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Los ritos religiosos no satisfacen…

No, no. La práctica del ritual no implica la fe. Nunca hemos de confundir lo que es una auténtica conversión y todo lo que ello comporta, ni lo que significa la experiencia viva de la fe cristiana, con la práctica del ritual que, sin duda alguna, es, simplemente, una mediación casi prescindible para acercarnos al objetivo prioritario y esencial en la vivencia de la espiritualidad cristiana que es el encuentro con Dios.

Existe un peligro: Convertir la experiencia de la fe y de la vivencia de la espiritualidad cristiana con la práctica del ritual.

Si confundimos el objeto de la fe con la práctica del ritual podemos caer en errores como pensar que el objeto de la fe es la asistencia a los cultos, el buen manejo de la Biblia o su lectura, el ser obediente a las orientaciones del cura, el escuchar con respeto sus sermones, el comprometerse a donar, respetar las costumbres de la iglesia o servir al templo, cuando en realidad esas prácticas quedan en la línea de una teología no esencial que puede ser rutinaria y que más que con la fe, tiene que ver con las estructuras, reglamentos y disciplinas de la iglesia, 

El objeto de la fe es, simple y llanamente, el encuentro personal con Dios, la conversión, el nuevo nacimiento, la experiencia de Dios en nuestras vidas. Las otras prácticas del ritual nos pueden servir como mediaciones de ayuda en nuestra relación con Dios, pero están subordinadas a lo fundamental que es el cambio de vida para que Cristo pueda vivir en nosotros.

Así, la práctica del ritual nos puede hacer personas religiosas y comprometidas con una ética de cumplimiento que tiene que ver con la vida de la iglesia, nos puede involucrar en el servicio al templo, pero nunca debe ser considerada como algo totalmente esencial, como el objeto u objetivo central de la fe.

La práctica del ritual nos puede convertir en cumplidores religiosos, pero el encuentro con Dios, auténtico objeto de la fe, es el que va a cambiar nuestras relaciones con el prójimo, con la búsqueda de la justicia y con la práctica de la misericordia. Creer, tener fe, no es practicar una ética de cumplimientos religiosos.

La experiencia de la fe que actúa por el amor como diría el apóstol Pablo, además de mantenernos son mancha hasta el fin, va a orientar nuestras relaciones y propósitos ante la necesidad de la búsqueda de la justicia, la práctica de la misericordia, el reducir la pobreza en el mundo.

Nunca debemos quedarnos bloqueados en el ritual como si ello fuera lo central y esencial en nuestra vida cristiana. Además, hay que decirlo y enseñarlo para que no haya personas sencillas que ponen el objeto de su fe en las prácticas religiosas, cumplimientos, costumbres y normas eclesiásticas que, siendo buenas, no son lo esencial para la comprensión de una auténtica y genuina vivencia de la espiritualidad cristiana.

Muchos más aún esto se dará en medio de una España católica que está muy pegada al rito, al fetiche, a las imágenes y al culto a vírgenes y santos que solo deberían ser simples mediaciones que se subordinaran a lo esencial.

Por eso creo que los  líderes y servidores de iglesia, deben tener mucho cuidado para que los fieles sencillos no se confundan dando al ritual un lugar central, incluso por encima del hecho de experimentar cada día y cada instante la presencia de un Dios vivo en nuestras vidas.

Hay que liberarse todo lo posible de los ritos externos a favor del hecho de constatar y experimentar que no somos salvos por prácticas rituales y por respetar costumbres eclesiásticas, sino por la conversión, el nuevo nacimiento y por lanzarnos a ser las manos y los pies del Señor en medio de un mundo de dolor en el servicio al prójimo que, en el fondo, es el servicio a Dios mismo. Así, la fe no la debemos de confundir con la práctica de un ritual.

Los dirigentes de las grandes confesiones religiosas están preocupados ante la indiferencia y la frialdad religiosa que se manifiesta especialmente entre sus propios feligreses. Las grandes iglesias están perdiendo “interés y actualidad” entre las gentes. Sus programas ya no satisfacen, tienen muy poco atractivo; se apartaron del verdadero camino, de la fuente de la vida, del Cristo genuino, que sus ritos y obligaciones tradicionales para muchos resultan un conjunto de formas externas que carecen de significado.

La vida moderna con todo su progreso no se ajusta a muchas formas arcaicas de carácter religioso.

Estas iglesias enseñaron a sus feligreses lo ficticio y no la realidad de Cristo; al no tener fundamento ni base, muchas personas sintieron un vacío enorme. Aprendieron a cumplir con ritos rutinarios tradicionalistas y a vivir con todo aquello que satisface la carne. Nunca fueron transformadas a una nueva vida, y decir, convertidos a Cristo. Jesús declaro: El que es  nacido de la carne, carne es (Jn 3.6Todo lo que se realiza según la carne aún en el terreno religioso no puede producir frutos espirituales.

Si las multitudes se les enseñase el Cristo Evangélico no veríamos estos estados de crisis colectiva y los dirigentes no tendrían motivos para alarmarse.

Todo lo que no sea un cambio interno en el corazón del ser humano como resultado de su fe en Cristo, fe fundada en la sola palabra de Dios, no se formaran iglesias vivientes en Cristo por otros medios. Y en eso estamos todos en camino.

Las almas tienen que acudir a Cristo, teniendo sed de él; Cuando lleguen a creer en El “ríos de agua viva saldrán de su interior”. La verdadera Obra del Señor siempre permanece, es renovada se mantiene fresca, tiene vida nueva está guiada por el Espíritu Santo.

A partir de todo esto podemos preguntarnos… ¿Podrá haber un cristianismo sin ritos especiales… un cristianismo donde sólo quede la sacramentalidad de la vida, en un camino que va de la justicia al amor? ¿Necesitamos unos ritos? ¿Qué tipo de ritos?

 

 

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