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¡Jóvenes, un paso al frente!

Dios demanda una juventud que dé pasos agigantados hacia delante sin temor y dudas porque él está delante para protegernos.

Dios escoge algunas personas desde jóvenes para realizar un trabajo en específico y Josué es un ejemplo. Él nació en Egipto bajo la esclavitud y opresión del Faraón. En Éxodo 17 se le menciona por primera vez cuando Moisés lo designó como líder de un grupo que iría a combatir a los amalecitas en Refidín. Esa es la primera de varias victorias que Josué experimentaría durante su vida. Josué no lo sabía aun, pero un día él sería el sucesor de Moisés dirigiendo al pueblo.

En su juventud Josué fue asistente de Moisés; hacía guardia frente a la Tienda de reunión donde Dios hablaba cara a cara con Moisés y le daba instrucciones para el pueblo. Josué tomaba muy en serio su trabajo y se destacaba por su dedicación.

Y hablaba el Señor con Moisés cara a cara, como quien habla con un amigo. Después de eso, Moisés regresaba al campamento; pero Josué, su joven asistente, nunca se apartaba de la Tienda de reunión.(Éxodo 33:11) Cuando Dios avisó a Moisés que se acercaba su muerte, Moisés pidió un nuevo líder para el pueblo (Números 27:17). Dios nombró a Josué porque era un hombre de gran espíritu, o dicho en otras palabras, era un hombre en quien moraba el Espíritu de Dios (Números 27:18).

Hay una realidad que nos entra por los ojos y por los oídos todos los días; realidad que no podemos negar, ni ocultar, ni disimular. Hoy hay muchos jóvenes que se alejan y se apartan de la Iglesia y muchos la abandonan; otros la aparcan de su vida excepto en momentos puntuales: bodas y entierros. Otros organizan su vida como si la Iglesia no existiera, es decir, “pasan de la Iglesia”.

Dada la complejidad que vivimos hay quien hasta dice que la vida cristiana en este tiempo es sólo para las personas mayores ya que han asentado bien su vida y que ya no tienen la carga familiar de la educación de sus hijos. Esto último denota el claudicar de nuestra obligación de conversión y esfuerzo por situarnos en la vida con la cosmovisión y gramática simbólica de los jóvenes que definitivamente no es la nuestra. Si pretendemos colaborar en la evangelización de los jóvenes necesitamos, como intuyó Nicodemo, nacer de nuevo…del agua, espíritu…..del fuego y parto doloroso.

Escuchemos también con mucha atención lo que el Concilio Vaticano II nos dice en la constitución pastoral de la Iglesia: “la Iglesia tiene el deber de hacer presente y como visible a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo.

El Papa Francisco dijo a los jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil que él quería una Iglesia pobre y para los pobres y una Iglesia sencilla y sin boatos. Por eso, él mismo, desde el primer día de su pontificado no cambio los zapatos ni los calcetines negros por los que le tenían preparados de color; empezó por utilizar un coche utilitario y no de alta gama; no se instaló en las habitaciones del Palacio Apostólico que le tenían preparadas para él, sino que, se quedó en la Casa Santa Marta.

 No necesitamos más actividades o nuevos métodos para alcanzar a nuestra generación. Necesitamos el poder del Espíritu Santo derramado en nosotros mientras predicamos la cruz e intercedemos por una generación perdida. Los primeros discípulos fueron llenos del Espíritu Santo y eso fue más que suficiente para que tuvieran el denuedo de predicar en todo lugar a cualquier costo. 

 El deseo de Dios es que nuestra generación se sumerja en su presencia, que seamos llenos del Espíritu Santo y que experimentemos el poder de de Cristo en nuestras vidas y en nuestros pueblos. Más que nunca necesitamos vaciarnos de nosotros mismos y ser llenos de Él.

Si somos llenos de su Espíritu no hará falta nada más. Él nos dará el denuedo que necesitamos, podremos ver el poder que acompaña el mensaje de la cruz y veremos cómo el gobierno de Cristo cambiará las vidas de los que nos rodean. 

La Iglesia no nace como consecuencia de la simpatía de los apóstoles por Jesús ni de la amistad entre los apóstoles, ni de su decisión de continuar la obra de Jesús. La Iglesia no es una obra humana. Lo que hace y constituye como Iglesia a los que "estaban juntos en el mismo lugar" (Hechos 2, 1) es que fueron llamados por Jesucristo a seguirle, y que "todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les movía a expresarse".

El Papa Francisco en su catequesis sobre el Espíritu Santo dice: “Cuando el Espíritu Santo entra en nuestro corazón, nos infunde consuelo y paz, y nos lleva a sentirnos tal como somos, es decir, pequeños… y, continua, nos hace sentir como niños en los brazos de nuestro papá” Nos dice San Pablo en su carta a los Romanos: “Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5: 5)”.

La Fe no es un acto meramente de la voluntad. Es ante todo un don que se nos viene dado por el Espíritu Santo, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por Él” (CEC 153).

Nuestros adolescentes deberían ser capaces de dejar su hogar, totalmente instruidos en cómo responder a sus amigos seculares. 

Deberían estar totalmente formados para dar una razón de la esperanza que hay en ellos (1 Pedro 3:15): ¿Realmente existe Dios? ¿Por qué permite Él que haya dolor y sufrimiento en el mundo? ¿Es la Biblia realmente la verdad?

Los padres cristianos y nuestras iglesias, necesitan hacer un mejor trabajo en desarrollar el corazón y la mente de nuestra juventud con la Palabra de Dios (1 Pedro 3:15; 2 Corintios 10:5).

Francisco afirma que “Jesús encendió un fuego en los corazones de los discípulos. Y este fuego para que no se apague, “tiene que expandirse, sino se convierte en cenizas, tiene que propagarse”. Por ello, el Papa los alienta a alimentar y a propagar el fuego de Jesús que vive en ellos.

Una de las personas que más ha contribuido a la promoción de la idea del ecumenismo en el siglo XX , especialmente entre los jóvenes, fue el hermano Roger Schutz, fundador de la ecuménica Comunidad de Taizé. Su visión de la unidad cristiana deriva de la creencia de que Jesús no vino para iniciar una nueva religión, sino para revelar el amor de Dios y reconciliar a la gente entre sí. Por lo tanto, según el pensamiento de Roger Schutz, los cristianos pueden ser reconciliados unos con otros mediante la oración en común, que permite la entrada del Espíritu Santo en el corazón de la acción.

Fue la proclamación en 1970 del «Concilio de los jóvenes» la que había de dar lugar a un movimiento sin precedentes. En 1972 cien mil personas de más de cien nacionalidades distintas se reunieron en Taizé.

Un gran hombre de Dios, luterano ecuménico, estudioso y respetuoso con las religiones de la historia, N. Söderblon, expresaba su vivencia en su lecho de muerte: “yo sé que mi Redentor vive; me lo ha enseñado la historia de las religiones. Porque, contra los que afirman los que, por temor, desconocen las religiones y las miran sin el debido aprecio, el estudio de otras religiones, el contacto y el diálogo con sus miembros, lejos de poner en peligro la identidad de la fe cristiana, la purifica, la estimula y la afianza. El reconocimiento del pluralismo, que es una forma de reconocimiento de los otros y de la aceptación de sus diferencias, lejos de comprometer la realización de la identidad, la renueva y refuerza.

Cuando el suizo Roger Schutz fundó la comunidad monástica ecuménica de Taizé, entre sus planes no estaba el apostolado con los jóvenes. Pero cuando, impactado por el Vaticano II, empezó a convocar pequeños encuentros con ellos, empezaron a acudir cada vez en mayor número. Los atraía en primer lugar un ambiente de búsqueda sincera de Dios, donde no iban a recibir las consabidas respuestas prefabricadas a sus preguntas e inquietudes, sino que en un clima de respeto y fraternidad se les ayudaba a madurar en su fe personal.

Por encima de cualquier diferencia entre los cristianos de distintas confesiones, nacionalidades o ideologías políticas está la búsqueda del Misterio y el compromiso personal de tratar de vivir conforme al Evangelio. Esa comunión no anula las diferencias, sino que las acoge, las depura y las integra en una unidad superior, con el resultado de que cada persona se siente acogida y valorada en su individualidad. 

La vida de comunión eclesial será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduzca a creer en Cristo: “... que ellos también sean uno en nosotros..." (Jn 17,21). De esta manera la comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión. (8 Cf. ChL 31.)

Jesús continúa diciendo en su parábola: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil también a esas las tengo que traer y escucharán mi voz y habrá un sólo rebaño, un solo Pastor» (Jn 10, 16). El Señor Jesús es el primer evangelizador. La obra evangelizadora de la Iglesia se despliega cuando Cristo llama y envía otros evangelizadores para anunciar la Buena Nueva y para congregar en la comunidad de los creyentes a todos los llamados a la salvación.

El Obispo de Roma reitera a los jóvenes presentes que son “miembros de un único cuerpo, de esta comunidad y unidos el uno al otro” y que juntos pueden marcar la diferencia en un mundo cada vez más tentado por las divisiones: “Piensen esto: en el mundo cada vez más son las divisiones y las divisiones traen guerras, traen enemistad. Y ustedes tienen que ser el mensaje de la unidad.”

La unidad era el ferviente deseo de Jesús y por ella hacía oración a su Padre. Nos quería uno. Pero nosotros no supimos ser uno. Le dimos la espalda al Espíritu Santo que es Espíritu de comunión y, llenos de soberbia, dividimos la Iglesia Una y ahora sufrimos nuestra falta de testimonio. “Para que sean uno...” (Jn 17, 11)

Necesitamos romper con las barreras eclesiales, que yo soy de la iglesia tal, que mi iglesia es la mejor, que soy de aquí y de allá… Hoy esto tiene que acabar, no estamos aquí para competir entre nosotros, estamos aquí para engrandecer el reino de los cielos y que al final de la labor el que está sentado en el trono reciba la honra y la excelencia. Necesitamos entender que aquí todos somos iguales y todos valemos lo mismo: La sangre de Cristo en la cruz del calvario.

La unidad sirve para demostrar que Cristo fue enviado a un mundo sin Dios y sin esperanza, no puede haber competencia entre nosotros, recuerda que todos servimos a un solo Señor y a un solo Dios, tu victoria será mi victoria y tu derrota debe ser mi derrota. Vamos a levantarnos en oración y ser jóvenes vencedores no en la carne sino en el Espíritu.

¡Adelante Joven que Unidos Venceremos!

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