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Laicos con misión

Afirma nuestro obispo Fernando García Cadiñanos: “Hasta ahora hemos venido construyendo una Iglesia excesivamente clerical, donde los sacerdotes han sido el “factótum”. Sobre ellos pivotaba prácticamente todo. Pero ya el Concilio Vaticano II redescubrió la importancia del Bautismo y la corresponsabilidad de todos en lo que es de todos. Y la sinodalidad de la que el papa Francisco nos habla tanto, nos invita a caminar juntos en esa diversidad”

Así  es, el tema del cristianismo actual, no es la jerarquía vaticana, ni dogmas antiguos, ni escándalo del clero, sino el bautismo. ¿Cómo debería bautizar hoy la Iglesia para ser fiel a Jesús? ¿Por qué muchos cristianos de origen dejan hoy de bautizarse? Algunas personas echan la culpa a la “gente” (padres menos fieles, comunidades desengañadas...), pero el tema no es la “gente”, sino si la Iglesia es “útero de nueva vida”, lugar y camino atrayente de nacimiento y comunión humana para todos los hombres.

El problema de fondo es si la Iglesia  ofrece y representa actualmente el bautismo de Jesús,  ella es de verdad “baptisterio”: lugar donde la Vida de Dios germina, espacio de amor para crecer en perdón, comunión y fraternidad. ¿Se puede hoy decir que la "casa" principal de la iglesia es el baptisterio? 

Cada cristiano (hombres o mujeres) son ministros oficiales del bautismo en la Iglesia. Ante este misterio de vida que nace no existen jerarquías, como las que la iglesia ha trazado más tarde para la Eucaristía y el Sacramento del Perdón o del Orden. Pero esa jerarquización resulta aberrante: Si el bautismo es lo primero y más grande (y es de todos) no tiene sentido crear luego jerarquías especiales y exclusivas para otros sacramentos.

La iglesia no es un grupo más entre los grupos de poder económico y cultural, social y religiosa, sino hogar de inmersión y renacimiento personal y social, como lo muestra el signo del bautismo.

Los discípulos tenían corazones puros. Tenían fe para sanar a los enfermos, para echar fuera demonios. Tenían la Palabra del Señor y ya habían estado predicando a Cristo y ganando conversos. Ellos fueron testigos de su resurrección. ¿Qué más podría haber? Estaban dispuestos a morir por Jesús. ¿No era su amor por él lo suficiente como para enviarlos al mundo para hacer su obra?

Para ser un buen soldado al servicio de nuestro Señor Jesucristo, no basta solo con ser salvo. Necesitas ser bautizado con el Espíritu Santo.

 Nada de eso fue suficiente. Claramente, había más. Cristo les dijo: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

Debemos saber que el Espíritu todavía sigue bautizando, todavía cae sobre los creyentes. Pedro predicó a la iglesia primitiva: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:38–39).

 “Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne… en aquellos días derramaré de mi Espíritu” (Hechos 2:17-18). Dios quiere que vivas y andes en el Espíritu. ¡Todos estamos llamados a ser testigos llenos del Espíritu Santo y de poder!

Desde siempre se nos ha hablado del sacerdocio común, como algo propio de todos los cristianos. Pero, ha servido de bien poco. Ese sacerdocio, que es el de Jesús, y que representa una mutación sustancial con respecto al sacerdocio del pueblo judío y de otras culturas del Antiguo Oriente, es el único existente en la Iglesia católica, pero ha pasado a ser exclusivo de los hoy llamados clérigos.

El sacerdocio de Jesús no necesita de templos, ritos y sacrificios, ni de especiales intermediarios entre Dios y los hombres; es distinto y se condensa en el amor que rige y mueve toda su vida, no en otro tipo de sacrificio externo, violento, oficiado por intermediarios sagrados. Hay que volver al origen y retomar el Evangelio, porque nos hemos alejado de él, otorgando el título de sacerdotes, únicamente a una élite,- la clase clerical-, contrapuesta al laicado y erigida sobre él como una categoría superior, con poderes que la elevan sobre el resto de los fieles.

Admitir que la Iglesia se compone de dos categorías: una clerical y otra laical, con desigualdad entre ambas, es introducir algo contrario a la condición y dignidad sacerdotal de todo cristiano, fundadas en el sacerdocio de Jesús. El sacerdocio de Jesús es laical en él y en consecuencia en todos, y creará en las comunidades cuantas funciones, tareas, carismas o servicios (ministerios) sean necesarios. Es bueno cuestionar ciertos procedimientos eclesiásticos, que no encajan ni de lejos con la praxis y enseñanza de Jesús y también con la manera de ser y obrar de la Iglesia primitiva.

Si encendemos un fósforo y hacemos arder un palo de leña, el fuego penetrará la madera. Eso es lo que hace el Espíritu Santo en nuestras vidas. Va más allá de las apariencias superficiales hasta la raíz de nuestro ser. El Espíritu no pone vendas sobre nada - Él va a la raíz de nuestros problemas para proporcionar ayuda-. De la misma forma, la predicación que es ungida por el Espíritu Santo es una predicación ardiente. Eso no significa que juzgue a la gente o la condene; más bien, significa que ese ministerio penetra el corazón, revela el pecado, y muestra vívidamente la necesidad de Jesucristo. Sin el fuego del Espíritu Santo, la predicación puede descender a mero entretenimiento o demostración de oratoria.

Cuando Pedro predicó el primer sermón de la era cristiana, esas palabras sin elocuencia pero ardientes, causaron profunda convicción y la respuesta a ellas fue: “¿Qué haremos?” (Hechos 2:37). Los recursos de enseñanza que ayudan a los predicadores a comunicarse son útiles, pero sin el fuego del Espíritu, los corazones nunca serán humillados y quebrantados ante el Señor.

En Jeremías, Dios preguntó: “¿No es mi palabra como fuego…?” (Jeremías 23:29). La Palabra predicada con el fuego del Espíritu atraviesa el desastre y trata en forma directa con la condición problemática de nuestros corazones. Muchas personas probablemente tienen poco interés en experimentar la ardiente palabra de Dios; prefieren rituales entretenidos y sermones que no son confrontadores. Pero el fuego del Espíritu siempre va directo al grano y trata con los obstáculos que nos apartan de la bendición de Dios.

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