COSAS QUE GUARDAR EN EL CORAZÓN
Santiago Agrelo
Se trata de dos Estados soberanos: Marruecos y España.
Se supone que, entre Estados soberanos, a los problemas que
puedan surgir se les busca una solución por cauces políticos, diplomáticos,
cómplices del buen entendimiento.
Se supone que los dirigentes de esos Estados soberanos son
gente razonable, gente fiable, gente madura, gente de buena voluntad, gente que
ama la justicia y el derecho.
Se supone…
Sin embargo, lo que en estos días está sucediendo en la
frontera hispano-marroquí, no deja en buen lugar a los que se supone debieran
ser razonables interlocutores de ambos Estados.
Sin pudor, se utiliza
a los pobres degradándolos de la condición de personas con derechos
inalienables a la condición de cosas, de mercancía, de arma, que el poder
utiliza para su propio beneficio.
Sin pudor, olvidada la dignidad inalienable de esas
personas, se les anima a morir, porque eso le trae cuenta a quien los deja
pasar una frontera y a quien no los deja entrar en la otra.
Mañana, si hay tragedia, y ya la hay, todos los buenos hijos
del poder se lavarán las manos, y cuanto mayor sea la tragedia, menos agua
necesitarán: el poder, a un lado y otro de esa frontera, siempre se consideró
legitimado para matar –el Tarajal guarda memoria de ello-.
Y a esos chicos del
agua, a esos “mojados”, a esa humanidad utilizada por unos y otros para hacerse
una guerra a la que ellos nunca van, nadie les preguntará qué buscan, qué
necesitan, qué podemos hacer para que ejerzan su derecho a buscar una vida
digna, en libertad, respetada.
A esos chicos que la legalidad marroquí nos envió en frío,
la legalidad española los devolverá en caliente. Legalidad inicua. O, como
diría san Francisco, desvergonzada “inequidad”.
A morir, siempre
tienen que ir los hijos de los pobres.
Y como nada de esto puedo entender, me toca guardarlo, como
las cosas de Dios, en el secreto del corazón.


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