tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí como dice la Escritura, de su
interior correrán ríos de agua viva” (Jn
27,28).
Jesucristo inaugura un nuevo culto que sólo podrá realizarse
mediante la acción del Espíritu Santo (Jn
4, 23: 7,37). Cristo no desautoriza el culto religioso como no lo
desautorizaron los profetas. Pero subraya con toda energía la autenticidad con
que se ha de participar en una celebración si se quiere agradar a Dios (Mt 15,10: 5,23)
Los dirigentes religiosos están muy preocupados ante la
indiferencia y la frialdad religiosa que se manifiesta incluso entre sus
propios feligreses. Las grandes iglesias
enseñaron a sus fieles lo ficticio y no la realidad de Cristo. Por esto, muchas
personas sienten un vacío enorme, pues aprendieron a cumplir con ritos, con
normas rutinarias, y a vivir con lo que satisface la carne. Nunca fueron
convertidos a una vida nueva. “El que es nacido de carne, carne es” (Jn 3,6).
Todo lo que se
realiza según la carne, aún en el terreno religioso no puede producir frutos
espirituales.
Si a las multitudes
se les enseñase el cristo evangélico no veríamos estos estados de crisis
colectiva y los Jerarcas no tendrían motivos para preocuparse y alarmarse.
Dado que la Biblia es la Palabra viva de Dios, es necesario
que creemos modelos educativos que integren el conocimiento y la meditación de
las Escrituras en la vida de nuestros hijos. En esto admiro a los cristianos
evangélicos, por lo bien que enseñan las Escrituras a sus hijos. Para
comprender nuestra vida en Cristo, necesitamos estudiar lo que cada libro dice
acerca de Él. Nuestra fe aumenta a la par con nuestros conocimientos.
Necesitamos un poder
mayor que el nuestro, para resolver los problemas que nos aquejan, para
protegernos, para suplir nuestras necesidades. Pero nuestra imperiosa necesidad
de orar va más allá. La Palabra de Dios es un diálogo vivo entre Dios y la
humanidad. Dios nos hizo para que pudiéramos hablar con Él y para que Él
pudiera hablar con nosotros y ayudarnos. La vida es incompleta cuando falta
esta comunión con Él.
Un padre y una madre
pueden dejar poco en herencia a sus hijos, pero si les dejan el don de la
fe, les transmiten el bien más valioso del que disponemos en este mundo: la luz
que ilumina el camino, dando sentido y valor a nuestras vidas.
El hecho de que muchos fieles se pasen a las sectas no es
algo que pueda considerarse intrascendente. Se debe, en realidad, a una
insatisfacción religiosa. En las sectas,
las gentes encuentran comunidades pequeñas y de grandes lazos afectivos, donde
cada uno se siente valorado por lo que es; donde se permite la participación
directa de todos; donde los ministros suelen ser personas que pertenecen al
pueblo… y además, las celebraciones son vivas, alegres y fraternas.
Así las cosas, un pueblo que no encuentra en la religión la
manera de transformar eficazmente su situación tiende a acudir a las sectas en
busca de una ayuda y alivio a sus males.
Las palabras que K.
Rahaner escribió para el sínodo de la Iglesia alemana siguen teniendo
actualidad hoy en día: “¿Dónde se habla con lenguas de fuego de Dios y de su
amor? ¿Dónde se mencionan los mandamientos de Dios, no como un penoso deber que
cumplir, sino como una gloriosa liberación del hombre o de la angustia vital y
del egoísmo frustrante? ¿Dónde en la Iglesia no sólo se ora, sino que se
experimenta la oración como un don pentecostal del Espíritu, como una gracia
sublime…?”
Para que la salvación de Cristo llegue a los hombres de
nuestro tiempo, es tan insustituible la acción de los laicos, según su vocación
propia, como la acción de los pastores.
En el decreto conciliar sobre la actividad misionera de la
Iglesia se reafirma esta exigencia clerical sobre el apostolado laico:
“La iglesia no está
plenamente formada, ni vive plenamente, ni es representación perfecta de Cristo
entre las gentes, mientras no exista y trabaje con la Jerarquía un laicado
propiamente dicho. Porque el Evangelio no puede penetrar profundamente en las
conciencias, en la vida y en el trabajo del pueblo sin la presencia activa de
los seglares” (AG 21)
Sin "diakonía" la Iglesia no es Iglesia, por
muchos bicornios mitrados, ostentosos báculos, brillantes anillos, pomposas
capas magnas, aparatosas liturgias... que se ostenten como signo feudal de
autoridad y dominio. La solución nos la aporta san Pablo: Revestirse de Cristo;
revestirse del hombre nuevo (Gal. 3,
27-28; Ef. 4, 24), porque "el hábito no hace al monje".
En la Iglesia se
sigue incurriendo en las mismas corrupciones que Jesús pretendió evitar: los
títulos de honor, los fastuosos ornamentos y acicaladas vestimentas, las
reverencias solemnes, los primeros puestos... Jesús se pronunció contra el
vestido como ostentación sacral: "¡No hagáis como ellos hacen!... realizan
todas sus obras para ser vistos por los hombres; pues agrandan sus distintivos
religiosos (filacterias) y alargan los adornos (flecos) de sus mantos"
(Mt.23,5). "Vosotros no os preocupéis del vestido... Mirad los lirios del
campo..." (Mt. 6,25-32). Jesús y sus discípulos vestían, sin duda, como
los hombres y mujeres de su tiempo, sin distinguirse de ellos por la ropa.
¿Se ocupan de manera
efectiva la mayor parte del clero y religiosos en despertar y orientar esta
vocación apostólica en los seglares?
Prediquemos el genuino Evangelio de Cristo y no atiborremos
las almas con tantas obligaciones rituales. Y siempre acudamos al Señor con fe.
Para resucitar con Cristo, es necesario morir
con Cristo. Necesitamos más disidentes
jerárquicos y de a pie. Ellos son quienes se atreven a desafiar la jerarquía y
el resto de miembros de la iglesia aceptar la inevitabilidad de la muerte, o la
necesidad de dejar partir lo que apostólicamente ha dejado de ser relevante,
pues como dice Jn 12,24: “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda
él solo; pero si muere, da mucho fruto”.

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