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El cambio climático agranda la brecha entre ricos y pobres

Hace algunos años, hablar del fin del mundo era un tema casi exclusivamente religioso. Parecía que los sermones de líderes espirituales acerca del futuro eran demasiado catastróficos, infaustos y negativos ante los discursos progresistas y vanguardistas de los sectores científicos de la sociedad. Sin embargo, actualmente son los ambientalistas, los ecologistas e investigadores quienes están seriamente preocupados por el calentamiento global y el cambio climático del planeta, el cual ha provocado que hoy padezcamos cada vez más huracanes -y más agresivos- así como más terremotos. A eso hay que agregar las asfixiantes crisis económicas en diversas partes del mundo, así como la amenaza de estallidos sociales que eso puede provocar.

Elena de White escribe: “A medida que nos acerquemos al término de la historia de este mundo, las profecías registradas por Daniel exigen nuestra atención especial, puesto que se relacionan con el tiempo mismo en el que estamos viviendo” (Profetas y reyes, p. 245).

El domingo 31 de octubre, se abrieron oficialmente las negociaciones para la COP26, la última Conferencia de la ONU sobre el Cambio Climático. Con sede en Glasgow, Boris Johnson dio la bienvenida a los jefes de estado de alrededor del mundo para iniciar dos semanas de negociaciones, paneles de discusión y conferencias de prensa.

Bajo la presión de los acontecimientos, la clase dominante y sus representantes han ido adelantando el tema en su agenda. El cambio climático ha pasado de una amenaza lejana a una crisis actual.

En 2015, los Gobiernos acordaron el objetivo de limitar el calentamiento global a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales. Sin embargo, los actuales compromisos para reducir las emisiones son insuficientes para lograrlo. Para alcanzar este objetivo, sería necesario que, para el año 2030, cada habitante de la Tierra emitiese un promedio de tan solo 2,3 toneladas de CO2 al año, lo que equivale a aproximadamente la mitad de la actual huella de carbono media.

Tim Gore, autor del informe y responsable del programa de economía baja en carbono y circular del IEEP, afirma que «la brecha en las emisiones para mantener vivo el objetivo del Acuerdo de París de limitar el calentamiento global a 1,5 °C no es el resultado de los patrones de consumo de la mayor parte de la población mundial. Por el contrario, es un reflejo del exceso de emisiones de una pequeña élite, la más rica del planeta. Para acabar con esta desigualdad en las emisiones para el año 2030, es necesario que los Gobiernos dirijan sus medidas a los más ricos, quienes más contaminan. Las crisis climática y de desigualdad debe abordarse de forma conjunta. Esto incluye adoptar medidas para limitar tanto las emisiones generadas por artículos y servicios de lujo como megayates, jets privados y viajes al espacio, como las inversiones intensivas en carbono como, por ejemplo, la adquisición de acciones de compañías de combustibles fósiles».

Entre las práctica más nocivas para el medio ambiente de la población más rica se señala el uso de yates privados, que son responsables individualmente de unas 7.000 toneladas de CO2 por año y los viajes en avión. Pero además también se cuestionan las inversiones y movimientos financieros de las grandes fortunas, en particular en el sector de los combustibles fósiles.

Francisco, que dedicó a esta cuestión su segunda encíclica, la «Laudato Sì» (2015), sostuvo que en esta tarea se debe otorgar «un cuidado particular» a las poblaciones más vulnerables con las que con el tiempo «se ha generado una deuda ecológica».

«Es necesario que los países desarrollados contribuyan a resolver la deuda ecológica limitando de forma importante el consumo de energía no renovable y aportando recursos a los países más necesitados para promover políticas y programas de desarrollo sostenible», dijo Francisco, parafraseando su encíclica.

Porque la herida provocada por la crisis medioambiental, junto a la pandemia del coronavirus, «son comparables a las de un conflicto global».

«Así, como al final de la Segunda Guerra Mundial, es necesario que toda la comunidad internacional ponga como prioridad la adopción de acciones colegiadas, solidarias y de largo plazo», apuntó.

Por último reivindicó que «no hay tiempo que esperar» porque la crisis climática ya causa sufrimiento entre la población, con mención especial a los niños, y adelantó que «en el breve futuro los migrantes ambientales serán más que los que huyen de conflictos».

La desertificación y la sequía en España obligará además, a desplazarse a grupos de población de unas regiones a otras o a las ciudades, es decir, que en nuestro país también va a hablarse de desplazados climáticos, según señala el último informe sobre Sostenibilidad en España 2018 de la Fundación Alternativas.

 Este éxodo de la población podría ser mayor en algunas de las regiones más pobres, donde además podrían sufrir las mayores pérdidas económicas.

El sudeste del país es el más expuesto a este fenómeno, porque será donde se sufra una mayor desertificación, un aumento de las temperaturas, un descenso de las precipitaciones o una creciente escasez de agua.

Según los datos del anterior Ministerio de Medio Ambiente, se prevé un escenario donde el total de zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas en España llegará a los 37,4 millones de hectáreas de las 50,5 millones del total del territorio. Estas magnitudes no dejan lugar a dudas, éste es un fenómeno que no afecta solo a la mitad sur peninsular, se va abriendo camino hacia el norte.

En nuestro país, se espera una subida de entre 10 y 68 cm para final de este mismo siglo. Las zonas más vulnerables son los deltas y playas. Esto causará pérdidas de un número importante de playas, sobre todo en el Cantábrico y buena parte de las zonas bajas costeras se inundarán –deltas del Ebro, Llobregat, Manga del Mar Menor, y costa de Doñana especialmente–. Muchas playas de Cantabria y del País Vasco podrían quedarse sin arena. La variación en el flujo del oleaje afectará a las playas de la Costa Brava, las islas Baleares y el sur de las islas Canarias. Pero las ciudades también están expuestas a estos cambios. Grandes núcleos habitados en España se sitúan en las costas, por lo que ciudades como A Coruña, Gijón, San Sebastián, Barcelona, Valencia o Málaga, por citar tan solo algunas de ellas, se enfrentarán al hundimiento.

Durante la segunda mitad del siglo, se estima que más de 200 hectáreas de terreno en la costa de Bizkaia se encontrarán en riesgo de inundación. Aproximadamente la mitad de ese terreno corresponde a núcleos urbanizados, tanto industriales como residenciales. Algunos estudios indican que el riesgo de inundación en la costa de Bilbao en el periodo 2050-2100 podría triplicar el esperado a los extremos actuales del nivel del mar. Bilbao ya ha tomado nota y cuenta con una Oficina contra el Cambio Climático para prepararse y sensibilizar a sus vecinos.

No hace mucho se hablaba de fenómenos como el Niño o la Niña cada cinco años. Hoy, ocurren casi cada año y medio. Las alertas siguen prendidas, no se descarta aún posibles racionamientos tanto de agua como de luz, para mitigar los fenómenos. Según los ambientalistas y ecologistas, entre ellos Alirio Cáceres.

Hace 45 años Pablo VI habló ante la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura FAO, sobre la posibilidad de una “catástrofe ecológica bajo el efecto de la explosión de la civi­lización industrial”, y subrayó la “urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comporta­miento de la humanidad”, porque “los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técni­cas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre”.

Aunque las afirmaciones de Pablo VI fueron contundentes no lograron el cambio de rumbo que buscaban, quizás porque en ese momento estos pronósticos no tenían el respaldo contundente de la Tierra, que hoy se expresa a través del cambio climático.

Este año, un millón de personas se enfrentan a la hambruna en Madagascar como resultado de cosechas fallidas atribuibles al clima. No obstante, hay suficientes reservas de comida a escala mundial —simplemente no es rentable distribuirla a aquellos que ahora sufren las consecuencias de la catástrofe climática capitalista.

El mayor impacto que está produciendo el cambio climático es y será sobre la población. Una de sus consecuencias será la movilidad involuntaria y compulsiva, lo que a su vez influye e influirá en el ordenamiento territorial, en los recursos y en las nuevas respuestas políticas de los gobiernos nacionales y locales. Las poblaciones que serán más afectadas son las más pobres del campo y las grandes ciudades. En la actualidad, se estima en cincuenta millones el número de migrantes climáticos. En adición, 135 millones están amenazados por la desertificación y escasez crónica de agua.

Algunos países están considerando a los migrantes climáticos como «ciudadanos universales» con derecho a elegir los países donde pueden habitar. El problema es que estos, en general, son ricos o emergentes y no tienen dentro de sus políticas migratorias este concepto o categoría en sus legislaciones.

Entre los «escépticos» están las grandes empresas multinacionales de petróleo, gas y minerales; las empresas madereras; las compañías de procesamiento de carne, de productos lácteos, de frutas, de cereales... También están los voceros de los partidos políticos de los países ricos y emergentes y de aquellos que regularmente asisten a cumbres climáticas y no toman decisiones políticas sobre la reducción de los agentes que producen y con los que dañan el medio ambiente, o que las toman de manera tímida. Detrás de estas personas e instituciones existen «lobistas» que están dispuestos, en algunos casos, a  financiar investigaciones para llegar a conclusiones predeterminadas no alarmistas.

Los ricos seguirán siendo capaces de costear el aire acondicionado, el agua corriente y el alimento —y en muchas áreas incluso bomberos privados y servicios de emergencia— mientras que otros quedan a merced del calor, la deshidratación y la hambruna. Mientras tantas personas pobres se vean desplazadas mientras la Tierra se vuelve inhabitable, no habrá esfuerzo alguno por reubicar a quienes se ven obligados a emigrar. La clase capitalista sólo trata a los migrantes como un azote, que apunta contra otros sectores de la clase trabajadora.

Los más ricos de los ricos están contaminando el mundo y provocando el cambio climático, mientras que los más pobres de los pobres sufren las mayores consecuencias. Las personas con altos ingresos consumen más energía y, en consecuencia, son responsables de más emisiones de gases de efecto invernadero que las personas con menos ingresos. Según la BBC, Bill Gates, uno de los defensores del medio ambiente más destacados del mundo, realizó 59 vuelos en 2017, según los cálculos de Gössling, cubriendo una distancia de alrededor de 343 mil 500 kilómetros, Gates viajó más de ocho veces por todo el mundo, generando más de mil 600 toneladas de gases de efecto invernadero (lo cual es equivalente a las emisiones anuales promedio de 105 estadounidenses).

Las estadísticas son alarmantes. El 10% más rico del mundo fue responsable de alrededor de la mitad de las emisiones globales en 2015, según un informe de 2020 de Oxfam y el Instituto de Medio Ambiente de Estocolmo. El 1 por ciento más rico fue responsable del 15 por ciento de las emisiones, casi el doble que el 50 por ciento más pobre del mundo, que fue responsable de solo el 7 por ciento y sentirá la peor parte de los impactos climáticos a pesar de tener la menor responsabilidad por causarlos.

Y los propios multimillonarios son conscientes de esta desigualdad. Bill Gates, en su último libro titulado “Cómo evitar el desastre climático”, reconoce que "él es un mensajero imperfecto" cuando se trata de hablar de cambio climático y que se siente "culpable" por su enorme huella ambiental. Dos renglones después, Gates se justifica explicando que está invirtiendo en tecnologías para revertir su impacto pasado, presente y futuro.

 

 

Comentarios

  1. ¿El Cambio Climático tiene algo que ver con los Movimientos Sísmicos y las erupciones volcánicas,en una isla de "origen volcánico?.¿Nod podríais decir en que os basáis ?.

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    1. “El cambio climático no sólo afecta a la atmósfera ya los océanos, sino también a la corteza terrestre. Toda la Tierra es un sistema interactivo”, dijo a Reuters el profesor Bill McGuire de la University College London, en el primer gran encuentro de científicos que investigan los efectos del cambio climático en riesgos geológicos.

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