¡El Evangelio no es Religión!
Afirma
el teólogo José María castillo: "Las iglesias se vacían, cada día hay menos sacerdotes, menos
vocaciones para los seminarios y los conventos, la gente – sobre todo los
jóvenes – van menos a misa y las fiestas religiosas se han quedado reducidas a
festejos que han llegado al punto de que las devociones de antes se han
convertido en diversiones de ahora", Hace siglos, hubo tiempos en los que la Iglesia tenía un poder que daba
miedo. La Inquisición en esta vida, el infierno en la otra, las
excomuniones y aquellos sermones que dejaban a la gente temblando. Pero las
cosas han cambiado hasta tal punto, que la vida ya no es como era. Y casi todo
es distinto. De tal manera que se nos antoja que estamos en otra sociedad y en
otras condiciones de vida “añade.
Así es, en la
actualidad, ya no es posible seguir manteniendo una comunidad de fe basada en
el miedo, ni siquiera amenazando con un castigo eterno en un hipotético
infierno. Se debe rescatar la Buena
Noticia, que es de alegría, de banquete, de fiesta compartida, en esta vida
antes que en la próxima, donde los caídos se levantan, los atemorizados hablan,
los cegados ven la luz de Dios, los zancadilleados tienen una segunda
oportunidad, los diáconos rescatan su vocación de servicio y los obispos
reviven sus orígenes como protectores y guías activos en el crecimiento
espiritual de la comunidad.
Muchos esperamos que
reaccionen antes de que sea tarde, no vaya a ser que se acaben quedando solos,
pastores en paro, buscando alguna oveja a la que pastorear.
Conozco personas que buscaban una vida espiritual dentro del
cristianismo y que han huído hacia otras opciones religiosas. Personas que no han encontrado el
alimento espiritual que esperaban en el cristianismo. Que se han ido sin
saber siquiera qué es. Que creen que el cristianismo consiste en cumplir con
una serie de ritos y mandamientos, con el objetivo de ganarse la entrada a un
cielo de ultratumba. Que observan cómo
hay quienes utilizan la celebración del perdón como lavadora mágica de culpas y
delitos para seguir con su actitud culposa y a veces delictiva, con la
torticera idea de que pueden burlar la justicia divina. Que les da la
impresión de que a Dios le importa más nuestra vida íntima que la necesaria
solidaridad entre sus hijos más afortunados y los más desfavorecidos. Que ven
cómo las celebraciones, ¡las fiestas!, se convierten en obligaciones, bajo
amenaza de castigo eterno. Que ven cómo algunos buscan la misa más corta y
menos aburrida para poder cumplir con el mandamiento, al menor coste de tiempo
y con el menor fastidio. Que encuentran mejor acogida y más fraternidad en
colectivos aconfesionales de corte humanista que en nuestras viejas
instituciones cristianas.
Si alguno se cree
religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón,
la religión del tal es vana. La religión pura y sin mácula delante de Dios
el Padre es esta: Visitar a los
huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del
mundo. (Stgo 1:26-27).
Cuando Dios mandó a Israel salir de Babilonia, Él no solo
quería que ellos huyeran de aquella sociedad y ciudad corrupta. ¡Él los llamó a ir a Jerusalén para
levantar un testimonio, a restaurar y construir Su casa¡ Ese fue su primer
llamamiento: ¡Vayan a Jerusalén y
edifiquen Mi casa!
La historia de Hageo es
vital para nosotros porque el Señor nos ha despertado y nos ha hablado las
mismas palabras: “¡Salid de Babilona y
edificad mi casa ¡” Si no nos movemos con esa vida preciosa, ¿Sabes lo que va ocurrir? ¡Lo mismo que
les sucedió a las personas a las cuales Hageo hablo estas palabras! Tus intereses se volverán internos en vez
de externos. ¡Todo lo que hagas será una farsa!
El evangelio es lo más importante, Dios existe y viene para ofrecer su
reino o su señorío salvador para los hombres. Dios busca ser soberano en el
corazón del ser humano. Jesús no busca profesionales de religión, sino
trabajadores, personas humildes pero abiertas al reino, a quienes saben echar y
tener las redes preparadas; unos buenos pescadores dentro del mundo.
Jesús no busca la ayuda de ángeles de Dios, no quiere expertos en cuestiones
religiosas, busca unos pescadores dispuestos
para el reino, también por el valor de la pesca en esa época. Marcos no nos
da detalles de estos primeros pescadores, le interesa evidenciar cómo de ahora
en adelante serán pescadores de hombres.
Cuando Jesús llama, las personas dejan las redes y lo siguen
(Mc 1,18), ellos van tras él sin
tardanza, dejan para otros las redes anteriores, pues Jesús quiere
especialistas pero en la tarea mesiánica, y él comparte su misión con ellos.
La Eucaristía es una
experiencia de vida, no un rito de sacerdotes. Los seguidores de Jesús
empezaron a recordarle pronto celebrando en su nombre una Cena de memoria y
acción de gracias; fue siempre una comida laical. En contra de lo que sucedió
más tarde, la iglesia primitiva no interpretó la eucaristía de una forma
sacerdotal separada, ni desarrolló un ministerio de liturgos presidentes para
ocupar el lugar de los sacerdotes del templo, sino que lo entendió de un modo
laical, como algo que pertenecía al sacerdocio común de toda la comunidad
creyente. Pero entrado el siglo II es cuando la celebración ya no se interpreta
como comida laical que rememora a Jesús, sino como un sacrificio, en
continuidad con los sacerdotes del templo judío de Jerusalén y ve necesario
instituir sacerdotes y obispos.
Ha llegado el momento
de volver a la raíz, de retomar el Evangelio, de iniciar de verdad la Nueva
Evangelización, que ha de ser obra de TODOS. Un elemento básico de esa
nueva evangelización es el descubrimiento del “sacerdocio universal” de todos
los creyentes, a quienes Jesús ha declarado testigos de su Reino.
El Nuevo Testamento
no ha fijado una tabla de ministros permanentes, de manera que las primeras
comunidades tuvieron formas diferentes de entender y realizar la tarea ministerial
de Cristo. Mateo alude, por ejemplo, a profetas, escribas y maestros. Pablo
destaca a los apóstoles, profetas y doctores, en unas comunidades en las que
todos son ministros (diáconos) de la obra de Jesús. El libro de los Hechos
habla de presbíteros y diáconos, pero sin darles un valor permanente, de manera
que el abanico de ministerios varía según las necesidades de las iglesias. Sin embargo, en un proceso bastante rápido
(en la 2ª mitad del siglo 2 d. C.), ellos se ha conformado en torno a la
predicación de la palabra, la organización de la vida y la celebración del
misterio, desembocando en tres funciones: Episcopado, diaconado, presbiterado.
En el contexto posterior, el diaconado perdió pronto su valor y fue absorbido
por los otros ministerios, que han ido ganando en importancia.
Creo que si no se normaliza la función profética del laico,
el catolicismo está abocado a la extinción. No se puede seguir tratando al
laico como si fuese un menor de edad.
Con pena, veo cómo se
sigue intentando acallar las voces críticas que proponen alternativas, como si
desde la jerarquía tuviesen en mente mejores propuestas que por alguna extraña
razón no dan a conocer. Muchos esperamos que reaccionen antes de que sea
tarde, no vaya a ser que se acaben quedando solos, pastores en paro, buscando
alguna oveja a la que pastorear.
Evangelio es el
encuentro y la permanencia con Jesús; esto es lo que escuchamos algunas veces
en las homilías, pero no cala, porque las normas se anteponen muchas veces:
esto está prohibido, esto no es lo que piensa la Iglesia… La norma cuando se
antepone a la persona criminaliza a la persona, la hace culpable, excluida.
Cristo siempre trae
nueva vida a aquellos que sufren. Él es la lluvia que riega el jardín y
satisface en la sequía, el manantial que no falla (Isaías 58:11). ¡Todo lo que
él toca brota vida! ¡Su gracia siempre estará disponible! ¡Hoy es el día! “Si
oyeres hoy su voz; no endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación”
(Hebreos 3:15).
José Carlos Enríquez Díaz

Excelente reflexión, como una fuerte sacudida al árbol de nuestra fe. Reflexión que invita al cambio y transformación de nuestra práctica creyente, ante una nueva y complicada realidad. Adimaración y respeto pará José María.
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