Laicos con misión
Así es, el tema del
cristianismo actual, no es la jerarquía vaticana, ni dogmas antiguos, ni
escándalo del clero, sino el bautismo.
¿Cómo debería bautizar hoy la Iglesia para ser fiel a Jesús? ¿Por qué muchos
cristianos de origen dejan hoy de bautizarse? Algunas personas echan la
culpa a la “gente” (padres menos fieles, comunidades desengañadas...), pero el
tema no es la “gente”, sino si la Iglesia es “útero de nueva vida”, lugar y camino atrayente de nacimiento y
comunión humana para todos los hombres.
El problema de fondo es si la Iglesia ofrece y representa actualmente el bautismo de
Jesús, ella es de verdad “baptisterio”: lugar donde la Vida de Dios germina,
espacio de amor para crecer en perdón, comunión y fraternidad. ¿Se puede hoy
decir que la "casa" principal de la iglesia es el baptisterio?
Cada cristiano (hombres o mujeres) son ministros oficiales
del bautismo en la Iglesia. Ante este misterio de vida que nace no existen jerarquías, como las que la
iglesia ha trazado más tarde para la Eucaristía y el Sacramento del Perdón o
del Orden. Pero esa jerarquización resulta aberrante: Si el bautismo es lo primero y más grande (y es de todos) no tiene
sentido crear luego jerarquías especiales y exclusivas para otros sacramentos.
La iglesia no es un
grupo más entre los grupos de poder económico y cultural, social y religiosa,
sino hogar de inmersión y renacimiento personal y social, como lo muestra el
signo del bautismo.
Los discípulos tenían corazones puros. Tenían fe para sanar a los enfermos, para echar fuera demonios. Tenían la Palabra del Señor y ya habían estado predicando a Cristo y ganando conversos. Ellos fueron testigos de su resurrección. ¿Qué más podría haber? Estaban dispuestos a morir por Jesús. ¿No era su amor por él lo suficiente como para enviarlos al mundo para hacer su obra?
Para ser un buen soldado al servicio de nuestro Señor
Jesucristo, no basta solo con ser salvo. Necesitas ser bautizado con el
Espíritu Santo.
Nada de eso fue
suficiente. Claramente, había más. Cristo les dijo: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo
último de la tierra” (Hechos 1:8).
Debemos saber que el Espíritu todavía sigue bautizando,
todavía cae sobre los creyentes. Pedro predicó a la iglesia primitiva:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para
perdón de los pecados; y recibiréis el
don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros
hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios
llamare” (Hechos 2:38–39).
“Y en los postreros
días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne… en aquellos días
derramaré de mi Espíritu” (Hechos
2:17-18). Dios quiere que vivas y
andes en el Espíritu. ¡Todos estamos llamados a ser testigos llenos del
Espíritu Santo y de poder!
Desde siempre se nos ha hablado del sacerdocio común, como algo propio de todos los cristianos. Pero, ha servido de bien poco. Ese sacerdocio, que es el de Jesús, y que representa una mutación sustancial con respecto al sacerdocio del pueblo judío y de otras culturas del Antiguo Oriente, es el único existente en la Iglesia católica, pero ha pasado a ser exclusivo de los hoy llamados clérigos.
El sacerdocio de
Jesús no necesita de templos, ritos y sacrificios, ni de especiales
intermediarios entre Dios y los hombres; es distinto y se condensa en el amor
que rige y mueve toda su vida, no en otro tipo de sacrificio externo, violento,
oficiado por intermediarios sagrados. Hay que volver al origen y retomar el
Evangelio, porque nos hemos alejado de él, otorgando el título de sacerdotes,
únicamente a una élite,- la clase clerical-, contrapuesta al laicado y erigida
sobre él como una categoría superior, con poderes que la elevan sobre el resto
de los fieles.
Admitir que la Iglesia se compone de dos categorías: una
clerical y otra laical, con desigualdad entre ambas, es introducir algo
contrario a la condición y dignidad sacerdotal de todo cristiano, fundadas en
el sacerdocio de Jesús. El sacerdocio de Jesús es laical en él y en
consecuencia en todos, y creará en las comunidades cuantas funciones, tareas,
carismas o servicios (ministerios) sean necesarios. Es bueno cuestionar ciertos
procedimientos eclesiásticos, que no encajan ni de lejos con la praxis y
enseñanza de Jesús y también con la manera de ser y obrar de la Iglesia
primitiva.
Si encendemos un
fósforo y hacemos arder un palo de leña, el fuego penetrará la madera. Eso es
lo que hace el Espíritu Santo en nuestras vidas. Va más allá de las
apariencias superficiales hasta la raíz de nuestro ser. El Espíritu no pone vendas sobre nada - Él va a la raíz de nuestros
problemas para proporcionar ayuda-. De la misma forma, la predicación que
es ungida por el Espíritu Santo es una predicación ardiente. Eso no significa
que juzgue a la gente o la condene; más bien, significa que ese ministerio
penetra el corazón, revela el pecado, y muestra vívidamente la necesidad de
Jesucristo. Sin el fuego del Espíritu
Santo, la predicación puede descender a mero entretenimiento o demostración de
oratoria.
Cuando Pedro predicó
el primer sermón de la era cristiana, esas palabras sin elocuencia pero
ardientes, causaron profunda convicción y la respuesta a ellas fue: “¿Qué
haremos?” (Hechos 2:37). Los recursos de enseñanza que ayudan a los
predicadores a comunicarse son útiles, pero sin el fuego del Espíritu, los
corazones nunca serán humillados y quebrantados ante el Señor.
En Jeremías, Dios
preguntó: “¿No es mi palabra como fuego…?” (Jeremías 23:29). La Palabra
predicada con el fuego del Espíritu atraviesa el desastre y trata en forma
directa con la condición problemática de nuestros corazones. Muchas personas
probablemente tienen poco interés en experimentar la ardiente palabra de Dios;
prefieren rituales entretenidos y sermones que no son confrontadores. Pero el
fuego del Espíritu siempre va directo al grano y trata con los obstáculos que
nos apartan de la bendición de Dios.

Comentarios
Publicar un comentario