El capitalismo después del Covid-19, más explotación más dictadura
La crisis internacional del sistema capitalista, en la que
estamos inmersos ahora, traerá profundos cambios en el sistema de dominación,
después de la Covid-19. Ninguno de ellos lo será a favor de la mayoría social.
¡Llegó el virus y lo único que hizo fue acelerarlo y agudizarlo todo!
España posee hoy un gran arsenal de armamento, cientos de tanques de última generación, decenas de aviones F-16 y novedosos barcos de guerra. Pero llegó el covid y no disponía mascarillas La escasez de equipos de protección individual (EPIS) en toda España ponía en jaque a los servicios sanitarios. Las diferentes instituciones y empresas sanitarias recibían la instrucción del Ministerio de Sanidad y del Ministerio de Economía y Trabajo Social que planteaba alternativas y posibles estrategias ante la escasez de equipos en situación de crisis. «Es posible que sea necesario considerar alguna de estas medidas o una combinación de ellas, siempre de forma excepcional y mientras persista la situación de escasez», indicaba la instrucción. También carecemos una atención primaria suficiente, ni residencias de tercera edad con los necesarios servicios de geriatría. El Gobierno gasta 20.000 millones anuales en compra de armamento, pero no hay presupuestos suficientes para atender a la salud del pueblo que, además, es entregada al negocio de las empresas privadas, tanto por gobiernos de PSOE como de PP.
El coronavirus ha
puesto en evidencia las brechas educativas y sanitarias en el mundo.
Hoy los monopolios farmacéuticos compiten ferozmente entre
ellos para ver quien se hace con el negocio multimillonario de la prevención de
la enfermedad. No hay ninguna colaboración de los avances que consiguen los
diferentes laboratorios, ninguna puesta en común para obtener la mejor vacuna y
en el menor tiempo posible. La dictadura de la ganancia capitalista lo impide. Los gobiernos firman contratos con las
compañías que han desarrollado esas vacunas en tiempo récord y, sin embargo,
información crítica de esos acuerdos permanece oculta para el gran público
debido a estrictas cláusulas de confidencialidad.
Según Jonathan García,
experto en salud pública en la Universidad de Harvard, en EE.UU., "esto no
es nada nuevo; es frecuente que en los contratos entre los sistemas de salud de
los países y las farmacéuticas se
incluyan cláusulas de confidencialidad". "Los laboratorios buscan
fraccionar el mercado para poder negociar precios distintos con los distintos
países", añade.
Las diferencias en el acceso a las vacunas han llevado al
mundo a un riesgo de "fracaso moral catastrófico", como definió el
director de la Organización Mundial de la Salud, el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, el hecho de que los países más
necesitados vayan a tener que esperar años para inmunizar a su población.
La historia de las epidemias muestra que no sería la primera
vez. Ya sucedió con la poliomielitis y la viruela, enfermedades erradicadas
mucho antes en los países más avanzados.
O con el VIH, que todavía diezma a muchas poblaciones
africanas cuando los pacientes en el llamado primer mundo han visto prolongada
significativamente su esperanza de vida gracias al desarrollo de los
tratamientos antirretrovirales.
Vivimos en una guerra
civil mundial, como lo han planteado entre otros autores Di Cesare, Berardi y Agamben. La guerra se ha privatizado y hace de víctimas a
todos los miembros de la sociedad.
Esta crisis es una
oportunidad para reflexionar sobre las consecuencias del estilo de vida
occidental. Para tener smartphones, portátiles, grabadoras y todo tipo de
gadget electrónicos, las empresas extraen coltán y otros minerales a miles de
kilómetros de Europa, muchas veces violando derechos humanos y laborales.
¿Somos conscientes del impacto que todas nuestras decisiones de compra tienen
en la vida de otras personas?
“El consumo tiene que
cambiar. Vamos a los centros comerciales como si fueran catedrales, y más de
20.000 personas circulan ahí. Eso son zonas de peligro ahora mismo y lo serán
en el futuro. Por eso, tendremos que repensar las ciudades, el urbanismo, con
comercios de proximidad y con centros comerciales de una dimensión más pequeña”
dice Boaventura de Sousa Santos,
sociólogo portugués.
Cuando hay miseria y miedo en las clases populares, que
pierden poder, llega el mensaje: “Orden” Un "orden" que suele
reclamar severas restricciones de la libertad en el altar de una supuesta
seguridad.
El gigante asiático
viene a decirle al mundo ahora que "para funcionar necesitamos un sistema
más autoritario, más firme, dedicado no tanto a la política como a pensar en un
futuro mejor"
Quizás los regímenes del futuro, como han alertado en sus
ensayos autores como Yascha Mounk y
Steven Levitsk, se alternen entre "democracias
sin derechos", donde las garantías quedan arrolladas por un
plebiscitarismo entronizador del líder, y "derechos sin democracia",
donde los tecnócratas se encastillan tras los gruesos muros de unas
instituciones cada vez más protegidas de la voluntad popular.
Los peligros son que
las empresas están pensando que el teletrabajo es la solución y el teletrabajo
es un trabajo sin derechos. No sabes cuántas horas extra haces, tienes que
dar una atención muy grande y cuesta diferenciar qué es tiempo libre y qué es
trabajo. Luego está la educación. Las empresas detrás de la educación ya están
pensando que será un negocio rentable hacerlo todo por internet, pagando menos
profesores, infraestructuras, etc.

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